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Cientos de personas aplacaron el calor en las aguas del lago Ypacaraí

A pesar de las turbias aguas, bañistas de todas las edades coparon las playas de Areguá y San Bernardino. Muchos niños acompañados de sus padres se zambulleron en el primer día del año.

Azul, marrón o negro. No importa el color cuando se hace insoportable el calor. Esta habrá sido la premisa de cientos de personas que sin importar el aspecto que presenta el lago Ypacaraí, chapotearon a gusto en sus dos orillas.

San Ber. En el antiguo epicentro del verano paraguayo, desde diversos puntos de central e incluso Buenos Aires, llegaron familias enteras para pasar el primer día del año.

“Donde haya sombrita tiene que ser”, decía un grupo de personas que a las 16.00 llegaba hasta la playa municipal de San Bernardino. Bajo los árboles, otras personas extendidas ya tenían su protección natural bajo el follaje. Sentados en sus sillones observaban a quienes sin empacho se mojaban en las turbias aguas.

“Este es un lugar paradisiaco, hermoso. Ideal para venir con toda la familia, aunque el agua no esté en un 100%”, decía con el entusiasmo propio de la fiesta Héctor González, que desde Arroyos y Esteros fue con su familia y amigos a la villa veraniega.

En uno de los muelles, que mostraba varios faltantes de madera, un grupo de artistas improvisaba un número circense que apenas recibía la atención y el apoyo de quienes los observaban.

El intendente de San Bernardino, Luis Aguilar, había anunciado que se colocarían carteles para advertir a los bañistas si las aguas eran aptas o no para el chapuzón. Sin embargo, en un recorrido realizado de punta a punta por el equipo de ÚH no se vio advertencia alguna.

Enfrente. Los pobladores y turistas se volcaron en masa a las orillas del lago en el sector que corresponde a Areguá. En comparación a San Bernardino, el lago se veía más oscuro en la orilla.

Pero el detalle cromático pasó desapercibido para las decenas de personas que se refrescaban en el lago. Sobre todo para los niños de diversas edades. Por nada del mundo querían dejar de jugar con el salvavidas o lo que tenían a mano.

Cuando eran obligados a salir por sus mayores, los más pequeños expresaban su desacuerdo con un interminable llanto.

Algunos de los visitantes preferían no zambullirse. Elegían ir al muelle a realizarse selfis con el paisaje del agua y los cerros de fondo.

A diferencia de la playa de San Bernardino, el espacio de la Capital de la Frutilla cuenta con más atractivos. El detalle fue valorado por muchos que fueron en familia.

Como punto en contra, por todas partes se veían botellas de plástico, vidrio, papeles, bolsas, latas y otros desperdicios. Los pocos basureros se encontraban rebasados.

“Se nota que mejoró mucho este lugar. Pero hace falta un mayor compromiso de la gente para colaborar con la limpieza”, dijo Gloria Vega, oriunda de Capiatá. Sus palabras fueron apoyadas por su hermana Natalia, quien vive en Areguá.

Las escenas de San Bernardino y Areguá se replicaron y repetirán en otros balnearios del país, colmados de gente. Sin importar el color del agua, habrá que hacerle frente como sea al infierno estival.

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