Editorial

Aspiración de competitividad exige mejorar la educación

Un reciente informe lanzado públicamente en Davos con el Índice de Competitividad de Talento Global 2018 ubica a Paraguay nuevamente en los últimos lugares de los ránkings mundiales cuando se trata de educación. Semanas atrás, el Ministerio de Educación daba a conocer los resultados preliminares de la evaluación Snepe, en la que con datos nacionales se cuantifica lo que ya sabíamos: la deplorable calidad de la educación en nuestro país. A pesar de que somos conscientes del rol de la educación para el desarrollo y de la mala situación en la que nos encontramos, no estamos discutiendo los cambios que son necesarios. Esta situación se hace más evidente en momentos electorales como el actual, en que ningún candidato plantea temas estructurales en este aspecto.

Durante la última década Paraguay ha avanzado en muchos ámbitos que hacen al bienestar de la población y que contribuyen a crear una senda más favorable al desarrollo. La pobreza se ha venido reduciendo, las coberturas de salud, educación y seguridad social se han ampliado, el acceso al agua en red se expandió y la calidad de la vivienda mejoró.

Estas mejoras, no obstante, han sido muy lentas por lo que no solo no hemos podido acercarnos a los promedios latinoamericanos, sino que en algunos indicadores hemos ampliado la brecha ya que la mayoría de los países ha mejorado más rápido que el nuestro. Las estadísticas e indicadores disponibles nos señalan que donde no hemos avanzado ha sido en la calidad. Y esto es importante cuando se hace referencia a la educación. Tanto las evaluaciones nacionales como los índices internacionales nos alertan sobre la dimensión del problema.

Una educación de calidad permite a las personas ampliar sus opciones laborales, mejorar sus ingresos, contar con seguridad social, migrar con mayor seguridad, tener mayor autonomía física y política, entre otras ventajas.

Para las empresas, tener trabajadores capacitados mejora el clima laboral, aumenta la productividad; mientras que el país tiene la oportunidad de mejorar su competitividad internacional, captar mejores inversiones y exportar productos de mayor valor agregado. Con una mejor educación ganamos todos. A pesar de su relevancia, la calidad educativa no está en el discurso ni en la agenda pública. No hay una propuesta que pueda ser discutida por la ciudadanía que contenga objetivos y metas a corto, mediano y largo plazo y, sobre todo, resultados consensuados que ayuden a asignar los recursos necesarios en el marco de un pacto social y fiscal.

Cada año aumenta la inversión en educación, pero en contextos de conflictos o con objetivos puntuales, sin considerar de qué manera contribuirán esos recursos a la calidad y cómo se integrarán las diversas intervenciones y recursos para aumentar los logros del aprendizaje. Un caso emblemático es el de la Universidad Nacional, en la que luego de fuertes conflictos no se vislumbran cambios estructurales.

El Índice de Competitividad de Talento Global 2018 le pone cifras a la situación de los recursos humanos en la empresa y su relación con la competitividad. Paraguay se ubica en el lugar 99 de 119 países. Bolivia y Venezuela son los países de la región que se encuentran por debajo.

Entre los mayores problemas que presenta Paraguay se encuentran los relacionados con la baja cobertura y mala calidad de la política educativa en todos sus niveles y dimensiones. Este Índice deja claro que si bien la responsabilidad principal es del sector público, somos todos responsables de mejorar la educación del país desde el lugar que nos toca. La ciudadanía presionando por los cambios y pagando sus impuestos, el sector empresarial valorando el talento y tomando las decisiones necesarias para retener y mejorar el activo más importante que son las personas, y los políticos garantizando una política educativa que ponga en primer lugar a las personas y al bien común por encima de los intereses partidarios y clientelistas.

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