Correo Semanal

Baintrub: Paz o ser Paria del Universo

El publicista argentino Martín Baintrub publicó una exitosa novela sobre un hombre que huye a Paraguay de la presión las deudas: Descansar en paz.

Blas Brítez

El taciturno Nathaniel Hawthorne contó que una historia leída en el periódico le inspiró Wakefield, publicado en Cuentos contados dos veces (1837). En él, muy famosamente, un hombre sale de viaje por unos días y, sobre la marcha, decide abandonar a su mujer. No regresará a casa durante las siguientes dos décadas. Pero además hace otra cosa, acaso uno de esos actos extraños que convirtieron a su creador en un escritor sensible a las extravagancias individuales que el mundo moderno iría gestando (y que tanta literatura engendraría en el siglo siguiente): alquila una casa cerca de la suya y se dedica a mirar cómo funciona el mundo sin él.

En 1960, John Updike (quien no nació en Massachusetts como Hawthorne, pero sí murió allí) actualizó la leyenda del hombre que huye intempestivamente. En Corre, Conejo —primera novela de una tetralogía— el personaje tiene ya un pasado, arrastra fracasos y expectativas no llenadas (que muchas veces son lo mismo), y su mujer no hace más que ver televisión con ojos fijamente depresivos. Abandonar todo y huir forma parte de una tradición literaria. Su origen norteamericano y decimonónico parece sugerir un tipo de personaje que habita ciudades multitudinarias en las que ser anónimo es posible. La tentación de la huida forma parte también de la historia de nuestras individualidades. Abandonar todo y otear desde lejos nuestra ausencia —la presencia atroz e irreconocible de nuestro pasado— también.

Martín Baintrub (1960) nació y vive en una gran ciudad: Buenos Aires. Es publicista desde hace tres décadas. Se ha especializado en comunicación política y parecer enorgullecerlo haber asesorado al histórico Raúl Alfonsín. Hasta noviembre del año pasado no había publicado ningún libro. Escribía pequeñas columnas en Facebook, historias cotidianas. Pero desde que vio cómo se derrumbaban, una tras otra, las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, en 2001, una idea más grande le rondaba la cabeza: una novela.

“Al principio pensaba en un hombre que fingiera su muerte en el atentado a las Torres Gemelas y huyera a México, qué sé yo”, cuenta Baintrub a este cronista. Está en Asunción, sonriente cuando habla de los primeros ensayos de una obra que agotó en pocos días su edición príncipe: Descansar en paz (Aurelia Rivera Libros).

“Pero después me pareció que el atentado a la AMIA era un evento más cercano. Aunque tuve un poco de pudor, porque el tema es delicado hasta ahora, por las víctimas. No sabía cómo podían tomar la idea de que alguien fingiera su muerte en un atentado”, explica.

Siete años antes que los aviones mortíferos de la Gran Manzana, una camioneta Trafic con explosivos hizo añicos el edificio de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), en Buenos Aires. El hecho conmovió profundamente a la comunidad no solo judía. Lo sigue haciendo hasta hoy, pues nunca fueron hallados los culpables y aquel evento atroz todavía planea sobre la política argentina hasta hoy.

Cuando Baintrub diseñó la historia definitiva (mediano empresario que huye de las deudas y de las amenazas de los usureros en la ultraliberalizada Argentina menemista, abandonando mujer e hijos) se dio cuenta que el lugar ideal para la huida no podía ser otro que Paraguay. “Nadie te va a preguntar nada, en Paraguay nadie pregunta nada y si tenés billete podés hacer lo que quieras”, le dice al fugitivo “botero” de Clorinda.

El autor tiene colegas y amigos que conocen el país, una trabajadora doméstica y un remisero paraguayos que le han brindado detalles. Pero él nunca antes estuvo en Asunción. Su sangre sí: es tataranieto del naturalista Teodoro Rojas (1877-1954), tótem científico durante años del Jardín Botánico de Asunción.

—¿Cómo se siente conocer una ciudad sobre la que se escribió, solo el día que se presenta el libro?

—No sé por qué nunca vine a Asunción, pero conozco su gente. Conozco Corrientes, viajé mucho por la Argentina por mi trabajo, y hay ciertos parecidos. No sé por qué nunca vine. Consulté cosas relativas al país con personas que viven en Buenos Aires y conocen bien Asunción y su gente. Por otro lado, la película 7 cajas también me ayudó. Tampoco describo en detalle.

De hecho, hay una parte de la novela de casi 200 páginas que se desarrolla en el Mercado 4, el lugar en el que se desarrolla el filme paraguaya. Escribe: “El ambiente estaba impregnado del perfume de las hierbas de todo tipo que se ofrecían por doquier y que una parte importante de los paraguayos usaba para preparar infusiones medicinales”.

Una imagen creíble de lo superficialmente paraguayo está: el calor, el contrabando, el rezo de las novenas por el difunto, documentos falsos, mujeres hermosas (“Haciendo honor a la fama de las paraguayas, también era muy buena amante”), el fútbol, la música (en el libro, como en la presentación que se hizo de él aquí, suena “Recuerdos de Ypacaraí”). “Me gusta mucho esa canción”, asegura Baintrub.

Le pregunto qué escritores prefiere y han influido sobre él y cita tres: Philip Roth, Raymond Carver y, con reservas dice, Michel Houellebecq. Hay algo de Carver en la prosa de Baintrub: ese laconismo y esa callada piedad por los personajes. Por un momento parece que citará también a Paul Auster: lector y admirador tenaz de Hawthorne, en La noche del oráculo (2005) no es un atentado el que empuja la huida repentina del personaje de la novela (que escribe el novelista que es protagonista del libro), sino una gárgola desprendida desde lo alto de un edificio neoyorquino que cae a centímetros de él, cerca de la tragedia. El mundo está hecho de azar y ese azar a veces nos favorece, nos da una oportunidad de vivir aunque más no sea por el precio del olvido y de la identidad nueva. Por eso, tanto el personaje de Auster como el de Baintrub cambian de rumbo cuando el azar entra en sus vidas. Es una pulsión y un destino, tal vez, epocales.

“En el desorden aparente de nuestro misterioso mundo, cada hombre está ajustado a un sistema con tan exquisito rigor —y los sistemas entre sí, y todos a todo— que el individuo que se desvía un solo momento, corre el terrible albur de perder para siempre su lugar. Corre el albur de ser, como Wakefield, el Paria del Universo”.

Este es el último párrafo del cuento de Hawthorne. En él, puede que haya prefigurado a Sergio, el antihéroe de Baintrub, y al hombre de hoy. Despertar en paz vale la pena para saber si Sergio la ha conseguido o si es otro paria más.

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