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Crecer en el patio virtual

Los niños de hoy se enfrentan a un problema: el déficit de naturaleza. Inmersos en un mundo de emocionantes tecnologías, los chicos se olvidan de los encantos de jugar como antes. Los especialistas explican las causas y consecuencias de este fenómeno.

Con nostalgia, los adultos de hoy evocan sus días de infancia como tiempos de improvisar en el jardín de la abuela una pista de carreras, de saltar charcos, de jugar a las escondidas, a la búsqueda de un insólito rincón, de dejar huellas de barro en la entrada.

Pocos se alarmaban por una raspadura o un golpe después de jugar. Era la manera simple de ser de la llamada "niñez de antes".

El mundo de los chicos del presente, en cambio, es muy diferente. La fantasía de la casita en el árbol ha sido reemplazada.

Con la revolución que supuso el vertiginoso avance de las tecnologías y el fenómeno de la globalización -apoyada en la capacidad de comunicación e información que otorga internet- la infancia ahora conoce más la naturaleza gracias a Discovery Channel, a un juego de computadora o leyendo de algún sitio web. A esto se lo llama déficit de naturaleza.

El periodista y escritor estadounidense Richard Louv inventó el término y lo popularizó en su libro El último niño en el bosque.

La premisa (y la gran preocupación del autor) es en definitiva que los más pequeños pasan demasiado tiempo encerrados. La culpa es de la tecnología, de la vertiginosidad de la ciudad y de los padres de esta nueva generación.

Louv plantea que, aunque estos niños parezcan más inteligentes, rápidos para aprender y "vivos", la realidad es que también presentan mayores índices de obesidad y otros trastornos.

"El síndrome de déficit de naturaleza no es un diagnóstico oficial, sino un modo de ver el problema y de describir los costos humanos de la alienación de la naturaleza, entre ellos: uso disminuido de los sentidos, dificultades de atención y tasas más elevadas de enfermedades físicas y emocionales. El trastorno puede ser detectado en los individuos, las familias y las comunidades", se lee en el libro.

Para la psicóloga clínica y máster en terapia familiar María Teresa Galeano, la mejor manera de ilustrar la situación es con una metáfora sacada de un clásico de la literatura.

En el cuento de Heidi, escrito en 1880 por Johanna Spyri, cuando la dulce niña huérfana que vive con su abuelo en los Alpes suizos, es enviada a Fráncfort para hacer de compañía de Clara Sesemann, la hija inválida de una familia pudiente, Heidi se marchita y enferma.

Una vez devuelta a la naturaleza recupera toda su salud. A la inversa, cuando Clara va a la montaña a visitar a Heidi consigue levantarse de su silla de ruedas y dar unos pasos.

La especialista aclara que el déficit de naturaleza no es una enfermedad que requiere de pastillas o tratamientos inclementes.

La solución está en volver al jardín, en reencontrarse con el encanto de la libertad creativa fuera de los límites de cuatro paredes. Claro que hay otra realidad, la de la creciente inseguridad social.

"Estos nos obliga a remarcar más que nunca el 'no hables con extraños' y así se limita el esparcimiento de nuestros hijos a un área marcada y conocida, a moverse en automóvil y a no salir mucho de casa", resalta.

Los padres de hoy difieren con sus antecesores en algo: ven el exterior del hogar como una amenaza, un espacio en el que los chicos están expuestos a los vicios, a la delincuencia o la criminalidad; un espacio del que quizás no vuelvan.

Ese encierro por precaución se potencia dentro de una cultura consumista, en la que los niños -de clase medias a alta- tienen de todo: celulares, PlayStation, Nintendo Wii, computadora con acceso a internet. Y los chicos de estratos socioeconómicos bajos tampoco escapan a esa situación, pues aprovechan gran parte de su tiempo libre viendo televisión.

Además, la expansión urbanística se ha tragado los espacios verdes. "Restricciones legales impensables hace 30 años los han reducido aún más. Hasta los árboles de los parques se rodean de barreras para que los niños no trepen", dice la psicóloga.

CONSECUENCIAS. Si bien la falta de actividades al aire libre acarrea sus problemas, en el caso de Paraguay, así como de otros países de la región, se viven dos realidades.

De un lado, niños de las urbes que crecen con déficit de naturaleza y, por otro, chicos que no tienen contacto con la tecnología, ni siquiera con un nivel de educación aceptable.

Es entre los del primer grupo donde los niveles de obesidad se disparan. La pediatra Judith Vázquez explica: "Es una enfermedad crónica y prevenible, que se manifiesta por el exceso de grasa corporal, secundario a un desequilibrio entre la cantidad de calorías que se ingiere y la cantidad que se utiliza".

En España, la Escuela de Enfermería de la Universidad de Extremadura cuenta en un estudio sobre la influencia de los hábitos televisivos infantiles sobre la alimentación y el sobrepeso que el 32,4% de los niños españoles admiten que "les entra hambre" mientras ven la tele.

El 33,5% come a veces golosinas, chucherías y aperitivos; el 10% lo hace con cierta frecuencia, y el 4% casi siempre o siempre. Además, más de la mitad de los padres consienten a sus hijos cuando desean desayunar, almorzar o cenar frente a la pantalla.

Para asegurar una mejor calidad de vida, la psicóloga Galeano afirma que las autoridades deben asegurarse de "convertir los espacios abiertos de los alrededores de las ciudades en zonas de naturaleza accesibles y 'vivibles' para la población".

Los centros comerciales y colegios deben tener espacios verdes. También recomienda cuidar los jardines, e incluir la relación con el entorno en los planes de estudio. Para evitar el sedentarismo y potenciar la creatividad, habrá que hacerle compañía a ese último niño en el bosque.

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Texto: Alejandra Vázquez - avazquez@uhora.com.py

Fotos: Javier Valdez/Archivo Vida

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