Correo Semanal

El canto de los estacioneros

Originadas en tiempos de la Colonia española y transmitidas de generación a generación, perduran las tristes canciones de Semana Santa.

Mario Rubén Álvarez

En cada Semana Santa, el eco de las canciones de los estacioneros vuelve a poblar el aire con melodías y letras tristes que quiebran el alma con su purahéi asy. Es cierto, cada vez son menos las voces y menos los lugares en los que un grupo de hombres –que, en algunos casos, incluye también a las de mujeres– dan vida a una tradición que viene de tiempos de la Colonia española y hasta hoy pervive como una expresión de la religiosidad popular.

Los estacioneros –que en el Guairá y otras zonas del país son llamados también pasioneros–, con su estandarte identificatorio a la cabeza, sus uniformes y su alto farol, son los que en la Semana Santa recorren las 14 estaciones del camino al Calvario que recuerdan la Vida, Pasión y Muerte de Jesús.

Las canciones son un rastro evidente del mestizaje cultural heredado de la Colonia. La Corona española había abierto en América dos cauces para su conquista: la fuerza de las armas y la fuerza de la prédica religiosa que traían los curas y hermanos franciscanos, jesuitas, dominicos y mercedarios en su código evangelizador.

Las letras de las melodías, salvo alguna que otra excepción, son bilingües –español y guaraní– y están escritas en versos de ocho sílabas que, a ratos, se rompen. Se las canta sin acompañamiento de instrumentos, siguiendo la tradición de que en la Semana Mayor de la cristiandad las cuerdas debían permanecer en silencio en señal de recogimiento y respeto.

La escritura revela que los poetas poseían una información elemental acerca de las formas métricas –provenientes de España, en particular de su romancero– y a ellas trataban de ceñirse. Los versos son sencillos y emotivos. El propósito de los poetas populares es conmover al auditorio con los diversos pasajes de la vida de Jesús.

Algo importante de notar es que no todas las letras conservan una coherencia plena. Y algunas palabras carecen de sentido dentro del contexto. Es lógico que ello haya sucedido, pues la transmisión y el aprendizaje se hicieron desde la oralidad a la precaria escritura en los casos en que esta existiera. Las canciones eran heredadas por los hijos de sus padres y aquellos repetirían el proceso de acuerdo con esa experiencia.

“Desde el punto de vista melódico, algunas frases sin respuestas, periodos incompletos y modificaciones en las cadencias, portamentos, calderones, le otorgan un hondo carácter folclórico con el predominio de una profunda personalidad colectiva de destacada emotividad”, sostiene el maestro Luis Szarán en el volumen 1, número 2, de la serie Estudios Folklóricos Paraguayos, con el título de estacioneros escrito en colaboración con el ya desaparecido José Antonio Gómez Perasso. Pág. 44. De ese texto se transcribe aquí Ñandejára rekovekue, pág. 66.

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