Opinión

El delito de ser pobre

Elías Honzi – @eliashonzi

Elías Honzi Por Elías Honzi

La filósofa española Adela Cortina acuñó un neologismo: aporofobia, para nombrar al odio, rechazo, repulsión hacia los pobres.

Viene del griego á-poros (sin recursos, indigente) y fobos (rechazo) y describe una realidad social tan arraigada en nuestro país como la corrupción o el amiguismo.

Este desprecio quedó retratado en lo acontecido el pasado miércoles 6 de marzo cuando el Estado utilizó todas sus fuerzas en un dudoso procedimiento para desalojar a familias que se habían asentado en una propiedad de la Compañía Paraguaya de Comunicaciones (Copaco), ubicada en Isla Bogado, Luque.

¿Había razón para tanto ensañamiento? ¿Había necesidad de destruir electrodomésticos y quemar literalmente las precarias casas?

Las cuatro secretarías del Juzgado Civil de Luque –como publicó Última Hora– no presentaron la orden judicial que ordenaba la destrucción, como lo afirmó el ministro del Interior, Juan Ernesto Villamayor.

El comisario Carlos Aguilera, director de Policía del Departamento Central, explicó que sus subalternos quemaron las casas, pero admitió que no hubo ninguna orden.

“Nadie ordenó (quemar las pertenencias), cada personal es responsable y pedimos a Asuntos Internos que investigue, porque cada uno es responsable”, reveló el uniformado.

Hasta el momento, no queda claro quién dio la orden para semejante ensañamiento.

Muchas de las personas que se encontraban en el sitio fueron allí por la necesidad de encontrar un techo. Tantos de ellos fueron engañados por inescrupulosos que los estafaron.

Todavía queda por definir si la Fiscalía puede destruir y quemar evidencias en el marco de la investigación de un hecho punible y hay mucha tela que cortar sobre este caso.

Pero la estigmatización de la pobreza no termina en el terreno policial, va más allá de sus fronteras. Se expande como un virus y enferma a toda la sociedad.

Una radiografía de este mal que padecemos podrían ser las redes sociales, donde queda al descubierto la miseria de algunas personas con sus comentarios despreciativos.

No solamente ocurre cuando la Policía reprime de forma inmisericorde como lo hizo en Luque. También sale por los poros la fobia a los pobres ante la manifestación de los indígenas en las calles.

Ni un ápice de la tan publicitada hospitalidad que caracteriza al paraguayo se puede ver con los verdaderos dueños de estas tierras, que tienen derecho a reclamar como cualquiera de nosotros.

O con las personas que sufren más de cerca los desastres naturales; aquellos que son empujados a salir de sus casas por las inundaciones y deben soportar el estigma de ser considerados marginales, ladrones que ensucian las veredas y el paisaje del barrio.

Lo mismo pasa con los campesinos. “Son haraganes que no quieren trabajar”, son algunas de las murmuraciones que se escuchan en el mundo real, o se pueden leer en el ambiente virtual.

Otros síntomas también salen a flote con la actitud de los gobernantes ante los reclamos. En la mayoría de las veces, el pedido de salud, educación y trabajo es respondido con la indiferencia o con el ninguneo.

En plena marcha campesina, donde miles de labriegos vienen a la capital a intentar que sus reclamos sean escuchados, el presidente de la República realiza su viaje número 12 al exterior del país. ¿Será coincidencia?

Cortina afirmó que le puso nombre a esta problemática del rechazo al pobre, como se les ponen nombres a las tormentas o tornados, para poder prevenirlos. Porque una población que desprecie a otra, atenta contra la democracia.

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