Opinión

Educación sexual y el desafío de hablar claro

Por Gustavo A. Olmedo B.

Gustavo OlmedoPor Gustavo Olmedo

La polémica desatada en los últimos días en torno a la prohibición de una guía para docentes sobre educación sexual vuelve a plantear la necesidad de hablar claro en torno a este tema.

Al tratarse de una cuestión sensible –pues está en juego la educación afectiva y emocional de niños y jóvenes, principalmente–, hay que considerar todos los factores en juego antes de emitir un juicio de valor, ya sea a favor o en contra. Esto implica lectura, comprensión y análisis. Es decir, ir más allá de los escuetos titulares de los medios de prensa y redes sociales.

Es necesario reconocer que no todo lo relativo a la formación en este campo está bien “de por sí”. El título de educación sexual integral no garantiza la calidad de un documento ni su eficacia para evitar abusos de menores, un flagelo que debe ser atendido y atacado con urgencia desde todos los ámbitos posibles. En este campo siempre corresponde el debate, la reflexión y la participación. Por ello, tampoco es razonable tildar de “cavernícolas” a personas o grupos por el simple hecho de no compartir esta propuesta.

En este sentido, los cuestionamientos del Ministerio de Educación y de organizaciones de la sociedad civil responden a preocupaciones de muchas familias, y eso hay que aceptarlo y respetarlo.

La utilización en la guía de conceptos y términos que sustentan la ideología de género; un marco teórico que relativiza los datos biológicos –como el nacer hombre o mujer– para dar paso a la idea de sexualidad como “construcción social”, es un tema que debe ser debatido y/o consensuado, así como debe serlo la forma de exponer las relaciones homosexuales; algunos consideran que el documento coloca al sexo anal al mismo nivel que el vaginal, algo médicamente criticable.

Hablar de la relación matrimonial como una relación con tinte “represivo y moralizador” –como se entiende en el texto– o ignorar la naturaleza para afirmar que la identidad sexual de la persona se sustenta en puros sentimientos o la simple autopercepción, no son temas menores en una guía de educación para docentes. Son definiciones que merecen una discusión antes de su exposición de manera responsable.

La educación en este campo debe tener como base fundamentos de la ciencia y la salud, en vez de priorizar teorías políticamente correctas, muy difundidas por organizaciones feministas radicales y organismos internacionales.

Hablar claro implica asumir que todos coinciden en la necesidad de esta educación; el punto es cómo lo hacemos. Urge que padres y familias asuman la responsabilidad como los primeros encargados, y no estaría mal promover espacios de capacitación. Hoy, escuelas y colegios tienen incorporada la educación sexual, pero cabría preguntarnos cuán integral es; si considera las exigencias profundas del joven o se queda en la simple genitalidad, con el placer como único ideal, sin importar demasiado cómo o con quienes.

No todo pasa por mostrar en el aula cómo se coloca un condón o dónde implantarse un anticonceptivo subdérmico. Superar una idea distorsionada requiere una concepción de la persona cargada de dignidad, respeto hacia uno mismo y responsabilidad. La sana sexualidad exige el uso adecuado de la razón, respetar tiempos y abrazar la propia historia. Quizás basta con mostrar un camino humano distinto, ese que ayuda a valorar un amor gratuito presente –padres, amigos– y que permite comprender quiénes somos, cuánto valemos y hacia dónde queremos ir.

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