Opinión

El nacionalismo ha vuelto a la región

Alberto Acosta Garbarino, presidente de Dende

Desde el 2016 el mundo vive atónito ante una oleada nacionalista y aislacionista, que comenzó con el brexit –la retirada del Reino Unido de la Unión Europea– y alcanzó su máxima expresión con el triunfo de Donald Trump en los Estados Unidos.

Es desconcertante ver cómo el país líder del mundo, creador de todas las instituciones que rigen la globalización –Naciones Unidas, Fondo Monetario Internacional, Organización Mundial del Comercio– y cuyas empresas son las mayores beneficiadas por esa globalización, viene destruyendo desde hace dos años todo lo creado desde 1945.

Desde el inicio de su mandato, Trump ha descalificado a todos los organismos internacionales, se ha retirado del Acuerdo de París sobre el cambio climático, se ha retirado del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) y ha presionado a las empresas norteamericanas para que cierren sus plantas fabriles en el exterior y las trasladen a los Estados Unidos.

En los últimos treinta días esta ola nacionalista ha vuelto después de varias décadas a América Latina, primero con el ascenso a la presidencia de México de Andrés Manuel López Obrador el 1 de diciembre del año pasado y ahora con el ascenso a la presidencia del Brasil de Jair Messías Bolsonaro, el primer día de este año.

Ambos se han presentado como outsiders de una clase política absolutamente desprestigiada, aunque López Obrador lleva 43 años y Bolsonaro 30 años, actuando en política.

Ambos se han presentado como profundamente nacionalistas, en dos países que en su conjunto representan el 50% del producto interno bruto y de la población de América Latina.

En este punto es conveniente tener presentes las palabras del presidente francés Emmanuel Macron en oportunidad del 100 aniversario del final de la Primera Guerra Mundial, cuando recordó que el demonio del nacionalismo fue el causante de una guerra donde hubo 30 millones de muertos.

“Sé que hay viejos demonios que están regresando a la superficie. Al poner nuestros intereses primero, estamos insinuando que ¿a quiénes les importa el interés de los demás?”, dijo Macron ante 70 jefes de Estado, entre ellos el mismísimo Donald Trump, cuyo lema es Estados Unidos primero.

Muchos países del mundo están sufriendo el nacionalismo, aislacionismo y egoísmo de la principal potencia mundial. ¿Será que las pequeñas y dependientes economías de Sudamérica también sufrirán lo mismo ante un eventual nacionalismo brasileño?

En los próximos meses vamos a tenerlo más claro, pero como país vecino mucho más pequeño económicamente, tenemos que estar muy atentos y como decía el senador uruguayo Sergio Abreu: “Jugar de chico es una vocación” a lo que yo agregaría que el chico tiene que saber jugar de chico.

En un mundo tan competitivo y cambiante, el grande se come al chico, pero el rápido se come al lento. Siendo el Paraguay un país económicamente chico, tiene que ser rápido.

Rápido para entablar relaciones personales con los referentes del equipo de Bolsonaro, que en su mayoría tiene poca experiencia ejecutiva; rápido para entablar relaciones con los líderes del Congreso brasileño, que tiene un gran poder y que sufrió la mayor renovación de las últimas décadas, el 87% de los senadores y el 47% de los diputados son nuevos; rápido para tener relaciones con los gobiernos estaduales de Mato Grosso do Sul y de Paraná, estados limítrofes con nuestro país.

En los próximos años el mundo y la región van a ser menos amigables con los países pequeños –que siempre demandan ventajas que los beneficien en el comercio o facilidades para la migración de su gente– porque, lamentablemente, en los países grandes se ha instalado esa ola nacionalista, que ahora ha vuelto a América Latina.

¡Tenemos que movernos rápido, Paraguay!

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