Opinión

El fanatismo, un enemigo de la democracia

Alberto Acosta Garbarino Presidente de Desarrollo en Democracia

La semana pasada, el mundo observó con estupor cómo el embajador de los Estados Unidos en Libia era asesinado por un grupo de fanáticos religiosos que protestaban por un video que ofendía a Mahoma y que había sido producido en el país del norte.

Parece increíble que en pleno siglo XXI puedan todavía ocurrir hechos de esta naturaleza, pero deja de ser tan increíble, si hacemos una revisión de la historia del fanatismo a lo largo de los últimos siglos.

Para hacer esta revisión tenemos que saber que el fanático es una persona provista de una pasión exagerada e irracional hacia algo o alguien. Esa pasión lo hace maniqueo dividiendo a las personas en buenas y malas; esa pasión lo hace autoritario porque se cree dueño de la verdad; y esa pasión lo hace intolerante porque no soporta al que piensa o es diferente.

Durante la Edad Media tuvimos el "fanatismo religioso", donde numerosas "guerras santas" contra "los infieles y herejes" fueron impulsadas por la Iglesia Católica contra los musulmanes, los judíos y los Cristianos Ortodoxos.

Durante la primera mitad del siglo XX tuvimos el "fanatismo racial" en la Alemania de Hitler, que ocasionó la muerte a más de 50 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial y llevó al holocausto a más de 6 millones de judíos.

En la segunda mitad del siglo XX tuvimos el "fanatismo político", con el enfrentamiento ideológico entre el Capitalismo y el Comunismo. Los más de 12 millones de muertos en la Unión Soviética de Stalin y los más de 25 millones de muertos en la China de Mao Tse Tung, fueron las víctimas de esta intolerancia.

En el siglo XXI, en una especie de vuelta a la Edad Media, reapareció el "fanatismo religioso" como causante de los ataques a las Torres Gemelas y de las consecuentes guerras de Afganistán e Irak.

Pero el fanatismo no solamente existió y existe en el exterior, también existió y existe en el Paraguay.

Es increíble que en un país de gran homogeneidad racial, religiosa e incluso política como es el Paraguay, nosotros hayamos "inventado" la división entre colorados y liberales.

Uso la palabra "inventado" porque no existen grandes diferencias ideológicas entre los dos partidos y no existen diferencias raciales o religiosas entre sus partidarios.

Pero desde hace algunos años, especialmente en el periodo de la presidencia de Lugo, muchas personas tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha, están incentivando una división, un enfrentamiento y un fanatismo potencialmente mucho más peligroso que el que teníamos antes.

Esta división ya no es entre colorados y liberales, sino que es entre pobres y ricos, entre paraguayos y extranjeros, y entre productores y ambientalistas.

Este enfrentamiento, que tiene un altísimo potencial de conflicto y de violencia, todos los días es alimentado en los medios de comunicación y en las redes sociales, por personas muy conocidas de la izquierda y de la derecha.

Los demócratas no tenemos que entrar en el conflicto entre los extremos, para lo cual tenemos que razonar usando la letra "Y", la letra que integra, la letra que busca síntesis entre posiciones opuestas.

Porque el Paraguay, para lograr su desarrollo, necesita de los paraguayos y de los extranjeros, de los ricos y de los pobres, de los productores y de los ambientalistas.

Pero para razonar y lograr esa integración, tenemos que dialogar, pero no con los fanáticos, porque con ellos no se puede razonar.

Porque como decía Churchill: "Fanático es aquel que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema".

No tengamos miedo de excluirlo, porque el fanatismo es el enemigo de la democracia.

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