Opinión

Dignidad

Benjamín Fernández Bogado – @benjalibre

La primera vez que me topeté con esta palabra fue cuando alguien quiso torcer la voluntad y el orgullo de una persona por dinero. Su respuesta aún permanece en mi memoria: “Che mboriahu, pero che delicado” (Soy pobre, pero digno).

Interpretaba cabalmente el amplio sentido de la palabra que abarca orgullo, responsabilidad, autoestima, valoración personal y hacia los demás.

Una de las grandes crisis de valores que tenemos en el Paraguay es haber canjeado la pobreza material por mendrugos y sumar a la necesidad material la carencia absoluta de autoestima.

Nos hemos dejado humillar, degradar y nos han perdido el respeto.

Llegar a la condición de mendigo es una de las situa-ciones más largas, complejas y sofisticadas de cualquier ser humano. Requiere despojarse de toda dignidad posible y unir las manos pidiendo lo que sea para sobrevivir.

El Paraguay necesita volver a ser digno y tiene que trabajarse profundamente esta cualidad en las familias, escuelas, organizaciones privadas y públicas. Hoy la humillación es la constante, incluso, entre los mismos humillados.

Muchas de las actividades cotidianas están sujetas a formas sutiles o desembozadas de humillación. Un trámite público, un documento, un sello y ni qué decir de un trato digno en hospitales, comisarías o escuelas. Ahí es posible ver cómo se adentró profundamente la vejación cotidiana al interior de las instituciones y de ellas hacia sus mandantes, al punto de considerarlo absolutamente normal a la vida entre nosotros.

Hacer esperar, convocarlo a la madrugada, exponerse al robo o asalto en una parada de autobuses, solicitar un favor sexual a cambio de un nombramiento de maestra u otro cargo público e incluso aceptar un cargo para el que no se está preparado, como el caso del cónsul general en Buenos Aires, donde viven más de dos millones de los nuestros.

No ser dueño del NO es una de nuestras carencias más profundas. La dictadura se fue, pero quedaron sus prácticas vejatorias y humillantes, y no hemos tenido ninguna acción en democracia que promueva los valores opuestos.

Ser asegurado del IPS es abiertamente un acto de humillación y de indignidad apenas le toca a uno la oportunidad de echar mano a su prestación por la que pagó gran parte de su vida laboral.

El “aceitar” para que los expedientes corran, el regalo para que los papeles se muevan o la coima en cada procedimiento hacen parte de la degradación más grande que padece cotidianamente este país.

No nos tratarán nunca con dignidad mientras privemos de ese valor a los nuestros. Nos robarán, maltratarán y empobrecerán en directa proporción a la humillación a la que sometemos a los nuestros en las prácticas diarias.

Podemos ser todavía pobres, pero dignos, sin embargo, para eso hay que construir orgullo y ser dueños de nuestro NO.

Entender que somos los mandantes y que mandamos sobre nuestros mandatarios. Si estos lo saben, se humillarán ante nosotros, pero hasta ahora están muy seguros de lo opuesto.

Para pretender seguir siendo país en cualquier condición material, es imperioso recuperar este valor. El mismo del que habló tanto Rafael Barrett, que hoy en el sitio de su destierro en Yabebyry (Misiones) recobra la palabra calificándose como “la capital de la dignidad paraguaya”.

Ojalá su faro en ese escondido pueblo ribereño ilumine a todo un país, para levantarse de su postración y sometimiento.

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