Editorial

Crecimiento económico con desarrollo es el gran desafío

 Desde varios sectores del país se tiene un discurso exitista acerca de la situación económica del país, gracias a muchos años de estabilidad macroeconómica y altas tasas de crecimiento. Sin embargo, esta situación ha beneficiado a pocos de manera importante, mientras que la mayoría quedó atrás, tal como lo reflejan los niveles de ingresos laborales, la calidad del trabajo y los servicios públicos de salud y educación. Diversos índices mundiales confirman la vergonzosa posición de Paraguay en el conjunto de las naciones, a pesar de que los indicadores macroeconómicos nos ubican como un milagro latinoamericano. El Gobierno que asume debe encontrar los vasos comunicantes entre el buen comportamiento macroeconómico y la calidad de vida y el bienestar de las personas.

El gran desafío de Paraguay es lograr que el crecimiento económico se traduzca en desarrollo, pero ello requiere de políticas públicas de amplia cobertura y calidad y, sobre todo, autoridades comprometidas con este objetivo.

Los índices de competitividad de talento global, de desarrollo humano, de desarrollo inclusivo, de progreso social y de competitividad global, entre tantos otros que incluyen a Paraguay, dan cuenta de dos tendencias a lo largo de los años.

En primer lugar, la lenta evolución de los mismos, a pesar de un contexto económico favorecedor. Durante alrededor de una década, un producto interno bruto (PIB) creciendo a tasas promedio superiores al 5% no logró mejorar la inserción laboral, especialmente de la juventud, para modificar sustancialmente el bienestar económico de las familias.

Esta situación hizo que, a pesar de la alta participación laboral, el trabajo no logrará mejorar los ingresos familiares. Es así que a pesar de la reducción de la pobreza, un cuarto de la población permanece en ella y cerca del 40% corre el riesgo de caer en dicha condición.

En segundo lugar, los lentos avances frente a los mejores resultados de los demás países de América Latina, nos terminan ubicando en los últimos lugares en la lista de países de la región, lo cual es inexplicable teniendo en cuenta que Paraguay se benefició particularmente del aumento de los precios de los bienes exportables o commodities.

Estos resultados ponen en duda el éxito del modelo y de la pertinencia de algunos de los indicadores utilizados para demostrarlo, como el PIB, el récord de exportaciones de alimentos, el acceso a mercados competitivos o la entrada de flujos de inversión extranjera.

Si estos logros no se traducen en bienestar, es necesario que nos preguntemos qué está pasando con nuestra economía y cuáles son las razones que disocian sus resultados a nivel macro con los de las personas.

No hay éxito si el país no logra mejorar la vida de sus habitantes. Las políticas económicas y sociales deben integrarse y dejar de ir cada una por su lado. La economía debe garantizar el acceso a un ingreso digno a las familias y la política social debe ampliar las capacidades y oportunidades de las personas para que ellas puedan beneficiarse y contribuir al crecimiento económico.

Un cambio de esta naturaleza exige reformas estructurales lo que va a significar miedo y desconfianza; sin embargo, autoridades y funcionarios públicos deben ser capaces de lograr los consensos necesarios. Paraguay debe dejar de estar en los últimos lugares de América Latina y aspirar a acercarse a los países de mayor desarrollo relativo como Uruguay, Costa Rica o Chile.

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