Opinión

El lago Ypacaraí es un patrimonio nacional que debe ser preservado

La presencia de algas tóxicas en el lago Ypacaraí no debiera ser considerada solamente como un problema cuya solución atañe única y exclusivamente a las municipalidades de su área de influencia directa. El reservorio de agua no es solamente un atractivo turístico que genera ingresos y fuentes de trabajo, sino que es una imagen universal del Paraguay. Como tal, es un patrimonio común a todos los paraguayos. Por lo tanto, el Gobierno central tiene que cooperar para superar el problema que se presenta y adoptar medidas que permitan que esa riqueza natural se conserve globalmente en buenas condiciones. Los peligros de contaminación que la acechan son múltiples, por lo que hace falta tomar medidas estructurales que garanticen la preservación de ese bien público.

Los países, en su historia, se van apropiando con mayor fuerza de algunos de los componentes tangibles o intangibles de su cultura. Son aquellos de los que se adueñan sus habitantes y dejan de pertenecer a una circunstancia o a una geografía concretas para convertirse en un patrimonio colectivo común.

Desde esa perspectiva, el lago Ypacaraí es una propiedad que trasciende a la geografía específica en la que se encuentra. Si bien, físicamente, los municipios de San Bernardino, Areguá y Ypacaraí tienen franjas de dominio sobre él, ese bien es público y pertenece a todo el Paraguay.

Corresponde pues que cualquier problema que tenga que ver con esa riqueza hídrica de tan vasta resonancia y significación sea atendida por la totalidad de las instituciones que tienen que ver con el funcionamiento del Estado.

En ese sentido el Gobierno -en coordinación con las municipalidades a las que atañe directamente el inconveniente- debe arbitrar medidas concretas que se propongan como objetivo no solamente erradicar las algas tóxicas de posibles efectos nocivos sobre la salud de las personas que tomen contacto con ellas, sino ejercer un control general de las diversas variables vinculadas a la vida sana del lago en todas las temporadas del año.

Cualquier acción debe partir del principio de que el lago forma parte de un ecosistema muy frágil, expuesto a peligros de contaminación por factores que van desde lo muy simple a lo muy complejo, ya que el inmenso cuenco de agua es alimentado por varios cauces hídricos con posibilidades de derrames diversos. La más riesgosa conexión proviene de desechos químicos de industrias que están en su área de influencia sin olvidar las que provienen de efluentes cloacales, materia orgánica y estancamiento de las aguas.

Con las consideraciones de que es un bien público que sirve para el esparcimiento en los días de intenso calor, constituye un atractivo turístico -que representa considerables ingresos y fuentes de trabajo- y representa un valor nacional, es perentorio que pueda solucionarse su problema coyuntural. Por esa vía, ahora que se aproxima el verano, podrán garantizarse a la población las condiciones de higiene y salubridad requeridas.

Mientras se tarde en volver a la normalidad y retorne la certeza de que no hay cuerpos extraños que podrían causar efectos negativos sobre la salud de los bañistas, es necesario que las personas tengan la suficiente conciencia y responsabilidad como para exponerse a lo desconocido. Una norma de sana prudencia impone esa conducta de precaución.

La circunstancia que envuelve al lago tiene que ser aprovechada para implementar medidas estructurales que preserven de manera sostenible la riqueza natural. Hasta ahora bastaron las medidas coyunturales que ayudaron a superar obstáculos. Llegará, sin embargo, el momento en que los parches serán insuficientes. Para que ello no ocurra, hay que actuar ahora.

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