Opinión

El Congreso contribuye a ahondar el problema de lainflación que acosa al país

Una inflación de cifras inquietantes se cierne sobre nuestro país, poniendo en peligro los logros económicos obtenidos el año pasado. Las autoridades habían previsto para el 2011 un aumento en los precios del 6,3% , y en febrero ya se llegó nada menos que al 3,1%.. Hay causas internacionales incontrolables, pero también en el ámbito interno se siembran factores que aumentan la amenaza, como el Presu- puesto General de la Nación, que el Congreso infló hasta niveles absolutamente insostenibles, con objetivos perversos que atentan contra la estabilidad del país.

La inflación es el peor castigo para la ciudadanía que se gana la vida honestamente. El crecimiento inusitado de los precios se come los re- cursos de una familia de la manera más cruel, acaba con la estabilidad y aumenta la pobreza general. Por eso, la responsabilidad del Gobierno en frenarla es gigantesca y perentoria.

Las subas en los porcentajes, de las que hablan los economistas, se traducen en la vida diaria de la gente en la pérdida del poder adqui- sitivo a la hora de comprar los productos necesarios para el sustento. Lo que ayer se adquiría por 100.000, hoy se compra por más y mañana por mucho más. Así es de angustiosa la inflación.

Para peor, los productos que más aumentaron son los alimenticios, siguiendo una tendencia mundial que parece irreversible. El encare- cimiento del petróleo agrega otra cuota de dramatismo.

Ante este panorama, solo el Banco Central parece preocupado en tomar medidas para intentar frenar la tendencia. Pero la historia de la economía (madre sumamente experta) nos dice que las medidas mo- netarias son insuficientes para asegurar el éxito en la cruzada anti- inflacionaria. Se precisa una concertación multisectorial, que comprenda todo el espectro del Gobierno, para ajustarse los cinturones y cortar los gastos innecesarios, con el fin de contener la escalada.

Por ello, es imprescindible exigir al Congreso que recorte los ingentes gastos superfluos con los que infló de manera escandalosa el Presu- puesto General de la Nación. Este Congreso, por intereses meramente políticos, abultó el proyecto de Presupuesto enviado por el Ejecutivo en unos 300 millones de dólares, para los cuales no hay ni la más remota posibilidad de financiamiento. Es decir, no existe la plata para cubrir tal suma. Encima, ese aumento impúdico está destinado a pagar a un nuevo funcionariado parásito, clientela de partidos políticos y de cau- dillejos de todos los pelajes, que poseen profunda raigambre en el Po- der Legislativo.

Este despropósito parlamentario, ceñido en crear gastos rígidos -es decir, preferentemente nuevos salarios (innecesarios)-, debe ser frenado drásticamente, sin afectar los gastos sociales. Un ejemplo aleccionador de lucha contra la inflación lo dio recientemente Dilma Rousseff, la pre- sidenta de un Brasil que es hoy la séptima economía mundial: cortó 50 mil millones de reales (unos 30 mil millones de dólares) del gasto pú- blico, el mayor recorte presupuestario de la historia brasileña.

La situación mundial instala un componente importante para pro- mover la inflación (la suba en los alimentos), pero en nuestro país los gastos políticos creados por el Congreso pueden obrar como el com- bustible derramado en las llamas de una inflación atroz.

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