Opinión

Acostumbrados al mal

Gustavo A. Olmedo B.

Por Gustavo Olmedo

La situación y el aumento de niños drogados, la mayoría de ellos indígenas, deambulando por las calles del centro de Asunción, expuesto recientemente en una serie publicada por este diario, es el reflejo de un Estado ausente y también de una sociedad que está enferma y no lo percibe.

Nos encontramos ante una situación compleja, en la que intervienen problemas de fondo y de larga data, como el de la tierra, su gestión y ocupación; la capacidad de autosustento de los nativos, el avance sin control de los cultivos de soja, el acelerado e impune aumento del microtráfico, la falta de inversión en albergues y centros de rehabilitación, etcétera.

En el caso de un Estado ausente, se observa a los organismos responsables o de referencia, inactivos y hasta indiferentes ante la gravedad de los hechos, o, en el mejor de los casos, sobrepasados en su capacidad. La Secretaría de la Niñez y la Adolescencia (SNNA), Instituto Paraguayo del Indígena (Indi) y hasta las Codenis (Consejerías Municipales por los Derechos del Niño, la Niña y el Adolescente), más allá del abordaje básico (establecer una relación con el afectado), parecen incapaces de acciones concretas y de ejercer la presión necesaria para que, por ejemplo, jueces del menor o defensores de la niñez y la adolescencia intervengan en tantos casos –como es su obligación–, posibilitando el rescate de los menores, muchos de ellos en situación de extrema desnutrición y riesgo de vida, además de víctimas de abusos de todo tipo. Como comentaba un funcionario que trabaja con niños en situación de vulnerabilidad, la mayoría de estos abogados y jueces, "brillan por su ausencia" y prefieren gestionar papeleos en una oficina con aire acondicionado.

Por otro lado, está la Policía Nacional, que no ataca de raíz el microtráfico en el microcentro, los Bañados y barrios del Gran Asunción. En el centro de la capital es sencillo saber quiénes proveen a estos niños y adolescentes. Suponiendo que no lo saben, una investigación básica será suficiente; hablamos de unas cuantas manzanas, unos pocos puntos de distribución y contados sectores de accesos y salidas, ¿solo es cuestión de interés y decisión? ¿Por qué no lo hacen? Es fácil suponer la respuesta.

Pero aquí también estamos ante una sociedad que va enfermándose cada vez más con el virus de la indiferencia y el acostumbramiento. Nos acostumbramos a los males; a los baches, las veredas destruidas y con basura, a los políticos que violan las leyes y recortan presupuestos sociales –pero nunca sus ingresos–, a fin de otorgar beneficios a funcionarios públicos en época electoral. Nos acostumbramos a presidentes de la República que firman decretos ilegales para fines propios, y a los indígenas que son expulsados, que pasan meses en las plazas céntricas o deambulan por falta de tierras. Y también nos acostumbramos a estos niños, que van matándose lentamente frente a todos, en veredas y esquinas. El problema es más grave y profundo de lo que parece, y nadie –o pocos– toman nota del asunto. Estamos ante miles de niños y jóvenes que terminan como zombies con las neuronas quemadas, y sus cuerpos y espíritu destruidos.

No es fácil superar el acostumbramiento, pero es un paso que urge si queremos luchar por un Paraguay justo y con posibilidades de mirar hacia adelante. Y aquí hay que volverlo a recalcar: la familia, saludable y estable, sigue siendo quizás uno de los laboratorios más adecuados para desarrollar ese antídoto contra la indiferencia que tanto necesitamos hoy.

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