Revista Vida

Aventura a gran escala

Pensar en Rusia, es traer a la mente un destino tan grande como lejano. En pleno Mundial 2018, este lugar único y exótico se erige como uno de los destinos turísticos más atrapantes. Visitar el país más extenso del mundo es una auténtica aventura, digna de vivirla al menos una vez en la vida.

Por: Fátima Schulz Vallejos / fatima-schulz@ajvierci.com.py

El vuelo con Aegean Airlines fue tranquilo. Apenas aterrizar en Rusia, y a pesar de llegar en primavera, el clima nos recibe con neblina y fresco característicos de un país acostumbrado a los extremos. Quizás sea por su clima continental, que trae el frío más insoportable y el calor más sofocante.

Son las tres de la madrugada en Moscú.El clima y la hora de llegada, sin dudas, pasan a ser parte de la aventura que nos esperarían los próximos días en ese país en el cual, absolutamente todo, parece estar hecho a gran escala.

La capital gigante

Antes que nada, es importante mencionar que Moscú es una ciudad llena de contrastes. Aquella donde lo antiguo y lo moderno se conjugan para dar lugar a un sitio de arquitecturas emblemáticas, de zares y reinas, de dictadores y príncipes. De todo eso está hecha la capital más grande del mundo.

Cuando se llega a Moscú, la primera impresión es la de una megaciudad. Sus inmensos e impresionantes edificios demuestran la gloria rusa de antaño. La ciudad no sabe de medias tintas, allí todo está hecho a lo grande. Por su superficie, es inmensa, y por sus monumentos portentosos, me atrevería a decir que es una de las ciudades más lindas del mundo.

En medio de tantos gigantes de cemento, se encuentran las maravillas arquitectónicas de una urbe que nunca duerme.

Moscú no es solo la capital más grande del planeta, también es el corazón de dos continentes, la gran puerta de acceso a todas las Rusias que se extienden por su amplio territorio.

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MUSEO HERMITAGE. Es la atracción y la puerta de entrada a los secretos de San Petersburgo. Tiene un patrimonio de casi tres millones de piezas que incluyen valiosas colecciones de pintura, esculturas, hallazgos arqueológicos y numismática, lo que lo convierte en el segundo museo más grande de colecciones de arte y cultura antigua del mundo -solo por detrás del Louvre-. Según se dice, si se contempla cada obra durante un minuto, se tardarían 5 años en verlas por completo. El museo tiene 400 salas y un recorrido completo que significa una caminata de 24 kilómetros.

El corazón de la capital rusa late en la Plaza Roja, o Krásnaya Plóshchad, que en ruso significa “la plaza bella”, ubicada frente al río Moscova. Delante de ella, el complejo arquitectónico del Kremlin es para deslumbrar hasta al viajero más intrépido. Allí se puede ver cómo sus paredes se sostienen ante una muralla imbatible, y las cúpulas se hacen visibles desde distancias importantes. Esta plaza fue escenario de la historia moscovita y allí se encuentra el mausoleo del mismísimo Lenin.

Justo frente a este sitio, tienen lugar los suntuosos almacenes GUM, el mayor y más lujoso centro comercial de Rusia. En sus pasillos de cristal abovedados se pueden encontrar tiendas de las marcas más exclusivas y costosas que se pueda uno imaginar.

En esta urbe, además, hay más de 400 museos y un gran número de iglesias como la catedral de San Basilio, conocida por sus nueve cúpulas de colores; o la Catedral de Cristo Salvador, erigida en memoria de los caídos en la guerra de 1812.

Las amplias y principales calles de Moscú dan lugar a un maravilloso centro con rascacielos de gran impacto visual. Caminando por sus cuadras, voy aprendiendo algo: Moscú hay que tomársela con cuidado. No porque sea una ciudad peligrosa, sino por ser inmensa.

Con más de doce millones de habitantes, un casco antiguo que tiene alrededor de 1000km2 y por el que transitan aproximadamente cinco millones de vehículos, no es de extrañar que el metro sea el medio de transporte más utilizado, alrededor de nueve millones de personas lo utilizan a diario, siendo el más transitado del mundo y parte importante del atractivo cultural y turístico de la ciudad. Cuando te canses de ver imponentes monumentos al aire libre, bajar a este lugar puede ser una buena opción. Además de ser el medio de transporte más rápido y económico, también es digno de un paseo en el museo. Casi todas las estaciones del metro moscovita son una obra de arte bajo tierra, muy parecidas a palacios subterráneos. Una actividad verdaderamente imperdible.

SAN PETERSBURGO

Catedral de San Isaac: De estilo neoclásico. Si bien en la actualidad está categorizada como museo, es uno de los edificios religiosos más importantes de San Petersburgo, la iglesia más grande de la ciudad, la segunda de Rusia y la cuarta en el mundo. Tardó 50 años en ser construida y, entre otras cosas, tiene 3 toneladas de oro de revestimiento interior. Se eleva de forma majestuosa por encima de las mansiones y los palacios de estilo italiano que rodean el Almirantazgo. Vale la pena subir los 262 escalones para contemplar la maravillosa vista panorámica que da al río, el Palacio de Invierno y El Jinete de Bronce.

Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada: Curioso nombre para la iglesia ortodoxa más importante de toda Rusia. Se la conoce así porque fue erigida en el mismo sitio donde fue asesinado el zar Alejandro II en 1881, víctima de un atentado, aunque su verdadero nombre es Iglesia de la Resurrección de Jesucristo. Pese a esta historia tan trágica, sus deslumbrantes cúpulas multicolores y sus llamativos mosaicos interiores, hacen que este edificio llame tanto la atención porque parece dibujado y coloreado para un cuento infantil.

Avenida Nevski: De una belleza apabullante, la ciudad rodeada por más de 40 canales es atravesada por la variopinta avenida Nevski. La arteria principal de la ciudad tiene casi 5 kilómetros de avenida y merece una visita por sus tiendas lujosas, coquetos cafés, pero también palacios barrocos y lugares históricos.

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Y hablando de visitas obligadas, ¿hay algo más ruso que un ballet en el famosísimo teatro Bolshói? Es uno de los símbolos de este país y famoso en todo el mundo. Su fama mueve multitudes y los artistas sueñan pisar su escenario. Puede que hayas ido y visto muchos teatros, pero seguro que ninguno como este. Sólo con mencionar su nombre, ya es posible imaginarse un gran ballet en movimiento.

En resumidas palabras, Moscú puede ser una ciudad olvidada para el mundo occidental, pero para quienes tuvimos la suerte de cruzar alguno de los puentes sobre el Moscova mirando el amanecer a las 5.00 de la mañana, Moscú es una ciudad capaz de meterse entre las clavículas.

Pequeña gran joya

San Petersburgo, Petrogrado, Leningrado. Todas son una. La misma ciudad cambiando de nombre en el tiempo según quién haya llevado la batuta del país.

Fue fundada por Pedro el Grande en 1703 con la idea de convertirla en la “ventana de Rusia hacia el mundo occidental”. Se convirtió en la capital del Imperio ruso durante más de 200 años y cuando estalló la revolución rusa de 1917, la ciudad fue el centro de la rebelión. Así que en ese marco, recorrer las calles de San Petersburgo, uno de los escenarios clave en aquel levantamiento histórico, resulta más que especial. Con poco más de 300 años de historia, uno de los mayores tesoros de la ciudad quizás sea el cúmulo de retratos que han dejado de ella grandes escritores rusos.

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“La ciudad inventada, la más fantástica y premeditada del mundo”, decía Fiódor Dostoievski, uno de los principales escritores de la Rusia zarista. Y a juzgar por la maravillosa ciudad portuaria, me gusta creer que esa frase nunca fue ni será mejor aplicada a ningún otro lugar del mundo.

Sus habitantes la conocen como Piter y hasta quienes la visitan por primera vez rápidamente le toman la confianza y abrevian su nombre para manejarse con soltura por esta ciudad tan maravillosa como exótica.

Y es que San Petersburgo es un sitio ideal para caminar. Los canales flanqueados por palacios barrocos y neoclásicos, mansiones de estilo italiano, avenidas inmensas, teatros de primera, parques, templos y catedrales de colores, y museos impresionantes, recrean una atmósfera de reliquia antigua, combinada con la justa dosis de modernidad. Todos estos monumentos imponentes creados por los zares, hoy lucen como nuevos, totalmente reconstruidos, con el magnetismo que los caracteriza, vestigios de una época de riqueza y poder.

MOSCÚ

La Plaza Roja: Posee alrededor de 698 metros de longitud y 130 metros de ancho. Es considerada el centro de la ciudad y de toda Rusia. De allí parten las principales calles de la capital. Alberga dos mundos enfrentados: por un lado, el mausoleo de Lenin; por el otro, los lujosos almacenes GUM.

El Kremlin: Todo un símbolo de Rusia y sinónimo de Casa de Gobierno rusa. El complejo incluye cuatro palacios y cuatro catedrales, rodeados por la muralla, en la cual se encuentran las torres del Kremlin. En el trayecto hasta la oficina de Gobierno, sus construcciones son una obra maestra. Es caótico y está lleno de puestos en los que se puede comprar —a precios más altos que afuera, claro está— souvenirs de todo tipo, especialmente imágenes de Vladimir Putin y las muñecas rusas (matrioshkas).

Catedral de San Basilio: Es tan maravillosa y colorida como se la imagina. Como si un artesano hubiera creado una gran obra de chocolate y Walt Disney hubiera desplegado toda su paleta de colores para decorarla. No en vano es uno de los mayores íconos de Moscú. Sin dudas, genera una impresión que perdura toda la vida.

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Mitad terrestre, mitad acuática. Como Venecia y Ámsterdam, San Petersburgo es una de esas ciudades construidas sobre canales que la dotan de un encanto muy particular. Un verdadero museo de puentes, donde por supuesto que el agua es un elemento primordial. No solo deslumbra por sus más de 300 puentes y 40 canales, además de sus grandes fortalezas como la de San Pedro y San Pablo, construida antes que la propia ciudad, sino también por imponentes iglesias como la de San Isaac o la de la Sangre Derramada y el Hermitage, que revelan las postales más nítidas de sus rincones.

No es extraño que una de las propuestas más atractivas de la ciudad sea recorrer los canales a bordo de lanchas colectivo por el río Neva, o salidas nocturnas en cruceros más sofisticados para ver el preciso momento en que los puentes se elevan.

Pero antes de abordar, debería ser obligatorio entregarse a las bondades de la gastronomía local. Un borsch caliente -una sopa de verduras con mucha remolacha- es el plato ideal para combatir el clima fresco tan característico de la ciudad.

En San Petersbugo todo parece brillar. Brillan las cúpulas, las puertas, el agua de los canales con los rayos de sol y hasta las sonrisas de los transeúntes. El esplendor de la ciudad, catapultada a la fama por los zares y sus opulencias, está siempre latente apoyado en su monumental arquitectura para contar su historia.

Dueña de una belleza apabullante, la ciudad ofrece al viajero una especie de museo al aire libre y un paseo memorable.

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En Rusia, poco o nadie habla inglés, mucho menos español y desde luego que yo no hablo nada de ruso. Por eso para mí, llegar a este país fue una experiencia tan intensa que me hizo transpirar aun con temperaturas tan bajas, pese a estar en plena primavera europea.

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