Cíclica inundación en Asunción requiere una solución definitiva
Las cíclicas crecidas del río Paraguay y su consecuente efecto, que se traduce en la migración de la población asuncena afectada por la suba de las aguas, y el alto costo que representa para las familias afectadas la pérdida de sus posesiones son situaciones que se vienen repitiendo desde prácticamente la fundación de la capital. El costo es alto tanto para las instituciones municipales y del Gobierno, que asisten durante la emergencia, como para las personas que deben trasladarse y resistir en forma precaria hasta que baje el nivel del río. Ya no podemos seguir poniendo parches a esta situación. La ciudad y sus habitantes merecen una solución definitiva.

Con gran precisión, las aguas del río suben cada año. Y también con la misma precisión los pobladores de los bañados sufren las consecuencias. Este es un problema que se presenta de manera cíclica: sube el río, desaloja a la población, que busca lugares altos donde mudarse, y también como siempre las respuestas llegan de la mano de la improvisación y los apuros.

Cada crecida nos muestra la falta de planificación, sobre todo cuando llega el momento de asistir a las familias damnificadas, 5.107 hasta la fecha. Los afectados se instalan en plazas y paseos centrales de las avenidas, y en refugios transitorios. Se ocupan espacios públicos, lo que asimismo genera protestas y críticas, además de saturar los servicios básicos.

Hay quienes sostienen que el agua no genera la emergencia, lo que genera la emergencia es en realidad la falta de infraestructura, aunque también es cierto que el lecho del río y su cercanía no son habitables.

Lo cierto es que el problema se resuelve solo parcialmente con chapas y víveres, a un costo millonario, en tiempos normales. Ahora tenemos el agravante de que nos encontramos en plena campaña electoral, lo que supone mucha ayuda condicionada por los votos.

Asunción sigue arrastrando una pendiente. Desde el año 1993 dispone del Plan Maestro de la Franja Costera, que suponía un proyecto de soluciones integrales para zonas inundables. Lamentablemente, debido a numerosos factores, como las rencillas, la mezquindad política y la mediocridad de las autoridades, el plan casi quedó en la nada. Solo una mínima parte del mismo sobrevivió y se convirtió en la avenida Costanera.

Además, Asunción no es una isla, por tanto, recibe a una parte importante de la población rural que migra hacia los grandes centros urbanos en busca de la sobrevivencia, ante la situación de crisis de la tierra.

Los gobiernos cumplen –por lo general– con el mismo rol asistencialista, que apenas alcanza a atenuar el impacto de la emergencia, pero que no plantea respuestas estructurales.

El arquitecto urbanista Gonzalo Garay había calculado una vez que cada inundación le cuesta al país el precio de una costanera, que equivale a unos 20 millones de dólares. De esto se puede deducir que si se construyeran barreras permanentes, en algunos años el Estado dejará de destinar fondos para auxiliar a los necesitados de traslado, vivienda, cobijo y alimentos.

Resumiendo: si se invirtiera de una vez en un proyecto global y gradual, terminará siendo un beneficio para todos.

El sufrimiento de miles de compatriotas vale la inversión así como también justifica la urgencia por llegar a una respuesta sustentable. Solo así las cíclicas crecidas del río dejarán de ser un drama para los asuncenos.