Economía

El emprendedor que lleva en su ADN le ayudó a montar su propio negocio

Con tan solo 33 años, Arthur Von Schocher dirige Quiero Fruta, una cadena con 18 locales propios de alimentos fit. Comenzó a trabajar a los 9 años y a los 21 ya era gerente de una firma.

Cualquier persona que se lo proponga puede hacerse emprendedora y tener éxito en el negocio que decida impulsar. Todo es cuestión de esforzarse y aprovechar las experiencias que llevan al aprendizaje constante que sienten las bases para empezar emprender. Así lo demuestra Arthur Von Schocher (33 años), que a tan corta edad logró montar su propia cadena de alimentos fit naturales, a base de frutas, que decidió bautizar con el pegajoso nombre de Quiero Fruta.

Arthur se define como alguien que lleva “el emprendedurismo en la sangre”, y al que nunca le importó hacer de todo, desde juntar botellas de gaseosas en la escuela, a ser empaquetador en un supermercado o vender chipas y cocido en los pasillos de la Municipalidad de Asunción, para superarse y salir adelante.

Todo le sirvió, no solo para ganarse su propio dinero, sino para sentar las bases de su futuro como emprendedor. “Cada uno de los trabajos que tuve me enseñaron algo y con el tiempo me sirvieron para montar mi propio negocio”, cuenta hoy viendo todo en perspectiva.

En un supermercado. La historia de Arthur comenzó en un supermercado de barrio, que llevaba el nombre de su dueño, Don José, en donde se inició trabajando de empaquetador y recaudando con las propinas que le daban los clientes. Consiguió el puesto un poco de caradura, tomando provecho de su apariencia, con la que proyectaba más edad de la que tenía. Pero el engaño le duró poco, porque en el súper le pidieron que llevara a su madre a firmar un permiso de trabajo, por ser menor. “Fue cuando mi mamá presentó mi cédula y se dieron cuenta que tenía 9 y no 12”, pero como era tanto su interés por trabajar, el dueño decidió pasar por alto el detalle de la edad y otorgarle el puesto. “Siempre afirmo que se aprende mucho trabajando, sobre todo, si hay intención de aprender”, asegura.

Relata que los empaquetadores le hacían limpiar la cámara de frío y lavar las frutas para conservarlas. “Así aprendí que cada fruta debía guardarse a una temperatura especial”, comenta.

En esa época, Arthur ni se imaginaba que ese aprendizaje sentaría después las bases para su propio negocio de frutas. Pero su experiencia laboral siguió aumentando, luego de que un empresario peruano lo contratara como vendedor en su tienda de ropas. en un shopping. “Él me enseñó que siempre tenía que estar haciendo algo dentro de la tienda, aunque no hubiera nada para hacer, para que el movimiento del interior tentara a los clientes a entrar a comprar”, relata.

Vendedor nato. Trabajar en la tienda del peruano le sirvió de gran escuela para aprender a vender. Fue así que un día su jefe le envió a la Municipalidad de Asunción para realizar algunos trámites y observó que había varias señoras vendiendo chipas, por un lado, y cocido, por el otro. “Entonces, indagando con ellos, averigüé que vendían entre 300 y 400 chipas por día. Y se me ocurrió, como la gran innovación, juntar las dos cosas, la chipa y el cocido, en un mismo puesto de venta. Pinté un carrito de Coca Cola todo de blanco, y ahí monté me primer negocio de chipa con cocido”, dice. Luego de una temporada exitosa con el negocio, vino la gran debacle, cuando el entonces intendente Enrique Riera decidió despedir a 800 funcionarios municipales, y entre ellos a una gran cantidad de clientes de Arthur, que le quedaron debiendo por las chipas y cocidos comprados a crédito. “Eso significó la quiebra para mí, porque tuve que afrontar una gran deuda de G. 20.000.000 a mis proveedores”, señala.

Pero ese primer gran fracaso no amilanó al joven, que mediante Marcelo Ramírez, dueño de la empresa de agua mineral Watson’s, logró ingresar a esta firma como vendedor, pero del que llegó a ser gerente general, con tan solo 21 años. “Siendo gerente decidí salir de la oficina y recorrer todo el país, visitando a los clientes. Algunos hasta se sorprendían y me decían que en 20 años en el negocio, nunca habían recibido la visita de un gerente de empresa. Por eso, creo que el gran secreto es estar dispuesto a hacer siempre más de lo que te piden, porque ahí está el aprendizaje. Dar más, siempre ayuda a recibir más”, concluye.

Una exitosa cadena basada en frutas

La cadena Quiero Fruta se comenzó a gestar en el 2014, en Ciudad del Este, en donde Arthur Von Schocher residía circunstancialmente por ser gerente de la sucursal de Watson’s en el Alto Paraná. “La idea empezó cuando vi el local que después se convertiría en el primero de Quiero Fruta, en el Lago de la República, en donde la gente siempre va a caminar, y a hacer gimnasia”, comenta.

Von Schocher notó que en el lugar no existía un local de comida sana, por lo que decidió con su socio, Rodolfo Torales, montar un negocio de alimentos saludables a base de ensalada de frutas y jugos naturales. Montar el primer local les insumió alrededor de G. 250 millones, por lo que el objetivo primordial fue el de recaudar ese monto. “Con solo ahorrar nuestros salarios no nos alcanzaba, entonces decidimos organizar fiestas de colegios. Llegamos a hacer 14 fiestas en CDE y así juntamos la plata”, relata.

El segundo paso fue encontrar el nombre apropiado para el negocio, por lo que seleccionaron unas 100 posibles denominaciones, que pusieron a votación entre sus amigos y el elegido fue Quiero Fruta. “El otro nombre que nos gustó mucho fue Frutaleza, una mezcla de fruta y naturaleza, por lo que decidimos nombrar así a nuestra distribuidora de frutas”, explica. El primer año montaron cuatro locales; en el segundo, abrieron seis más.

Después del tercer año, con capacidad instalada, llegaron a abrir un total de 18 locales, en Alto Paraná y Encarnación. A partir de ahí, decidieron que era la cantidad suficiente y optaron por convertir la exitosa marca en una franquicia.

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