Opinión

Dicha paternal

Carolina Cuenca Por Carolina Cuenca

Sabemos que un reduccionismo sentimental y una instrumentalización comercial, también un fuerte lobby político feminista, están alejando nuestros pensamientos de preguntas claves para comprender sin prejuicios a los padres de familia en estos tiempos.

Parece difícil entender a esos padres de carne y hueso, normales y comunes, seres humanos en busca de la felicidad que tienen la gracia de tener hijos.

La tradición los ha ubicado en un sitial de autoridad, de respeto, de legislación.

La experiencia nos dice que son protectores y proveedores que brindan seguridad cuando se dan a su tarea con entusiasmo y que dejan una ausencia difícil de llenar cuando no las cumplen o ya no están físicamente.

Pero ¿quiénes son y qué les hace dichosos como seres humanos y provechosos como miembros de la sociedad?

El reconocimiento del padre es para el hijo, sin duda, un puente con la realidad que lo estructura de forma positiva. La aceptación de sí mismo pasa para el hijo por la mirada comprensiva del padre.

Sin duda, el padre introduce al hijo en la realidad y esa es una tarea educativa noble y sensible que depara para el adulto muchos desgastes y, por qué no, errores y cuestionamientos, pero también aciertos y satisfacción personal.

La misma responsabilidad paternal, que en su etimología nos remite a ese dar una respuesta, responder ante el hecho de que la naturaleza biológica de la sexualidad le pone enfrente al padre, es un temazo.

¿Cómo ser padres responsables a la altura de una sociedad cada vez más globalizada en sus desafíos, pero tantas veces atomizada o aislada en su cotidianidad?

A los padres de este siglo les toca también cargar con los preconceptos negativos que algunos de sus antecesores han ayudado a construir en la mentalidad común.

En este sentido, no solo la paternidad está en tela de juicio, sino la misma masculinidad y lo que ello conlleva.

Nuestras sociedades contemporáneas han invertido mucho en generar un ambiente legal y cultural de respeto a la persona en su individualidad, pero se sigue tambaleando como un niño muy pequeño al caminar, en su intento por estructurar una forma de ser padre de familia dichoso en el aquí y ahora, fuera de los encasillamientos utópicos.

¿Qué posibilidades reales o concretas tienen los padres hoy de disfrutar de su condición y de actuar con la libertad que requiere esa exigencia de responsabilidad que les cargamos sobre sus hombros?

Al ver el comportamiento inadecuado de algunos padres y de teorizar con base en los extremos, algunos promueven un estilo de vida feminizado, donde el varón debe encarar un ajuste conductual tremendo para ser aceptado, ya que está bajo sospecha de rigidez y de abusividad desde el vamos y a cada instante.

No creo que los seres humanos soportemos la enorme carga ni de la idealización extrema, ni del ataque hacia la naturaleza de la paternidad.

Muchos hijos piden a gritos y con toda clase de comportamientos que sus padres estén presentes, así como son, con su humanidad puesta en juego, para cobijarlos, para animarlos, para acompañarlos y simplemente estar allí toda la vida.

Además de un sano realismo, quizás debamos recuperar un cierto sentido lúdico de la paternidad, no irresponsable ni infantilmente, sino dotado de buen humor, de capacidad de autocrítica, en un mundo donde se perdona poco y se exige mucho.

Si queremos hijos dichosos tenemos que encontrar un camino para apoyar a los padres a serlo también. La felicidad es contagiosa y atractiva, y los padres deben poder encontrar en el resto de la sociedad ese ánimo que les lleve a ser y expresarse con dicha, sea cual sea la circunstancia que les toque asumir en este tiempo difícil. Apoyémoslos.

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