Correo Semanal

Despedida

 

Mario Rubén Álvarez

En 21 años y tres meses de cumplir el rito de entregar cada sábado a los lectores la historia de una canción, hubo textos que me costó sobremanera escribir. Sin embargo, el de hoy es el más difícil, el más arduo de todos, porque es el de mi despedida. Mi contrato con Última Hora (ÚH) ha expirado.

Suelo escribir habitualmente en tercera persona; hoy permítanme hacerlo en primera persona.

El aliento de esta Memoria viva arrancaba el 25 de julio de 1998. Por entonces, con el seudónimo de Ignacio Carreras, publicaba cada ocho días un artículo en el Correo Semanal. El entonces director de ÚH, Demetrio Rojas, andaba buscando alguien que escribiera las historias de las canciones en el Correo. Al conversar con Bernardo Garcete Saldívar –biógrafo de Luis Alberto del Paraná que vive en Dinamarca y estaba en Asunción–, este le dijo que yo podría hacerlo.

Fue así como en una –a veces dos– de las 32 páginas del Correo Semanal, junto a los artículos de Juan Andrés Cardozo, Toni Carmona, Domingo Rivarola, Andrés Colmán Gutiérrez, Bartomeu Melià, Mario Casartelli, Antonio Pecci, Borja Loma, Elvio Romero, César González y otros tantos nombres que querría siempre recordar, comenzaron a labrarse su destino las historias de las canciones populares de nuestro país.

Suelo afirmar que las obras musicalizadas de nuestros poetas poseen vida propia luego de su creación. Les va pasando cosas a medida que el tiempo avanza. Sirven para algo o para alguien. Pues bien, a partir de estos textos también se originaron situaciones, reacciones, anécdotas, idas y vueltas. Y no me cabe la menor duda de que también sirven y servirán para algo, para alguien.

RESPUESTAS E INTERROGANTES

Los artículos nacieron de las preguntas que me hacía acerca de las polcas y guaranias que desde mi infancia en Potrero Yvate –distrito de 25 de Diciembre, Departamento de San Pedro– escuchaba con mi padre. Algunas tuvieron respuestas, otras serán perpetuas interrogantes tal vez.

Así supe –y supieron conmigo los lectores– quién fue Sixto Cano, el fantástico autor moral de Quyquyhó; Guillermo Breer, de seudónimo Pytagua, verdadero creador de Pájaro chogüi o choguy; Irene Pavón Pérez e Irene Medina, destinatarias de Irene, de Virgilio Centurión; Carmen Mónica Grance, quien dijo ser la destinataria de Guavira poty, letra de Emiliano R. Fernández también dedicada a Dominga Jara y, en fin, muchas otras historias desconocidas o poco sabidas.

Desde el 2003 hasta el 2009 –contando con la generosidad de mi amigo Julián Navarro Vera–, publicamos en diez tomos parte de las narraciones aparecidas por primera vez en el Correo Semanal con el título de Las voces de la memoria. Por quedar chicos para tanto público los locales de la Embajada argentina y el Centro Paraguayo-Japonés, las presentaciones de los libros, desde el tercer tomo, se hicieron en la Estación del Ferrocarril.

Esas voces de la memoria recogidas de la oralidad o de libros –a veces– han sido la materia prima de las historias narradas. Ponerlas por escrito ha sido un acto de esperanza porque van a quedar en los papeles para la posteridad. Uno que casi siempre ve hasta el día negro me dijo alguna vez que publicando estas “cosas del pasado que no han de volver” era yo “un abogado de causas perdidas”. Al persistir tanto tiempo en la publicación, sin embargo, me he creído “abogado de causas encontradas”. Recuperar y dejar en un soporte perdurable –la escritura–, impreso, una parte de la memoria de nuestro pueblo anidada en las canciones ha sido para mí una tarea noble y digna.

Yéndome de esta cita semanal, me desborda el sentimiento de gratitud para este diario –en las personas que fueron pasando a lo largo de estas dos décadas–, para los lectores y para los que me ayudaron a construir cada página publicada: poetas, compositores y conocedores de las obras relatadas. He ganado infinidad de conocidos y algunos amigos. Transcurridos los años a partir de ahora, algunos me quedarán como herencia.

He sido feliz hurgando en la intrahistoria de la música paraguaya.

Llevo publicadas alrededor de 1.000 historias. Y en una noche sin cerrar los párpados he buscado en mi espíritu una letra y una música con las cuales despedirme, algo que me represente, represente mis sueños y también los de aquellos que queremos un país mejor para todos.

Me he quedado con Mi patria soñada, porque quiero “una patria nueva”, “libre de ataduras nativas o extrañas”, “que no tenga hijos desgraciados / ni amos insaciados que usurpan sus bienes / pueblo soberano por su democracia”, “sin guerra entre hermanos”, “con niños alegres y madres felices”, “sin murallas para el pensamiento” y, en fin, “una patria sin hambre ni penas”.

¡Hasta siempre!


Luego de 21 años y tres meses, hasta aquí llega este espacio dedicado a rescatar en papel las historias de las canciones populares de nuestro país.

Memoria viva

Mi patria soñada
Fulgura en mis sueños una patria nueva
que augusta se eleva de la gloria al reino
libre de ataduras nativas o extrañas
guardando en la entraña su prenda futura.

Patria que no tenga hijos desgraciados
ni amos insaciados que usurpan sus bienes
pueblo soberano por su democracia
huerto con fragancias de fueros humanos.

En un paraíso sin guerra entre hermanos
rico en hombres sanos de alma y corazón
con niños alegres y madres felices
y un Dios que bendice su nueva ascensión.

Patria sin murallas para el pensamiento
libre como el viento, sin miedo a metrallas
la nación modelo que por su cultura
se ponga a la altura de todos los cielos.

Donde alegren trinos de son libertarios
a los proletarios y a los campesinos
patria donde haya voces de estudiantes
promesas vibrantes de luz paraguaya.

Sueño en una patria sin hambre ni penas
ni odiosas cadenas que empañen su honor,
donde el bien impere sin sangre ni luto
bajo su impoluto manto tricolor.
Letra: Carlos Miguel Jiménez
Música: Agustín Barboza

Anécdotas
*Cierto día llegó al diario junto a mí un hombre de Eusebio Ayala. Traía una pila de cuadernos. Me contó que había copiado cada sábado, a mano, las historias publicadas. Venía para poner eso a mi conocimiento y a ofrecerme que, si se me perdían mis archivos, en sus anotaciones contaba con un respaldo. Le pregunté por qué los había copiado. Me contó que su esposa tenía un almacén y que con frecuencia liaba azúcar, yerba, velas o lo que fuere en el Correo Semanal. Por eso decidió anotar lo que había leído. Luego el papel quedaba para el uso de su señora.
*Una vez publiqué mal la letra de Canción de una tarde, de Benito Efraín Rojas y música de Luis Daumas Ladouce. Un cantante y gran conocedor de la música paraguaya, el doctor Luciano Pereira, de Ciudad del Este, me hizo notar el error. Sabiendo que Rojas había vivido en Francia, solo me quedaba su coautor. Con el dato del médico, pensé que ya había muerto. Sin embargo, al llamar por teléfono a una persona con su mismo nombre –era lo que imaginaba–… me atendió el compositor que creíamos fallecido. Luis Daumas Ladouce era un profesor de la Facultad de Medicina de la UNA que entonces estaba por los 90 años. Así pude contar la verdadera historia de Canción de una tarde. Y el doctor Pereira pudo jugar una partida de ajedrez con su antiguo profesor de Farmacología.
*Un lunes, blandiendo como una espada la hoja del Correo Semanal en la que había publicado una historia, apareció en la redacción del diario una hermana (monja). Me dijo que era un mentiroso y que me iba a demandar por difamación y calumnia. El epígrafe de la foto que acompañaba al texto decía que el autor estaba en compañía de su esposa… y había sido que no era, porque la esposa “ante la Iglesia y el Estado” era su madre. Se descargó, se tranquilizó, le expliqué el porqué del error –un hermano suyo, de padre, me había dado– y de a poco nos fuimos amigando. Terminó trayéndome de regalo los tres tomos de las obras de su padre.

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