Revista Pausa

Brigitte Baptiste: ciencia para pensar las políticas públicas

En un franco diálogo, la reconocida bióloga colombiana nos habla sobre la relevancia de construir un futuro empático con la naturaleza, con la participación de todos los saberes y actores de la sociedad.

El Tercer Congreso Internacional e Interdisciplinar Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland se desarrolló hace unos días en Asunción y fue coorganizado por la Facultad de Ciencias Químicas de la Universidad de Asunción y la Sociedad Científica del Paraguay. El invaluable legado de estos dos destacados naturalistas, que a inicios del siglo XIX orientaron sus expediciones y estudios sobre América Latina, fue el eje central de las tres ricas jornadas, llenas de ponencias de altísimo nivel, conducidas por profesionales locales e internacionales.

Precisamente una de ellas, Del viaje de Humboldt a los viajes del Instituto Humboldt: 200 años de exploraciones en biodiversidad, nos trajo una visión tan comprometida como apasionada, la de la bióloga Brigitte Baptiste, de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, quien además es directora desde el 2010 del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt. La suya es una de las voces más destacadas en el ámbito ambiental y es reconocida globalmente por sus charlas. Brigitte rescata la visión progresista de Alexander von Humboldt, un investigador erudito de la naturaleza y sus manifestaciones. Su vigencia es especialmente oportuna hoy para entender la biodiversidad, gracias a su capacidad de observación y su compromiso social.

Ella se encuentra en su último mes al frente del instituto, ya que en setiembre asumirá como rectora de la Universidad EAN, siendo la primera mujer transgénero en ocupar ese cargo en Colombia. Tuvimos el inmenso privilegio de acceder a una entrevista exclusiva con ella, en su paso por Paraguay.

Brigitte Baptiste para revista Pausa
Brigitte Baptiste para revista Pausa.
Brigitte Baptiste para revista Pausa.

En tu extensa carrera en el Instituto Humboldt, ¿cómo trabajaste para que la preservación de la diversidad biológica sea prioridad para las políticas públicas?

- La misión del instituto es investigar para mejorar la calidad de las decisiones de políticas públicas. Obviamente, lo que es difícil identificar es el tipo de conocimiento que se requiere para alimentar las decisiones y esa ha sido una discusión compleja. Las decisiones públicas requieren conocimiento urgente y completo: la investigación ofrece conocimiento lento e incompleto. Necesitábamos un diálogo más cercano con quienes toman decisiones, los políticos, para saber qué realmente requerían para alimentar su quehacer. Las decisiones hay que tomarlas.

Entonces, lo que hicimos fue, por un lado, fortalecer el sistema de información de biodiversidad de Colombia, como un mecanismo abierto de consulta de datos y muy operativo, cualquier persona o entidad puede consultar, a través de un acuerdo con todas las instituciones, universidades y personas que quisieran aportar. Hoy tenemos un sistema espectacular, con millones de informaciones a disposición de todo el mundo: bien organizadas y curadas. Más de la mitad proviene del exterior, de sitios como el Museo de Historia Natural de París, el Jardín Botánico de Misuri o del Instituto Smithsoniano. Está todo disponible junto a un conjunto de herramientas de análisis que permite hacer mapas, listados, utilizar imágenes y sonidos. Los tomadores de decisión no quieren datos sueltos, sino organizados y que respondan preguntas rápidas. ¿Y ellos quiénes son? No son académicos, a veces ni siquiera vienen del sector ambiental, sino del sector de la construcción, la agricultura, los gremios de la producción, entonces nos enfocamos en construir conversaciones con esos actores que ven a la actividad ambientalista o los resultados de la investigación en ecología como restrictiva a sus actividades económicas, con un riesgo reputacional.

Con mucha paciencia se construyeron agendas conjuntas y hoy trabajamos muy bien con muchos de estos sectores, produciendo insumos, estrategias de planificación, documentos, por ejemplo de las actividades petroleras, mineras, de infraestructura o de ordenamiento territorial. En el ambientalismo hablamos entre 'conversos': los que decimos que hay que conservar, proteger y recuperar la naturaleza. Pero no está en nuestras manos hacerlo, sino en manos de los agentes que transforman el territorio, que utilizan los recursos. Hay una buena alianza entre regulación, demanda y usuarios como sociedad civil; todos tienen acceso a las fuentes de información para controvertir o construir acuerdos con las empresas. En fin, cada vez somos más útiles en la gestión del Estado y definitivamente eso es clave: la percepción de que un instituto de investigación de recursos públicos y también privados es funcional a las necesidades de la sociedad.

En tu ponencia hablaste de Thoreau y de volver a los orígenes. ¿Cómo pensás que se puede dar eso en un contexto contemporáneo?

- La referencia era para contextualizar la necesidad de poner sobre la mesa los intereses y las perspectivas de las personas. Todos los textos que hablan de 'la naturaleza' le dan una agencia muy importante, que hoy en día está volviendo a surgir, en términos de derechos y de la existencia de lo silvestre. Es muy humboldtiano también eso de recoger la pasión de lo vivo y lo orgánico. Creo que es indispensable llevarlo al presente para contrarrestar el utilitarismo en la gestión. Yo abogo mucho por la gestión, la administración de la diversidad y de las funciones ecológicas porque en un planeta que tiene 7 mil millones de habitantes, es indispensable hacer manejo, pero no un manejo mecánico o mecanicista, sino empático, para recuperar esa perspectiva. Allí la autogestión no es solamente a pequeña escala como el "lo pequeño es hermoso", de Schumacher, esa perspectiva de lo local, más romántica. No podemos renunciar a tener una sociedad apasionada por su biodiversidad y, al mismo tiempo, que construye sus estrategias de supervivencia y de bienestar en el aprovechamiento. Hay, obviamente, toda una gama de posibilidades, que van desde las más materialistas y egoístas, que pretenden exprimir hasta la última planta, hasta las que creen que se puede vivir sin exprimir nada. Lo que se llama el “ambientalismo mágico” versus el “extractivismo extremo”.

El ambientalismo hace unos 30 o 40 años abogaba por la autogestión en pequeña escala. Claro, tú puedes desarrollar procesos sostenibles, llevar una vida austera, controlar tus consumos, tener un sistema productivo de alta eficiencia biológica de siembra de verduras, para cuidar la salud de cierta manera. Pero los ecosistemas funcionan a gran escala. Y si sumas unidades autogestionadas, al final tienes un ecosistema tremendamente mediocre que malfunciona al agregar el comportamiento de las unidades pequeñas. Por ejemplo, la suma de fincas autosostenibles no te da un ecosistema sostenible, sino disfuncional. Eso es muy complicado de transmitir, porque la gente vive a escala propia. La conciencia ambiental tiende a ser recalcitrante, en lo individual.

La famosa disyuntiva entre la responsabilidad del consumo individual versus la ineficiencia del sistema productivo.

- Correcto. Por ejemplo, puedes seguir comiendo atún enlatado, pero lo que necesitamos es una normatividad o un acuerdo social que defina unas cuotas de cuánto atún, qué cantidad de latas y cómo se distribuyen a lo largo de la población. Entonces, ahí es más difícil actuar, a no ser que haya mucha comunicación. Depende realmente de una acción colectiva. Es el dilema, es muy complicado de lograr.

Llegar a acuerdos nacionales es más difícil en el sentido que todavía no hay suficiente democracia ni cohesión y por eso los países son tan autoritarios. Seguimos sin construir ese nivel de conciencia y de acuerdos. Pero fíjate que en temas graves ya empieza a aparecer la gente, bien o mal, se desarrolla un acuerdo colectivo. "No queremos plástico", dicen, aunque las empresas de plástico digan: "¡Pero si lo reciclamos todo!".

Entonces, la acción colectiva genera una comunicación que alcanza a miles de personas. La gente en un instante se pone de acuerdo y obliga a los políticos a prohibir el plástico de un solo uso. Estamos viendo surgir eso en todo el mundo. Los empresarios que lo fabrican empiezan a enloquecer. Ya es tarde, porque el acuerdo colectivo se desarrolló, es robusto y va a tener efectos. En cambio, el otro camino es esperar 20 o 30 años a que seamos capaces de recoger, reciclar y reutilizar todo el plástico para que sea sostenible. Y eso va a empezar a suceder con muchas otras cosas, por ejemplo, el petróleo. Aunque nos digan que el petróleo hoy es mucho más limpio y justo, la gente ya no lo quiere porque le parece que no es necesario, que costó demasiado llegar a este punto.

En Colombia es una negociación muy interesante, porque tenemos algo de petróleo, no mucho, pero es muy importante para la economía nacional. Sacrificarlo implica renunciar a una cantidad de aspiraciones económicas. Si llegamos a un acuerdo en el que la gente decida que no importa lo que cueste, ya no quiere más petróleo, entonces empezará una transición rápida y forzada hacia los no renovables, que podría incluso ser más difícil y costosa. Pero esa sería una decisión política colectiva. Después la gente puede decir: "Nos equivocamos". Pero eso ya habría producido una cantidad de efectos que son irreversibles. Ese es el resultado de las decisiones políticas, aunque no sean científicas. Realmente cambian el panorama de las trayectorias. Ahí es donde el Estado ha fallado, porque miente constantemente, porque es optimista, debe ser heroico, tiene que entregar resultados. Y como no puede, porque es muy difícil mover a la sociedad de un lado para el otro, entonces la gente ya no confía en el Estado, en el Gobierno, en las estructuras institucionales. Estamos en un punto de quiebre sobre la gobernanza, que es la palabra obvia con la que tenemos que afrontar el futuro ambiental de nuestros países y del planeta. ¿Cuáles son los modelos que vamos a desarrollar considerando que ni el Estado funciona ni las comunidades locales pueden vivir aisladas?

Hoy hablamos de fake news, de construcción de opinión. Y lo que nos preocupa en estos procesos de democracia ambiental inmediata es que se haga una consulta popular cuyo título sea: “¿Usted prefiere el petróleo o agua?”.

Está simplificada la cuestión y no hay un debate profundo...

Exacto. Si a mí me preguntan, yo prefiero agua, porque con el petróleo no consigo agua. Pero son falsos dilemas, dilemas simplistas que generan polarización y destruyen el poder de la ciencia. No hay una consulta ilustrada, un mínimo de espacios de debate. La ciencia no es que sea neutral y pura, pero en una pregunta como esa hay mucho material para discutir, incluso conocimiento indígena y local que puede ser utilizado para que la discusión sea legítima en términos del tipo de decisión que se toma, para no ser colonialistas. Nuestro saber es un conocimiento occidental que tiene características que no necesariamente coinciden con las de comunidades locales o pueblos indígenas.

Hay toda una discusión que requiere calidad, que no se está dando. Lo que pasa es que se cierran los espacios del debate y acaba la confrontación en las calles. Tú hablas con las personas involucradas, y la gente te va a decir tres argumentos genéricos que después no necesariamente están bien sustentados. En general, tanto la propaganda empresarial como la antiempresarial han suplantado el debate maduro que requiere una sociedad para tomar decisiones. Eso es muy grave.

Gran parte de lo que hemos tratado hacer en el Instituto Humboldt es defender ese espacio. Obviamente, no me quiere ninguno de esos dos tipos de actores (risas), porque yo acuso a cierto tipo de ambientalismo de construir ciencia falsa, inventar conocimiento solo para justificar su posición anticorporativa, por su ideología, su tradición o intereses de cualquier tipo; al igual que acuso a ciertas corporaciones o instancias del Estado de fabricar propaganda procorporativa irresponsable. En medio de eso, toda la sociedad debería ser capaz de ver que lo que estamos haciendo es abandonando de las decisiones en manos de los aparatos de propaganda y no de espacios organizados de discusión.

Lo que decías de la naturaleza como espacio de negociación.

- Exacto. La Ipbes (Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos) y otras plataformas están convirtiéndose en esos espacios. Pero requiere de protocolos, hay que ver una serie de hechos, de datos, que requieren una discusión larga, profunda y serena. A eso creo que tenemos que llegar para construir espacios de alta calidad. En muchos países no existen estos espacios. Y a escala global, tampoco.

Cualquier decisión que implique restricciones a la expansión agropecuaria en Argentina, Uruguay o Brasil es inmediatamente vetada en el sistema de Naciones Unidas. Nunca permiten que se acerque la voluntad colectiva global a esos temas. Eso hace muy difícil llegar a mínimos acuerdos, ya que ni siquiera están dispuestos a discutirlos. No hay términos de negociación. Esperemos que el cambio climático nos ayude. Y obligue a sentarse a la mesa a esos agentes que no quieren ceder.

Como dice Greta Thunberg, más que el cambio climático, la crisis climática.

- Ya estamos haciendo ese cambio de vocabulario, totalmente.

También llama la atención la mención reciente del concepto de “justicia climática” por Alexandria Ocasio-Cortez.

- Sí, es una noción que anda circulando hace unos 20 años. Cuando existen grupos sociales que han construido su bienestar a partir de la destrucción de un bien común, pues en cualquier estrado judicial tienes derecho a la reparación. Si los países que no hemos contribuido a la crisis climática pero estamos sufriendo sus efectos no nos paramos y pedimos retribución, ¿dónde está la noción de justicia? Las naciones responsables de esta crisis han evitado a toda costa las negociaciones. Todas son conscientes del hecho, pero dicen: "La hemos causado entre todos". Y no, no es así. Luego está la destrucción de la biodiversidad, la deforestación... ¡Empecemos por ahí! La vida en la tierra está completamente conectada, todos compartimos un pasado de evolución común. Los procesos ecológicos planetarios están conectados de maneras más complejas que la atmósfera.

Por ejemplo, tenemos una biósfera de microorganismos de la cual depende la funcionalidad planetaria en gran medida, la salud del planeta está asociada a hongos y bacterias del suelo, sobre todo. Hay un concepto de seguridad climática, ecológica o biológica planetaria que se está perdiendo. Y pasa por muchas causas. La producción irresponsable de salmón con antibióticos en piscifactorías en Chile, Noruega y Canadá causa unos cambios impresionantes en la biología oceánica, de los ríos y las represas. También la producción masiva de carne de tilapia, de cerdo, o la expansión de la ganadería en Colombia, a costa de las selvas y humedales; o del arroz, que es un problema grandísimo. Los productores dicen: "Estamos generando comida". El petróleo es malo porque contamina, ¡pero el arroz puede ser tan peligroso como el petróleo! Crea cambios ecológicos de mediano y largo plazo, e incluso a muy corto plazo, que pueden ser letales. Agujerean la capacidad de producir bienes ecológicos para el común. ¿Quiénes van a pagar los platos rotos? ¡Todos! Incluidos los hijos de los que producen arroz. Ahí es donde están inmersos los objetivos de desarrollo sostenible.

Debemos encontrar maneras de producir comida sin destruir la salud del planeta. Lo interesante es que tenemos suficiente evidencia de que se puede hacer, de una manera más limpia, con menos énfasis en la ganancia financiera. Existe un factor fundamental: la corrupción. Hacemos eso porque las agendas de los mercados no están reguladas: permiten y premian la ganancia a corto plazo. En eso la política es indispensable, para regular la capacidad de carga, de producción de tilapia, de ganado, de soja. Pero como el que tiene el oro hace las reglas, y esa es la regla, es muy difícil que haya autorregulación o disposición para cambiar los modelos productivos. Esa transición será muy dura. Políticamente no sé cómo se dará. A veces soy optimista; a veces, pesimista. Creo que la sociedad y sus productores serán capaces de tomar consciencia y decir: “Vamos a cambiar las formas de producción y aplazar ganancias para mejorar la seguridad”.

En la sociedad todavía no se está dando esa discusión, que es lo que nos va llevar a una transición. En 20 o 30 años deben salir el petróleo y el carbón. El empleo de los carboneros tiene que ir a otras actividades, la tecnología permitirá nuevas formas de aprovechamiento de recursos sin gases de efecto invernadero. Simplemente la actividad no va a ser lícita, como los plásticos de un solo uso. Nos enfrentaremos en la política, en los próximos años al menos, a decisiones inmediatas. La pregunta es dónde está la investigación, el conocimiento para mejorar la calidad de esas decisiones. Para que cuando se hable con el gremio del azúcar se les pueda dar insumos que generen conciencia, más capacidad de negociación, para evitar la polarización. Si todos llegamos a ese punto de “agua sí, petróleo no”, nos vamos a matar. Nos va a caer la crisis climática en la peor de las circunstancias y nos hará pedazos. Sí necesitamos construir gobernanza, pero una gobernanza ilustrada. Y no necesariamente la ciencia debe ser la única fuente de conocimiento, no con autoritarismo académico, que es lo que algunos reclaman.

Ecología queer

El rico background de Brigitte en materia científica y su activismo por la diversidad encuentran un sendero común en este concepto, en el que convergen cultura y naturaleza. Para ella, es evidente el paralelismo entre innovación y diversidad. “El patrón fundamental que ha regulado la adaptación en la historia del planeta ha sido la innovación. También en la economía: es la fuente fundamental de los cambios en los sistemas productivos. Lo que pasa es que en la sociedad contemporánea la innovación se encuentra capturada por los sistemas de patentes, los inversionistas, las trayectorias sectoriales. Entonces, no necesariamente pensamos en la innovación como un factor de adaptación para el bien común, sino como manera de empoderamiento de sectores particulares. En el ecosistema también hay toda clase de relaciones: sinergias, mutualismos, simbiosis. En general, las relaciones empáticas positivas son las que constituyen los ecosistemas, no las de competencia o depredación. Esa es una narrativa patriarcal, sesgada, colonial, todo ese tipo de cosas que no hemos logrado superar. La idea de que la evolución es producto de la competencia no es cierta. Es producto de la sinergia, de acuerdos, de la solidaridad y de la negociación positiva”, afirma. De acuerdo a ella, lo queer trata de reconocer la complejidad en la cual emerge la innovación y vuelve a reclamar el papel de todas las diversidades y los mecanismos de producción de diversidad. Además, hace un llamado a la necesidad de producir diferencia, por fuera de las estructuras de poder, para que la adaptación realmente sea a favor del bien común y para sustraerla de los espacios de interés particular. ¿Qué es lo queer?: “Puede ser lo raro, lo inapropiado, lo que cuestiona, pero además, apela a algo muy poderoso, que es el placer como fuente fundamental de innovación. En ello radica el poder de la pasión, al que apelaba Humboldt. Él decía que sin eso, la innovación y la adaptación son un proceso mecánico, incomprensible e incompleto. Cuando le añadimos entonces esa referencia a lo queer, que es un producto de nuestra cultura, de nuestra sutileza, se abren miles de posibilidades, que además reconoce que el mundo está construido sobre eso. Lo queer es pasional, es retador, es subversivo. Pero más importante que todas esas cosas: apela a la empatía y a la construcción de relaciones positivas. Lo queer no amenaza a nadie y eso también es importante en una historia de conflictos violentos en la tierra”, expresa Brigitte.

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