Correo Semanal

El insilio de los escritores

 

Pedro Gamarra Doldán

Siempre se habla del exilio de los escritores, ocasionado en nuestro país desde 1931 hasta 1989, las más de las veces por causas políticas y, muy contadas veces, por cuestiones económicas. Estas cuestiones económicas no eran causales, en general, porque el escritor podía servir de profesor secundario, universitario o aun de periodista. Así Rafael Barrett, por su alto estilo literario y la densidad de su pensamiento, llegó a ser de pago, es decir, se le abonaban sus colaboraciones que hacía en prensa buena, pero de porte conservador.

Los acontecimientos del 23 de octubre de 1931, el asalto al Palacio Nacional (como se llamaba entonces al Palacio de López o de Gobierno), por estudiantes, políticos y escritores, significó la presencia muy fuerte de las ideologías en la política nacional. Así Hérib Campos Cervera, Natalicio González, Anselmo Jover Peralta, entre otros, fueron al extranjero. Lo malo, el exilio; lo bueno, que los tres volvieron más aptos para lo suyo. El primero, en la literatura social y de compromiso. Natalicio González, más vinculado no ya al indigenismo sino al pensamiento de derecha; y, por lo contrario, Jover Peralta profundizó su aporte al socialismo.

El momento político del 17 de febrero de 1936 supuso la ida al extranjero de Justo Prieto, Efraím Cardozo, Alejandro Marín Iglesias, entre otros, pero en el caso de ellos fue por su posición política, su compromiso con el Partido Liberal, no por su intelectualidad, que también tenían y de precoz lucimiento. La contrarrevolución del 13 de agosto de 1937 significó el extrañamiento de políticos socialistas, entre ellos Arnaldo Valdovinos y Anselmo Jover Peralta. El breve gobierno de José Félix Estigarribia (1939-1940) comportó la intervención de la Universidad Nacional (la única que existía), y el extrañamiento del Dr. Carlos R. Andrada, jurista calificado y pensador católico. La carta abierta que le envió al Gral. Estigarribia es una de las epístolas más rotundas que registra nuestro país.

Pero con los gobiernos de Higinio Morínigo (1940-1948) y el de Alfredo Stroessner (1954-1989), el exilio se vuelve un método diabólico, pertinaz y malsano.

Sí, es cierto lo que dijo Roque Vallejos: todos tenían que ir a Buenos Aires, pues era “la pila bautismal de la literatura paraguaya”. Allí se ganaban los escritores el pan diario, se leía en sus inmensas bibliotecas públicas o se escribía en los medios de prensa: Crítica, para la editorial Claridad, pero sobre todo en La Prensa que era, de lejos, el diario en español que más se difundía en toda América Latina y Europa. Dirigía su página cultural, Enrique de Gandía, historiador, gran amigo del Paraguay en la Guerra del Chaco (1932-1935), numen de la actual Academia Paraguaya de la Historia. Una calle de Asunción recuerda a este intelectual tan preterido hoy en día, a quien el polígrafo Raúl Amaral llamara: “El Alberdi del Chaco”.

EL ENCIERRO DE LOS ESCRITORES PARAGUAYOS

Pero siempre se ha omitido hablar del insilio de los escritores. Los exiliados más notorios fueron José Asunción Flores, Augusto Roa Bastos y Epifanio Méndez Fleitas, pero singularmente el primero, cuya obra artística se volvió “maldita” para el gobierno.

El exilio para un escritor significa la pérdida del trato directo con la tierra, los parientes, los amigos y también esa nostalgia que tenemos cuando vamos fuera de este país tan particular que es el nuestro.

Pero el insilio no es otra cosa que vivir callados, censurados, auto censurados, con dificultad de acceder a libros prohibidos, visitar a amigos controlados por el régimen, sin poder enseñar en universidades del Estado, colegios públicos, sin poder comercializar sus libros, que se reproduzca su pensamiento, que se lo cite. ¿Hasta qué punto no llevaba todo eso a una preterición del escritor?

Así Arístides Díaz Peña, socialista, opositor a la Guerra del Chaco, no pudo hacer conocer sus poemas antibelicistas y su dogma socialista. Fue desconocido en nuestro país.

Rubén Bareiro Saguier viajó con beca del gobierno francés a ese país, pero a su retorno era controlado sobre a quién recibía y quienes lo recibían. Hasta que se le prohibió, finalmente, todo retorno al país.

El Ateneo Paraguayo, un centro cultural señorial, era controlado en sus actos públicos por APA (Autores Paraguayos Asociados), uno de cuyos puntales de creación fue, precisamente, el Ateneo Paraguayo.

APA se volvió un sostenedor de nefastos homenajes el 3 de noviembre de cada año en el cumpleaños de Stroessner, y servía para controlar el pago de los derechos autorales a quienes se deseaba decapitar.

Los hermanos Jerónimo y Adriano Irala Burgos, jurista el primero y filósofo y antropólogo el segundo, eminencias ambos del pensamiento católico, solo podían enseñar en colegios de esa confesión o en la Universidad Católica (creada en 1960). Si ellos eran controlados, postergados, cómo no serían los de impronta socialista.

Los cierres de diarios, el control, de toda forma de opinión eran cotidianos. Las pocas librerías que habían comercializaban los libros pero los colocaba en el fondo de los locales. El riesgo para los compradores era que, si no el dueño de la librería, los empleados podían ser informantes de la policía.

No se podía tener correspondencia con escritores nacionales prohibidos. Menos con los ubicados en países socialistas. Con Elvio Romero, Epifanio Méndez Fleitas, Carlos Pastore era imposible cartearse por vía normal, sino a través de amigos, con una persona de confianza que sirviera de corresponsal.

Puedo hablar de mi formación, como un testimonio de lo ocurrido. Cuando subió al poder el Gral. Alfredo Stroessner, tenía 5 años. Tuve suerte de ir a un colegio religioso donde había libertad de lectura y opinión responsable.

Las librerías eran pequeñas y salvo el caso de don Francisco Ruffinelli, la de don Juan Lisboa o don Ricardo Rolón, libros interdictos no había o era mejor no comprar. Extrañamente el Centro Cultural de Cultura Hispánica tenían libros clásicos buenos y allí se citaban escritores mayores que era difícil conocer. También allí podían estos dar sus conferencias. Y estoy hablando de lo ocurrido en un centro español.

Vi el cierre de Época y Criterio (ambos en 1969), revistas a los que estuve vinculado. Cuando se cerró la segunda época de “Criterio”, en 1976, yo era directivo del Ateneo Paraguayo, donde tenía sede oficial esta revista, espacio conseguido por mí. Por días estuve esperando ser citado a la policía.

En 1978 quise concursar para la cátedra de Filosofía en la Universidad Nacional de Asunción, pero la decana que me atendió, amiga y compañera de directiva en el Ateneo Paraguayo, me dijo que mis papeles estaban buenos, pero como no tenía afiliación al partido de gobierno iba a gastar inútilmente el depósito de garantía.

Tampoco pude enseñar en la Facultad de Derecho. Estaba cerrada para mí mi propia universidad, por no tener afiliación.

La vida dentro del país de un escritor independiente y comprometido era muy gravosa Lo dificultaban los temas a tratar, escribir, conferenciar. Los periódicos seguían básicamente postulados muy conservadores.

Hasta para publica era difícil conseguir imprenta y ello llagaba en lo más doloroso: tener que someterse a la autocensura. Sí, qué difícil el insilio y su hija principal, la autocensura.

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