Opinión

El fútbol y una herida cíclica

Blas Brítez

Blas BrítezPor Blas Brítez

Hay unanimidad en que el fútbol nació en Gran Bretaña en el siglo XIX, a comienzos de lo que el historiador londinense Eric Hobsbawm (hincha del Arsenal, dicho sea de paso) llamó la “era del imperio”.

Su anglicismo original sobrevive en su jerga, adoptada y adaptada por el conjunto de las lenguas romances y de latitudes otras. Sus primeras reglas fueron estatuidas en el elitista ambiente de los college británicos en el revolucionario año de 1848: como vemos, la clase obrera andaba en otra cosa hace ciento setenta años.

En aquel tiempo, todavía las manos no habían abandonado su hábito de tomar el balón y había que prohibir por escrito el juego brusco, demasiado brusco. Prohibir es un acto inherente a los deportes, pero ninguno como el fútbol para hacerlo con profusión.

El segundo hito llegó pronto, en 1863, con la creación de una entidad matriz local y el desarrollo de los clubs. El tercero, en 1885: afín a la popularización del deporte en un contexto de industrialización acelerada y colonización, la actividad se profesionalizó en el Reino Unido. Fue acaso su cambio más traumático: la llegada del dinero. Este, a su vez, trajo a la FIFA en 1904, olisqueando un negocio global.

Se transformó relativamente poco el fútbol durante el siglo siguiente, pero de nuevo lo hizo en la tierra en que nació en donde se dieron algunas s conjunciones que modificaron su organización y su entorno, incluido el comportamiento de sus aficionados.

La desindustrialización y la crisis del petróleo que afectaron a las islas británicas en la segunda parte del siglo XX, marcaron a una generación de jóvenes que creció en el desempleo, la frustración y la abulia en muchas ciudades de Inglaterra, sobre todo en las del Norte. Miles de jóvenes cayeron en la inseguridad social.

Por ejemplo, el Liverpool F. C. —que ganó cuatro copas de Europa entre 1976 y 1985— albergaba en ese periodo a hinchas que pasaron a engrosar los niveles más altos de desempleo de la historia de la ciudad cuya actividad portuaria se desplomó. Y el fenómeno de los hooligans, de las tribus urbanas violentas, se acentuó hasta asolar los estadios y las ciudades.

Pero también sucedió otra cosa: pasó Margaret Thatcher, cuyas políticas neoliberales destrozaron la calidad de vida de los trabajadores. Pero la Dama de Hierro demostró durante un tiempo particular indolencia ante el auge de una forma de vida marginal que afectaba la sociedad, liberalizada económicamente. Una sociedad violenta que ella había ayudado a crear con cinismo. Hasta que sucedió la “Tragedia de Heysel”.

Como se sabe, en la ciudad belga tenía lugar la final europea entre el Liverpool y la Juventus de Italia. Allí fallecieron 39 aficionados, luego de disturbios mayúsculos. De allí en más, con decretos represivos como el Football Spectators Act (1989), la desfinanciación del deporte en las escuelas y, finalmente, con su influencia decisiva en la creación de la Premier League, Thatcher solucionó los desmanes en los estadios y fuera de él fiel a su estilo: entregando el fútbol a las empresas privadas, vaciando los clubes de sentido comunitario.

“No solo socavó nuestro juego, socavó muchos deportes en este país y ha creado un niño insano. Thatcher mató al fútbol”, responsabilizó en 2011 el entrenador Sam Allardyce.

Los promotores del espíritu capitalista weberiano no estarán de acuerdo, pero es el dinero el que ha herido de muerte al fútbol, una y otra vez, aun cuando renace cada domingo el puro juego en el rectángulo, más allá del negocio. Joâo Havelange y sus secuaces del crimen organizado —como llama a la FIFA en sus libros el periodista Andrew Jennings— finiquitaron la noble tarea de infligir esa herida cíclica.

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