Correo Semanal

El cine y la memoria de Miguel Agüero

 

Miguel H. López

Miguel Agüero es actualmente uno de los más prolíficos realizadores audiovisuales en Paraguay, aunque su creación no circule por los escenarios masivos comerciales, sino en espacios alternativos, festivales temáticos y circuitos de discusiones más políticas. Inscripto dentro del cine comunitario y cine de memoria, este mes se alzó por segunda vez (2017 y 2019) con el premio Entre Frontera del festival internacional de Oberá en Cortos de Misiones, Argentina. En conversación con Correo Semanal recorre algunos aspectos de su impronta y las razones que lo llevan a encarar la creación que lo proyecta cada vez más en instancias internacionales.

–¿Qué representa ganar dos años alternados el premio Entre Fronteras en el Festival Oberá en Cortos?

–Realmente es la evidencia de que el Paraguay es un país que quiere ser escuchado, visto a través de sus relatos. Que tenemos mucha potencialidad en nuestra propia historia, no siempre contada. Este reconocimiento nos compromete a seguir trabajando por un cine paraguayo que colabore en la construcción de nuestra memoria colectiva, que aporte al diálogo, un cine que nos ayude a crecer como seres humanos.

–¿Cuál es ese rasgo particular de tu producción que logra impactar en el público y en el jurado?

–En un espacio como el Festival de Oberá se valora mucho ese cine político y poético, porque es un espacio de encuentro, de reflexión sobre las identidades, las fronteras (reales y simbólicas) y la inalienable condición de diversidad cultural de los seres humanos.

–¿Qué hace que optes por tal o cuál historia? ¿Por qué?

–Me interesa por un lado representar a los grupos sociales, cuyas voces han sido excluidas de la historiografía tradicional –vale decir, la “historia oficial”– escrita por las élites que gobernaron el Paraguay. Me gusta que el cine visibilice lo invisibilizado. También me interesan los temas rurales y la vida en el campo, recreando aquellos aspectos que había vivido en mi infancia en Acahay, el pueblo donde nací y donde de alguna manera vuelvo en cada obra.

–¿Qué representa este premio?

–Nos motiva a seguir experimentando con libertad creativa, a seguir estudiando, aprendiendo con mis compañeros, en un marco de alegría y solidaridad, a seguir participando, haciendo escuchar nuestras voces a través del cine. Me recuerda también que tener la cámara es una enorme responsabilidad ética y política.

–La obra ganadora, ¿qué escarba?

Kirirî es un proyecto de cine de la memoria, un cine político con búsqueda artística, es una reflexión sobre el silencio de Paraguay. Es un cortometraje que realizamos con mis compañeros de Arraigo Expresión Audiovisual, en memoria de todas las niñas víctimas de la dictadura cívico-militar de Alfredo Stroessner en Paraguay (1954-1989).

Experiencia y largometraje

–La experiencia acumulada en estos años, ¿cómo impactará en tu primer largometraje en preparación?

–Sin duda, cada trabajo es una acumulación de aprendizajes. Algo que aprendí es a no apurarme, a disfrutar de los tiempos de obra, el guion es la semilla, es la raíz, ahí hay que tomarse todo el tiempo necesario. Nuestro primer largo se titula Kokue, está en el proceso de escritura de guion y búsqueda de financiamiento. Estamos muy felices porque es un proyecto que ya ganó dos estímulos importantes; el Fondo de Desarrollo del programa Ibermedia, y el apoyo del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Fondec). Kokue es la historia de una anciana agricultora, que lucha por mantener su cultura en un remoto pueblo de Paraguay, a punto de desaparecer a causa de las fumigaciones de soja con agroquímicos. Ante el peligro, su nieto intenta convencerla de vender la casa y migrar a la Argentina. Ella se resiste a abandonar su tierra, y su compromiso como única partera de la comunidad.

Producción no comercial

–Tu creación corre paralela a las nacionales de factura comercial; sin embargo, su llegada al público es inmensa. ¿Qué significa esto en términos de narrativa?

–Es muy importante que el cine paraguayo se desarrolle desde una diversidad de miradas, enfoques y propuestas estéticas. Claro, existe una corriente que nos enajena culturalmente, eso es muy fuerte, hay que descolonizar el cine paraguayo, dejar de imitar en su propuesta narrativa y estética a los grandes patrones del cine de las megacadenas. Debemos buscar relatos con valentía y apostar a la construcción y solidificación de rasgos cinematográficos propios, dar oportunidad al público de ver, pensar y sentir desde otras cosas que no siempre aparecen en las taquillas. Creo que el arte audiovisual aparte de su contribución al crecimiento económico, puede ser una exitosa herramienta para promover el desarrollo integral, desde el reconocimiento de la diversidad, desde las identidades, la memoria colectiva, impulsar el diálogo, la reflexión y el pensamiento crítico. Yo me siento muy exitoso cuando una maestra me dice “yo uso tu cortometraje para mis clases”, eso para mí es un logro enorme, o cuando hacemos cine debate en las comunidades o centros educativos y la gente opina, discute, participa y reflexiona en torno al cine.

–¿Cuál es la diferencia entre cine comunitario y el resto de los cines que conocemos?

–La comunicación es un derecho humano, el cine comunitario busca que las comunidades puedan ejercer el derecho de comunicarse a través del cine. El cine comunitario es una herramienta colectiva, busca que las comunidades puedan contar su realidad, esperanzas, formas de vivir y ver el mundo, alegrías y penas a través del cine.

–¿Hay alguna anécdota relevante que haya sido una lección?

–Antes creía que el cine podía cambiar el mundo, ahora ya no. Creo que el cine nos puede ayudar a ser más humanos, a movilizar los sentimientos, los pensamientos, y somos nosotros los que podemos mejorar nuestro mundo. Como dijo el cineasta Stefen Karpar, promotor del cine comunitario en Perú: “El cine no cambia la realidad, pero tiene el potencial de incluir lo excluido, de visualizar lo invisible, de recordar lo olvidado, de dar imágenes y palabras a los que no tienen, y eso es el principal cambio”.

–¿Qué proyectos hay en carpeta?

–Ahora estamos trabajando en un proyecto que se llama Mandu’a, un documental que narra la historia del teatro independiente paraguayo, movimiento que aglutinó a actores, actrices, dramaturgos, directores, escenógrafos, vestuaristas y técnicos que dedicaron sus vidas al oficio del teatro durante la dictadura cívico- militar de Alfredo Stroessner (1954- 1989) en Paraguay. Es un documental que recibió el premio Bonos Creativos 2019-Proyecto BID LAB CIRD, Fondo Municipal de Investigación de las Artes y la Cultura, y el apoyo de Emprendedores Culturales de la Secretaría Nacional de Cultura.

–¿Qué falta en Paraguay para desarrollar el cine?

–Para el desarrollo del cine, al igual que las demás expresiones artísticas, son importantes las políticas público-culturales democráticas, la soberanía de la imagen debe ser política pública, la cultura es fundamental para el desarrollo de un país. El cine es la voz y la imagen de nuestro pueblo, una herramienta para construir identidad y memoria de un país, por eso es fundamental democratizar el cine en Paraguay, una forma de hacer eso es la creación de una escuela nacional de cine, con formación gratuita y de calidad. Sinceramente creo que este país tiene muchas historias que contar. Este país necesita del cine para reconocerse y proyectarse. Este país precisa un proyecto político de desarrollo del cine diverso. Este país necesita creer más en su país...

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