Opinión

Deslizamiento

Benjamín Fernández Bogado – www.benjaminfernandezbogado.wordpress.com

Benjamín Fernández BogadoPor Benjamín Fernández Bogado

La primera vez que salí del país no fue ni a la bullanguera Clorinda comercial ni a ver las deslumbrantes cataratas de Foz de Yguazú. Fui a Venezuela, a bordo de un avión militar cargado de esposas de generales que hacían compras en todas las capitales de América Latina para retornar cargadas de bultos a una Caracas que era una fiesta. La misión –para una desaparecida revista– era entrevistar a Maritza Sayalero, la primera miss Mundo de ese país que luego produjo en serie otras ganadoras de eventos de belleza. El avión, las ocupantes, el destino, el propósito y la bulliciosa Caracas de finales de los setenta del siglo pasado fue una gran lección para mí.

Venezuela entrenaba por esos tiempos a dirigentes sindicales y políticos paraguayos en estrategias para alcanzar la democracia, mientras Carlos Andrés Pérez conmutaba la deuda de República Dominicana y regalaba un barco de ultramar a Bolivia. Sus becarios en el exterior recibían jugosos estipendios. Todo ese país petrolero era un derroche inacabado. Ni una sola noche se dejaba de festejar la vida siempre con mariachis que interrumpían la jarana a las tres de la mañana. Para un joven periodista que vivió sus primeros 18 años en una aldea gris como el Paraguay… ¡Venezuela era una fiesta!

Claro, al levantar la mirada hacia el monte El Ávila y alrededores, la realidad era otra o en apariencia. Miles de venezolanos sobrevivían ahí en sus laderas mientras Alí Primera les cantaba canciones de protesta. El lugar era noticia por un algún deslizamiento, asesinato y alguno que otro acontecimiento policial. Después… no existían. Recuerdo haber visitado la zona y me sorprendió un gigantesco automóvil Ford Mercury cuyo tanque era tan grande como su valijera. Le pregunté al dueño que vivía en una choza de cartón cómo lo alimentaba de combustible. Me respondió que no era ningún problema, ¡el tanque lleno no alcanzaba un dólar! Era suficiente con lo que la renta petrolera generaba en cantidades.

Mientras los dos partidos tradicionales (Copei y AD) se turnaban en el poder luego del Pacto de Punto Fijo de inicios de los 60, la corrupción era la constante. Las instituciones solo existían de fachada y lo único que crecía era la bronca y el enojo de los multiplicados habitantes de las laderas de la montaña que rodea la capital. No eran muy dados al trabajo tampoco y los casi dos millones de colombianos hacían la tarea que ellos no querían realizar, de los desastres los culpaban siempre a sus vecinos.

Comían pollos y naranjas importadas de Miami y sus medios de prensa repartían libros con sus ediciones cotidianas. La realidad no era sostenible y estalló primero en los días del golpe que derrocó a Stroessner con una reacción social sin precedentes contra el presidente Carlos Andrés Pérez.

Lo que vino después es historia conocida. Llevan 20 años de la mano del chavismo y los que lo apoyaron sobreviven la hambruna y 3 millones se largaron al mundo a como sea. La inflación puede alcanzar 1.800.000% en los próximos años y el Gobierno se ha convertido en paria. Va camino a ser la segunda Cuba, país que le da el kit completo de cómo mantenerse en el poder.

Tienen 60 años de experiencia y en Venezuela solo 20. La fiesta terminó hace rato. Ni la orquesta quedó y menos los sonidos del sarao eterno. Los militares sostienen al régimen a cambio del negocio de las drogas, pero no pueden sacar de compras a sus esposas ni a Colombia y menos a Miami, y eso es grave. El país se deslizó lamentablemente hacia una pendiente sin fin.

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