Opinión

El inaudito día del fuego

Alfredo Boccia Paz - galiboc@tigo.com.py

Las decenas de miles de incendios que brillan como puntitos rojos en el mapa de la Amazonia no tienen a la sequía como factor predominante. Hubo años con mayor sequía que este 2019. Los ambientalistas coinciden en apuntar al culpable: el ser humano. El fuego siempre se propaga allí donde la mano del hombre provoca la deforestación para abrir caminos, para preparar la tierra del cultivo o para ganar espacio al bosque en explotaciones ganaderas, mineras o petroleras.

Se calcula que el 80% de esa deforestación es ilegal. La ocupación de tierras públicas con fines especulativos viene de muchas décadas atrás. La protección de ese pulmón vegetal del planeta ha sido una preocupación mundial creciente, plasmada en políticas estatales de preservación. Esas medidas gubernamentales actúan como un contrapeso ante las ambiciones de más espacio por parte del capital en expansión. Es ingenuo creer que los intereses privados iniciarán voluntariamente acciones que limiten su propio crecimiento. En ese sentido, la legislación brasileña y sus instituciones públicas marcaron pautas efectivas en las últimas décadas.

Ese frágil equilibrio se rompió con Bolsonaro, quien fue desmantelando sistemáticamente la política ambiental, tal como temían los ecologistas desde su campaña electoral. Con el apoyo devoto de los terratenientes ganaderos, sojeros y mineros, había prometido –aunque luego no se animó a tanto– sacar al Brasil del Acuerdo de París contra el cambio climático. Una vez en el Gobierno, hizo múltiples declaraciones a favor de la expansión de la frontera agrícola para impulsar la agroindustria, incluyendo las zonas naturales protegidas y territorios indígenas. Sus nombramientos avalaron sus discursos y sus destituciones también. Eligió ministros que pensaban como él y despidió a científicos importantes porque dieron a conocer datos preocupantes de la creciente deforestación. Consideró que la difusión de esa información dañaba la imagen del país.

Los reiterados ataques de Bolsonaro a los conservacionistas y a los órganos de fiscalización estimularon a ganaderos de la región amazónica a promover el pasado 10 de agosto un “día de fuego”, a lo largo de la ruta BR-163, en el estado de Pará. Ese día, se detectaron 237 focos de incendio provocados por estancieros que explicaban en los medios de prensa locales que lo hacían “para mostrarle al presidente que queremos trabajar y la única manera es derribando. Las pasturas se limpian con fuego”.

El Gobierno, desde semanas antes, había desactivado el control en la región del Ibama, la institución de referencia estatal.

Nadie dice que los incendios se iniciaron a raíz de esa insólita y criminal manifestación. Es solo la muestra de lo que ocurre cuando se rompen los pactos y una de las partes siente que tiene vía libre para deforestar. A la naturaleza no le interesa la estupidez humana. Y tiene modos rudos de comunicarlo: inundaciones, desertificación, sequías, tempestades desconocidas, invasión de zonas costeras por el mar. ¿Entenderemos alguna vez que solo tenemos un planeta? ¿O la humanidad seguirá creyendo, como Bolsonaro, que la protección del medioambiente es un tema ideológico?

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