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Aumentar nuestra fe

 

Hoy meditamos el Evangelio según San Mateo 9, 27-31.

En aquel día, los sordos oirán las palabras del libro, y desde las tinieblas y desde la oscuridad verán los ojos del ciego. Y los mansos se alegrarán más y más en el Señor, y los pobres se regocijarán en el Santo de Israel.

La fe es el tesoro más grande que tenemos y, por eso, hemos de poner todos los medios para conservarla y acrecentarla.

Una consecuencia de la fe firme es el optimismo y la seguridad de que las cosas saldrán adelante. El poder de Dios está con nosotros y disipa todo posible temor.

El que nos ha dado una vocación de santidad y una misión divina, nos dará también la gracia para cumplirla.

Con la liturgia de la Iglesia rezamos: Dios y Señor nuestro, que en el parto de la Virgen has querido revelar al mundo entero el esplendor de tu gloria: Asístenos con tu gracia, para que proclamemos con fe íntegra y celebremos con piedad sincera el misterio admirable de la encarnación de tu Hijo.

El papa Francisco a propósito del evangelio de hoy dijo: “Cuando nosotros rezamos, pensamos a veces: ‘Pero, sí, yo digo esta necesidad, se lo digo al Señor una, dos, tres veces, pero no con mucha fuerza. Después me canso de pedirlo y me olvido de pedirlo’.

Estos gritaban y no se cansaban de gritar. Jesús nos dice: ‘Pedid’, pero también nos dice: ‘Llamad a la puerta’ y quien llama a la puerta, perturba, molesta.

Insistir hasta los límites de molestar, pero también con una certeza inquebrantable. Los ciegos del evangelio son ejemplo: Se sienten seguros al pedir salud al Señor.

Y la oración tiene estas dos actitudes: Es de necesidad y es segura. Oración de necesidad siempre: La oración, cuando pedimos algo, es de necesidad: Tengo esta necesidad, escúchame, Señor.

Pero también, cuando es verdadera, es segura: ¡Escúchame! Creo que tú puedes hacerlo, porque tú lo has prometido”.

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