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El bautismo del Señor

P. Víctor Urrestarazu - padrevictoru@gmail.com

Apenas se bautizó el Señor se abrió el cielo, y el Espíritu Santo se posó sobre él como una paloma. Y se oyó la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Con el bautismo de Jesús se inicia de modo solemne su misión salvadora. A la vez, el Espíritu Santo comenzaba por medio del Mesías su acción en las almas, que durará hasta el fin de los tiempos.

Fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, para entrar en comunión con la Trinidad Beatísima. En cierto modo se han abierto para cada uno de nosotros los cielos, a fin de que entremos en la casa de Dios y conozcamos la filiación divina. “Si tuvieses piedad verdadera –enseña San Cirilo de Jerusalén–, también descenderá sobre ti el Espíritu Santo y oirás la voz del Padre desde lo alto que dice: este no es el Hijo mío, pero ahora después del bautismo ha sido hecho mío”. La filiación divina ha sido uno de los grandes dones que recibimos aquel día en que fuimos bautizados.

El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “El bautismo es la puerta de la fe y de la vida cristiana y la misión de la Iglesia, siguiendo el mandato del Resucitado es evangelizar y perdonar los pecados a través del sacramento bautismal. […] El bautismo está; ligado a nuestra fe en el perdón de los pecados. El sacramento de la penitencia o confesión es, de hecho, como un segundo bautismo, que nos lleva siempre al primero para consolidarlo y renovarlo.

El bautismo es el punto de partida de un camino de conversión que dura toda la vida... Cuando vamos a confesar nuestras debilidades, nuestros pecados, vamos a pedir perdón a Jesús... pero también vamos a renovar el bautismo con ese perdón. La confesión no es una sala de tortura, es una fiesta para celebrar el día del bautismo. La palabra bautismo significa literalmente ‘inmersión’. ‘Este sacramento constituye una verdadera inmersión espiritual en la muerte de Cristo, de la que resurgimos con él como nuevas criaturas’.

Regeneración que actúa de ese nacimiento del agua y del Espíritu sin el cual nadie puede entrar en el reino de los cielos. Es iluminación, porque a través del bautismo, la persona se llena de la gracia de Cristo, luz verdadera que ilumina a todo hombre y disipa las tinieblas del pecado. En el sacramento del bautismo se perdonan todos los pecados, el pecado original y todos los pecados personales, así como toda forma de castigo por el pecado.

Con el bautismo se abre la puerta a una nueva forma de vida que no está; oprimido por el peso de un pasado negativo y en la que resuena ya la belleza y la bondad del reino de los cielos... Es una poderosa intervención de la misericordia de Dios para salvarnos… Yo no puedo bautizarme dos veces, tres o cuatro, pero sí puedo ir a confesarme y cuando lo hago renuevo la gracia del bautismo.

El Señor Jesús, que es tan bueno y nunca se cansa de perdonar me perdona. ¡Acordaos! El bautismo abre la puerta de la Iglesia… pero cuando la puerta se entrecierra un poco por nuestras debilidades y pecados, la confesión vuelve a abrirla porque es como un segundo bautismo que nos perdona todo y nos ilumina.

Vayamos así, alegres. Porque la vida hay que vivirla con la alegría de Jesucristo…”.

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