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El pan vivo

 

Meditamos el Evangelio según san Juan 6,41-51

Hoy nos recuerda el Señor con fuerza la necesidad de recibirle en la Sagrada Comunión para participar en la vida divina, para vencer en las tentaciones, para que crezca y se desarrolle la vida de la gracia recibida en el Bautismo. El que comulga en estado de gracia, además de participar en los frutos de la Santa Misa, obtiene unos bienes propios y específicos de la Comunión eucarística: recibe, espiritual y realmente, al mismo Cristo, fuente de toda gracia.

La Sagrada Eucaristía es, por eso, el mayor sacramento, centro y cumbre de todos los demás. Esta presencia real de Cristo da a este sacramento una eficacia sobrenatural infinita.

Jesús tiene lo que nos falta y necesitamos. Él es la fortaleza en este camino de la vida. Pidámosle a Nuestra Señora que nos enseñe a recibirlo «con aquella pureza, humildad y devoción» con que ella lo recibió, «con el espíritu y fervor de los santos».

El papa Francisco a propósito del Evangelio de hoy dijo: “San Juan narra en su Evangelio el discurso sobre el “pan de vida”, impartido por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, cuando afirmó:

“Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”.

Jesús dice que no vino a este mundo para dar algo, sino para darse a sí mismo, para dar su vida como alimento para los que tienen fe en él.

Esta comunión con el Señor nos compromete a nosotros, sus discípulos, a imitarlo, haciendo de nuestra existencia, de nuestros comportamientos, pan partido para los demás, como el Maestro partió el pan que es realmente su carne.

Cada vez que participamos en la santa misa y nos nutrimos con el Cuerpo de Cristo, la presencia de Jesús y del Espíritu Santo obra en nosotros, plasma nuestro corazón, nos comunica actitudes internas que se traducen en comportamientos conformes al Evangelio:

Docilidad a la Palabra de Dios,

Fraternidad entre nosotros,

Coraje del testimonio cristiano,

Fantasía de la caridad,

Capacidad de dar esperanza a los que no la tienen,

Acoger a los excluidos.

De este modo, la Eucaristía hace que madure en nosotros un estilo de vida cristiano.

La caridad de Cristo, recibida con el corazón abierto nos transforma, nos hace capaces de amar, no según la medida humana, siempre limitada, sino según la medida de Dios: sin medida.

Y entonces llegamos a ser capaces de amar incluso a los que no nos aman, y esto no es fácil... Porque si sabemos que una persona no nos quiere, también nosotros nos sentimos llevados a no quererla. Pues no. Tenemos que amar incluso a los que no nos aman. Oponernos al mal con el bien, perdonar, compartir, acoger a los demás.

Gracias a Jesús y su Espíritu, también nuestra vida se convierte en "pan partido" para nuestros hermanos. ¡viviendo así, descubrimos la verdadera alegría. La alegría de hacerse don, de devolver el gran don que nos dieron por primera vez, sin mérito de parte nuestra!.

Quiero recordarles dos cosas. En primer lugar que la medida del amor de Dios es amar sin medida, y que nuestra vida, con el amor de Jesús, recibiendo la Eucaristía, se hace don.”

(Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, y https://www.pildorasdefe.net/liturgia/evangelio-juan-6-41-51-pan-vivo-jesus-carne-vida-del-mundo)

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