El Dr. House y la superluna

Carolina Cuenca

Por Carolina Cuenca

Como una de esas metas o desafíos vacacioneros que, por intrascendentes, al final resultan un interesante ejercicio de nuestro libre albedrío, estuve viendo ordenadamente los capítulos de las temporadas iniciales de la serie Dr. House, un genio de la medicina con mal carácter y un cinismo tan autodestructivo como su afición a las drogas, personaje que llegó a conquistar a millones de telespectadores durante años. Llega uno a admirar su capacidad deductiva y conocimiento científico con la misma intensidad con que lamentamos su fatal incapacidad de adaptación social y su desesperanza.

De alguna manera es el drama que nos impone el imperialismo racionalista que nos azota desde hace tiempo con fina vara de oro, la tiranía más sutil y persistente al que seguimos sometiendo a nuestros chicos en la mayoría de las escuelas como la gran vía del progreso universal, a pesar de su evidente fracaso en todos los espacios en los que domina su lógica atrofiante: el ser humano puede sentir curiosidad porque lo lleva a razonar, pero no estupor ante las cosas porque el asombro podría contener alguna inclinación a admitir el misterio y la maravilla en el mundo, aspectos totalmente censurados y ridiculizados en la dictadura del racionalismo escéptico y materialista de nuestro tiempo.

El racionalismo condena al intuitivo, alegre y creativo niño de preescolar que llevamos dentro a una perenne domesticación, aunque es evidente que el yo personal es mucho más que simple especulación, cálculo o medida, es sometido por el sistema cultural escéptico y materialista que nos rodea y apretuja hasta ahogar el asombro y la gratitud que cualquier experiencia cotidiana encierra, si la vivimos con apertura.

Sin embargo, como explicaba el genial escritor Chesterton en su Autobiografía y en su libro Ortodoxia, la realidad cotidiana más ordinaria contradice el determinismo racionalista todo el tiempo. Y así ocurrió, como muestra luminosa de esta verdad, el 31 de enero pasado, cuando la Luna se puso supercerca, superbrillante y en algunos sitios del mundo superroja o supereclipsada... Como una inmensa bocanada de aire puro en un asfixiante verano marcado culturalmente por la chabacanería, el consumismo y las críticas aburridas y superficiales a la realidad política, económica y cultural que alejan a los jóvenes por el camino de la alienación, antes que interesarlos en su realidad. De nuevo, el cielo genera estupor, congoja y expectación, sin censurar la razón que explicó los fenómenos lo mejor que pudo, solo que la naturaleza en su belleza y distinción supera de lejos los datos astronómicos y se relaciona con nosotros de una manera excepcional.

El orgullo y la desesperación lo complican todo y son frutos habituales del racionalismo, mas la realidad es capaz de admirar, de sonrojar, de conmover...

Chesterton se supo esclavo de estos pecados de la modernidad, pero pudo escapar con brillantez y genialidad del optimismo estúpido y pedante, tanto como del pesimismo desesperado, gracias a un asombro agradecido.

Por un valioso momento vale la pena apagar la tele, el internet, la explicación reduccionista y simplemente disfrutar de la belleza de la Luna. Ha ocurrido antes y podría volver a suceder en muchos eventos menos espectaculares. Es una posibilidad.

Por suerte, la mayoría sigue confiando en el sentido común y no pretende negar lo que supera sus medidas. Aunque el racionalismo trata por todos los medios de transmitirnos un sentido de culpa por ser gente sencilla que aprecia y valora incluso lo que no controla.

Muchos paraguayos todavía conservamos este sentido, por así decirlo, religioso de la existencia. Con una apertura agradecida hacia la vida y sus maravillas, que nos brinda alegrías y tristezas, decepciones y sorpresas agradables, crueldad, pero también ternura en los pequeños y grandes acontecimientos. Deberíamos tomarnos más en serio esta virtud nacional.

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