Correo Semanal

Contracultura rabiosa

 

Joaquín Catalejo

Julio González Marini, o Jota Marini, nos presenta sus dibujos después de una larga pausa. Dibujos que mantienen vigente esa forma de vivir la contracultura, que lo llevó a enfrentarse a toda una sociedad que lo acusaba de “pecador” y a la cual respondió con arte y creatividad.

La mayoría de los contemporáneos de Julio lo catalogan como un artista transgresor, que se enfrentó no solo a la dictadura feroz, sino a círculos cerrados e intransigentes, conformados por la corriente obsecuente al gobierno, la cultura oficial; y, por otro lado, a los movimientos culturales contestatarios al régimen, quienes estaban agrupados por entonces en élites cerradas, dueñas de la cultura, en cuyos criterios estéticos primaban fundamentalismos.

Los escándalos protagonizados por los “transgresores”, que denunciaban a ambas élites por los manejos sectarios y amañados de favores, recursos o premios de artes, escandalizaban y aún escandalizan a los que creen poseer el don divino de poder digitar los preferidos.

Este clima de intolerancia, consideramos, fue un factor que lo llevó a nuestro artista a emigrar a España, donde vive hasta hoy día y donde sigue dibujando tanto o igual que antes, sin cambiar su estilo y rol entre los circuitos underground de Madrid y Barcelona, igual como lo hacía en Paraguay. Pero con la diferencia que allá no lo marginan ni tratan de soslayarlo por lo que es: un talentoso y gran artista transgresor.

Desde sus inicios no solo dibujó, sino además destacó como un creador polifacético de vanguardia. Así fue que integró el Teatro Laboratorio con Carlos Cristaldo (+), Otto Skell (+), Ike Giménez, Mirta García, Rubén Milesi, José Luis DeTone, Jorge Aiguade, entre otros, pese a las temibles persecuciones de la dictadura a los grupos independientes de entonces. Con este grupo realizaba montajes bajo la estética del teórico teatral polaco Gerzy Grotowki, y cuyas puestas en escena llamaron la atención, por sus aportes de nuevos conceptos y miradas para el quehacer escénico de entonces.

Ya desde sus inicios se puede apreciar una característica recurrente en los dibujos de González Marini: el uso en primer plano, de rostros y máscaras caricaturescas con antifaces, de corte carnavalesco. Esta serie en la primera época se ha interpretado como una parodia irreverente a la clase política-social de la dictadura de entonces, que detentaba el poder omnímodo.

La dualidad se refleja claramente en el detalle de los ojos de los personajes dibujados por Julio; cada mirada impresiona por su diferencia y que sugiere estados de ánimos que contraponen con el rostro mismo: allí cada uno podrá ir hurgando y descubriendo la hipocresía, la falsedad, el cinismo, la envidia, conmiseración, orgullo, ira, dolor, resignación, etc. Cada mirada que esboza el dibujante se la puede catalogar de maestra por su certera expresividad.

Sensibilidad y oficio

Esta dualidad en los rostros dibujados perdura en sus trabajos y lo fue perfeccionando a través de los años hasta la actualidad.

Por extensión de razonamiento podemos afirmar que los dibujos de González constituyen una ácida y despiadada mirada a cierto proyecto de hombre de la modernidad seudohumanista, que solo arroja como resultante la depredación, y la vana y fratricida lucha por la dominación y el poder; donde imperan sociedades nihilistas y egocéntricas, maquilladas en proyectos de inclusiones, tolerancias y supuestas diversidades que simplemente son declamadas como estrategias de dominación del hombre por el hombre. Es la vieja lucha, de antes y de hoy, contra la discriminación y la intolerancia que mata.

Esta muestra tiene un carácter casi como para iniciados, ya que se trata de obras que son base para una edición de grabados. Son como las matrices (germinales), no tienen ni la “prueba de autor” –que es como lo define Julio–, ni la numeración del tiraje. Son obras llevadas como una correspondencia, entregadas en las propias manos a los amigos (todas ellas están dedicadas).

Mientras algunos pretenden pontificar que lo alternativo ya no tiene cabida en el mundo actual, la potencia del movimiento underground va recreándose: Julio es un ejemplo. Desde aquellos pasos por la plástica alternativa, en espacios no “habilitados” y liberados para las artes –como la casona de la calle Montevideo, el Tribilin-Vinicius del inefable Airaldi y sus exposiciones para inconformistas, hasta espacios como La Chispa o Casa Karaku–, nos muestran lo saludable de la contracultura y nos devuelven la mística de lo alternativo rabioso.

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