Economía

El país tras el espejo

 

En la inolvidable novela infantil de Lewis Carroll, Alicia a través del espejo, Alicia descubre que puede atravesar un espejo en su casa. Del otro lado encuentra un mundo mágico, donde todo es al revés. Si ella quiere quedar en el mismo lugar, tiene que correr. La escritura está invertida y solo puede leerse reflejada en un espejo, y para acercarse a algo hay que caminar en sentido contrario.

Imaginémonos ahora, por un instante, que viajamos a un lejano país, y encontramos allí que los negocios hacen publicidad para que los consumidores compren menos sus productos. La panadería paga avisos en la radio exhortando a sus clientes que coman menos pan. La carnicería tiene carteles alentando a las amas y los amos de casa para que regulen su consumo de carne. Las compañías de telefonía celular colocan grandes avisos en los periódicos recomendando hablar menos por teléfono.

Lo primero que se nos ocurrirá es que, como Alicia, hemos accidentalmente transpuesto el espejo, y nos encontramos en un mundo asombroso donde todo, hasta la lógica empresarial, está al revés. Una reflexión más meditada sin duda nos llevará a suponer que los propietarios tienen tan poca inteligencia y preparación que piensan que vendiendo menos ahorran gastos y ganan más dinero. Llegaremos también a la conclusión de que estos negocios tienen pocas posibilidades de sobrevivencia, que pronto irán a la quiebra, y que empresarios más competentes comprarán sus activos para rehabilitarlos, ofreciendo productos y servicios competitivos y de calidad.

Pero no es necesario viajar a ningún país extraño, ni traspasar ningún espejo, para encontrarnos en un mundo mágico parecido. Basta con encender la radio para escuchar publicidades pagadas por la empresa estatal que vende agua alentando a sus clientes a utilizar menos. Encontramos también que la empresa estatal que vende electricidad realiza cortes en su servicio para evitar excesivo consumo en días de mucho calor. Estas situaciones podrían tener explicación si nuestro país fuera un árido desierto sin recursos energéticos, pero la realidad es que, afortunadamente, vivimos en uno de los países con mayor disponibilidad per cápita de agua potable y energía hidroeléctrica del mundo. ¿Cómo se puede explicar que, con esta abundancia de insumos, estos servicios sean prestados con tanta precariedad?

No es ningún secreto cuál es la causa de las falencias de las empresas estatales. Abultadas y costosas planillas de funcionarios, muchos incorporados por mérito partidario y sin las competencias mínimas requeridas para los cargos que ocupan, insuficiente inversión, procesos administrativos engorrosos y lentos por las normas de contrataciones públicas, nociva contaminación política y el siempre presente tufo a corrupción. Sin apoyo estatal, varias de estas empresas habrían quebrado hace tiempo. Y, de hecho, muchas están en quiebra técnica permanente, agonizando en terapia intensiva y sobreviviendo solo gracias a constantes transfusiones de recursos públicos.

Salvo que sea por conservar cotos de clientelismo político, no hay lógica que justifique que el Estado mantenga inversiones en empresas que operan en los mismos rubros que son explotados eficiente y rentablemente por el sector privado (léanse fábricas de cemento, acero y bebidas alcohólicas, telefonía celular o destilerías de biocombustibles). Vendiendo estas empresas a operadores privados, el Estado puede liberar recursos para invertir en sectores que sí son de su competencia, como infraestructura y educación.

En la novela de Carroll, Alicia despierta y comprende que todo ha sido un fantástico sueño. Despertemos ahora nosotros de la pesadilla de las empresas públicas gravosas e ineficientes que como sanguijuelas succionan la sangre económica del país.

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