Correo Semanal

Banco San Miguel

 Reynaldo Arzamendia, recobrando en la memoria el tiempo de su infancia, canta a un pequeño pedazo de suelo asunceno habitado por pájaros.

Mario Rubén Álvarez

Un territorio de pájaros nacionales e internacionales. Un espacio de cara al sol que mira sin sorpresa cómo, de un momento a otro, el cielo se vuelve espesa nube negra y se precipita en forma de lluvia. Un rincón de pescadores alertas que conocen casi todos los secretos del río donde habitan sus presas. Un pedazo de suelo que desde Asunción mira a Asunción desde una perspectiva diferente. Un lugar de gente que trabaja y sueña.

Ese es el Banco San Miguel. Siendo parte de la capital da la impresión de que es un desprendimiento de ella. Sin embargo, está en sus mismos aires, dentro de su jurisdicción, al norte, lindando con los barrios Tablada Nueva y San Juan, así como con la bahía en la que alguna vez anclara Juan de Salazar de Espinosa en tierras de los guaraníes Kari’o.

De todas sus características, la que más resalta es su condición de hábitat de pájaros. De múltiples colores, tamaños, hábitos alimenticios y nacionalidades. Sí. Nacionalidades… porque a mediados de la primavera empiezan a llegar pájaros de América del Norte que huyen de la nieve buscando albergues cálidos en el sur.

ECOSISTEMA

Cansados de aletear y aletear en un vuelo guiado por la sabiduría del instinto, de repente, encuentran en el Banco San Miguel un ecosistema donde pueden reposar sus alas y encontrar alimentos. Allí es cuando un flamenco se encuentra con un havía korochire, un mbigua dialoga con una señorial garza blanca.

Pues bien, a esa ribera asuncena de características tan peculiares le cantó el músico, compositor y poeta Reynaldo Arzamendia. Él había nacido en la Chacarita el 23 de julio de 1956. De niño, con sus amigos, recorría no solamente cada rincón de su barrio sino que se adentraba en el reino encantado del Banco San Miguel.

“Era un paseo maravilloso el que hacíamos en grupo a pie cuando éramos mitã’i, mitã’i guasu. En tiempos de sequía recorríamos el Banco con honditas en los dedos. Nos bañábamos. Encontrábamos en el suelo resquebrajados peces muertos. O sus huesos. Mirábamos la bahía. Veíamos lanchas y canoas que cruzaban el río. Asunción se veía muy distinta desde ese lugar. Había una impresionante cantidad de pájaros. Eso nos llamaba la atención. Cantaban por todos lados. La gente se iba allí a pasar el día. Llevaba sus hamacas. Ya de grandes, llevábamos guitarras y cantábamos”, rememora Reynaldo.

Aquel pequeño no solo paseaba con sus amigos sino que también trabajaba en el centro de Asunción para contribuir a la manutención familiar. Lustraba zapatos, vendía diarios. Y se quedaba por horas en el Teatro Municipal donde ensayaba la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción (OSCA).

“Ya me gustaba la música porque mis tíos tenían muchos amigos músicos y cuando venían a su casa, iba a escucharlos. Aprendí a tocar la guitarra y a cantar más o menos. Mi maestro fue Juan Rodas. Le escuchaba al dúo Rivero-Echagüe. Echagüe era de la Chacarita. Cuando ya estuve mejor como músico, me incorporé al grupo de Alejandro Cubilla. Después estuve en el elenco artístico de la Misión de Amistad con Rudi Torga. Continué mi formación con ellos. Estuve con Los Carlos. Hoy formo parte del Conjunto Folclórico de la Municipalidad de Asunción como cantante y guitarrista. Y tengo mi Orquesta Típica Reminiscencia”, cuenta.

Al hablar de su polca Banco San Miguel explica que su intención fue recordar lo que había vivido en su infancia en ese lugar donde fue feliz en su infancia.

“La compuse en el 2012 cuando andaba organizando mis obras para grabarlas con el apoyo del Fondo Nacional de la Cultura y las Artes (Fondec). Le llevé a Rolando Rodas, que tiene un estudio de grabación y es un gran músico. Me hizo arreglos que me encantaron. Eso me entusiasmó y me dediqué por entero a sacar mi disco con 14 composiciones de mi autoría”, termina de narrar Reynaldo Arzamendia.

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