“La huerta necesitás cuidarla de mañana, tarde y de noche si es posible. Mitãicha oje’éa. Ese es el secreto de la huerta”, dice don Gustavo al dar la clave para esta labor.
No es la primera vez que una huerta está a su cargo, cuenta el hombre que el próximo viernes cumplirá 83 años y que es huésped del Complejo Santo Domingo desde hace seis años.
En una casa que habitaba en Ypané había empezado y luego continuó cuando fue huésped del Hogar Santa Teresita, en Asunción.
Antes de dedicarse a las plantas que tiene incluso en su habitación del complejo, don Gustavo recorrió caminos de Argentina y Paraguay durante varios años. Se bajó del volante cuando cumplió los 70.
“Acá llegué cuando caí enfermo en Santa Teresita. Yo me levantaba y barría todo el patio. Luego le hablé a los doctores y les dije que yo pondría toda mi voluntad para hacer la huerta, pero tenían que comprarme todo lo necesario”.
El proyecto de terapia de huerta, que arrancó hace como dos meses y es liderado por don Gustavo y está empezando a mostrar sus primeros frutos... mejor dicho, verduras.
“Me quieren demasiado las plantas. Cuando vivía en Misiones con mi papá, él plantaba algodón y yo también. El mío salía mejor que el suyo”, recuerda y puntualiza que tener buena mano es importante en esta labor.
“Tengo demasiada voluntad para las plantas. Todo el día trabajo por ellas, con mis manos nomás. Esto hace poquito planté y ya se ve. Si vos tenés el alma limpia, las plantas te quieren”, dice.
Decisión. Don Gustavo, quien se dedica de pleno a esta tarea, es enfático: Si alguien quiere estar cerca suyo en la huerta, tiene que trabajar.
“Yo no necesito a mi lado alguien que me mire, necesito que me ayude”. Aclara que él realiza la labor con la finalidad de consumir los productos.
Por ahora son lechugas. Pero aguarda que quienes quieran sumarse como voluntarios, puedan hacerle llegar semillas de tomates y locotes.
Conocedor de los beneficios que brinda la actividad en los adultos mayores, insta a sus pares a no quedarse sin nada que hacer.
“Quiero que la gente de mi edad mueva su cuerpo. En esta etapa de mi vida me caí o sino iba a trabajar todavía”.
Por su parte, Ramona Oddone fue profesora durante 55 años y ahora es una de las huéspedes del complejo. Está encantada con el proyecto de la huerta. “Es una actividad para que los usuarios puedan distraerse, aprender y consumir alimentos sanos”, dice.
Adelanta que se sumará al proyecto cuidando el lugar y aportando semillas. El proyecto le recuerda también a sus días de docente cuando en la escuela tenían su propia huerta escolar para autoconsumo.
Propósito. Don Gustavo ve más allá de las pequeñas parcelas que están sembradas hasta el momento. Quiere seguir creciendo.
La doctora Lisa Barreto, directora del complejo, menciona que hay planes de expandir el proyecto en más canteros en otras partes del edificio. Incluso está la intención de adquirir un terreno aledaño al antiguo hogar para hacer una huerta más grande.
Especialista en gerontología destaca que un proyecto como ese, hace que los huéspedes formen parte de un propósito diario.
A ello se suman los beneficios que una actividad como esta les da a su salud física y emocional.
“Respiran aire fresco, ejercitan el corazón, mantienen activos los músculos y los reflejos. También les relaja, duermen mejor, les ocupa el tiempo”, describe.
Conocedora de este sector poblacional recomienda a las familias escucharlos y practicar la empatía.
“Lo fundamental es encontrar lo que les gusta hacer a ellos. Algo que les motive y que de esa forma sepan que se sienten útiles”.
Una pequeña huerta no necesita mucho espacio, aconseja. También es de gran ayuda un pequeño jardín. “Acompañamiento y empatía son fundamentales”, recalca.
La presencia de otras personas que van a conocer la huerta, sobre todo, los fines de semana despierta el entusiasmo en don Gustavo, cuenta la directora.
“Él se siente supermotivado y siente que tiene un propósito. Eso es lo que quiere transmitirle a sus compañeros. Un propósito donde se sienta útil y ve el fruto del esfuerzo de cada día”.