Casi tres años atrás, cuando se cumplían 75 años del inicio de la Guerra del Chaco, escribí respecto de la necesidad de una reparación histórica para un grupo de militares que llevaron sobre sus hombros parte importante de la épica tarea de defender a la Nación en un conflicto bélico. Nada se hizo al respecto.
Lejos de alentar un debate respecto de carreras armamentistas ni de justificar combates donde el hombre mata al hombre, creo que es absolutamente necesario un homenaje póstumo a algunos de los principales jefes que durante tres años condujeron al pueblo en armas, de batalla en batalla, hasta la victoria de 1935.
Maledicencias y miserias humanas, propias hasta de grandes hombres, hicieron que algunos artífices de esa exitosa campaña regresen del Chaco sin el premio del ascenso al grado de general, sinónimo por antonomasia de carrera militar exitosa.
Del Chaco sólo volvió general el glorioso conductor, José Félix Estigarribia, quien en setiembre de 1932 era teniente coronel. Tres años después llegaba a general de Ejército (rango creado para él), tras sucesivas promociones a coronel, general de Brigada y general de División.
Sin embargo, el jefe del Estado Mayor Conjunto del Ejército en Campaña y los comandantes de cuerpo de Ejército apenas si lograron, en esos tres años, la promoción de teniente coronel a coronel. Y ello cuando en muchísimos casos fueron los artífices directos de triunfos brillantes de las armas paraguayas.
Como decían historiadores de renombre, la batalla de Toledo es sinónimo de Juan B. Ayala; y la de Nanawa, de Luis Irrazábal y Francisco Brizuela (“mi comando Irra, hendive Brizuela”, cantó Emiliano). Decir Gondra es decir Rafael Franco; citar Picuiba es recordar a Atilio J. Benítez; hablar de Yrendagué es honrar a Eugenio A. Garay; cantar a Ingavi es nombrar a Cazal; o emocionarse con el gigantesco “corralito” de El Carmen es saludar a Carlos J. Fernández. Negar esto es como no asociar la campaña del Chaco toda con Estigarribia.
Pero es precisamente esa negación la que hombres de la posguerra hicieron a varios de estos coroneles del Chaco que murieron sin haber llegado al generalato.
Desde la contienda chaqueña a esta parte, el ejército paraguayo se pobló de generales de todo pelaje. Pero aquellos hombres que, 75 años atrás, cuando la Patria precisó de jefes militares al frente de sus tropas, comandaron cuerpos de ejército, murieron sin la gloria de ser generales del Ejército paraguayo.
Aún hay tiempo para que este 12 de junio, cuando se celebre el 75º aniversario del fin de la guerra chaqueña, estos coroneles del Chaco reciban el ascenso póstumo.
El ministro de Defensa, el comandante de las Fuerzas Militares o el propio comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas deben tomar la iniciativa y solicitar al Congreso este postergado homenaje. O, si nadie del Ejecutivo es capaz de hacerlo, algún congresista debería tomar esta misión.
Hombre de la talla guerrera de Gaudioso Núñez, Carlos J. Fernández (comandantes del I Cuerpo de Ejército), Alfredo Mena, Rafael Franco (comandantes del II Cuerpo de Ejército), Luis Irrazábal, Francisco Brizuela (comandantes del III Cuerpo de Ejército) y Juan Manuel Garay (jefe del Estado Mayor Conjunto) se lo merecen.