Opinión

Beszel y Ul Qoma

Luis Bareiro – @luisbareiro

Imaginen dos ciudades radicalmente distintas habitando al mismo tiempo y en el mismo lugar. Una urbe donde sus habitantes desgranaran sus vidas ignorando la presencia de otros cuya existencia se diera en el mismo plano físico, pero que a fuerza de ejercitar la negación aprendieran a desconocer.

Esta extraña propuesta es la que desarrolla magistralmente el escritor de ciencia ficción China Miéville en su novela La ciudad y la ciudad.

La mayor virtud de este escritor inglés en ascenso es la naturalidad con la que describe la rutina de las dos ciudades, Beszel y Ul Qoma, yuxtapuestas pero separadas por fronteras sicológicas, llevando al lector a aceptar como posible la convivencia de miles de personas que aprendieron a desver a otras miles, negando no solamente la presencia de esa otra gente, sino también la existencia de sus casas, sus calles, sus edificios, su cultura, su idioma y sus costumbres políticas.

Este es el marco casi kafkiano en el que el inspector Borlú deberá resolver el crimen de una joven que involucra a ambas ciudades y devela la posible existencia de una tercera, una metrópolis que vive oculta entre sus hermanas, como un parásito desconocido.

Soy un profundo admirador de la genialidad de los escritores de ficción, capaces de dar verosimilitud a una fantasía.

Venía pensando en ello de camino a mi casa, conduciendo por la zona de Aviadores y Santa Teresa, cuando caí en la cuenta del plagio.

Miéville estuvo por acá.

Si uno cruza la zona levan-tando la vista tiene un panorama inspirador de la ciudad pujante de Ul Qoma.

Edificios modernos, hoteles de lujo, shoppings, pantallas gigantes.

La magia se mantiene con solo desver lo que ocurre más abajo, allí donde subsiste Beszel, la ciudad en decadencia, con sus calles mal parchadas o en ruinas y bordeadas eternamente por aguas negras y nauseabundas.

Una postal de lo imposible hecho realidad.

Es una imagen simbólica del país que venimos construyendo desde hace más de medio siglo.

Dos en uno.

El país de lo público –que es de todos y es de nadie– y el país de lo privado, donde los únicos límites los fija el dinero.

La camioneta del año toma el viaducto de Ul Qoma y baja hasta la avenida de Beszel, el conductor se acomoda los lentes oscuros para desver el entramado caótico de cables beszelíes y se dirige a su restaurante ulqomano favorito. Junta de gerentes y comida tailandesa.

Semáforo torcido beszelí.

Rojo.

Una menta importada ulqomana, arruga el envoltorio, baja la ventanilla y arroja la basura a ese mundo que no es el suyo, que no es de nadie, a ese Beszel que a quién le importa.

En la novela de Miéville esa violación de la frontera entre los mundos se paga.

Existe la brecha, la autoridad que vela porque los mundos no se toquen.

Acá, ni eso.

¿Es posible desaprender ese ninguneo de lo público?

¿Seguiremos creciendo así, dos mundos que cada vez tienen menos relación entre ellos?

No diré cómo termina la ficción.

Solo espero que eso no sea también un plagio.

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