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100 días, marcados por lucha contra el narcotráfico y la dispersión del poder

Mario Abdo Benítez cumplió 100 días como presidente del Paraguay, y aunque no sea un plazo oficial establecido para evaluación alguna porque es imposible medir en tan poco tiempo, sin embargo, este periodo sirve para observar los primeros pasos de un nuevo gobierno y las señales que emite para vis-lumbrar hacia dónde va dirigida la gestión.

Luego de dos periodos marcados por outsiders (Lugo y Cartes), está en Palacio de Gobierno un representante político de pura cepa. Es el retorno de la política y toda la carga que ello significa.

A diferencia de sus antecesores, Marito no generó altas expectativas y su discurso del retorno de la dirigencia de base a la administración del Estado generó algarabía colorada, pero temor ciudadano. El regreso de la vieja política sin disimulo es una de las razones de la escasa esperanza hacia él. No obstante, hay que señalar que la corrupción, la prebenda y la clientela como estilo de gobierno jamás se fueron, como está demostrado con los escándalos de corrupción de la era anterior, que empiezan a aflorar lentamente.

Mario Abdo no tuvo el plazo de gracia que tuvieron los otros presidentes. En la espera para asumir el cargo (de mayo a agosto), sucedieron acontecimientos que provocaron un tembladeral político como la renuncia obligada de su diputado José María Ibánez o el polémico acuerdo Cartes/Macri de Yacyretá que decidió respaldar a pesar de las críticas.

FRENTES INTERNOS. Con una crisis interna partidaria no resuelta, Mario Abdo inició su gobierno. Lo primero que hizo fue desmarcarse de Horacio Cartes frustrando su jura como senador activo, con el objetivo de arrinconarlo políticamente. A pesar del alto riesgo, decidió cortar el pretendido poder bicéfalo que ansiaba el ex presidente. Mientras, fue uniendo piezas para consolidarse internamente. Para ello, hizo nombramientos de cuestionados dirigentes al frente de entes del Estado. Y asumió el costo político, defendiendo lo indefendible.

Con la decisión de anular al cartismo, Abdo Benítez se ganó un adversario de peso que no juega con las reglas clásicas de la política. El ex presidente sabe que su poder reside en su billetera, que así como le fue útil para ser presidente y tener gobernabilidad, lo será también en la llanura. Sabe, más que nadie, que el Estado no puede aupar a todos y que los huérfanos necesitan dónde cobijarse. La dirigencia colorada es profundamente corrupta y clientelar y si el Estado no le da fondos, buscará bolsillos que sacien su voracidad. Así lo hizo saber en su primera aparición pública en San Pedro hace días: “Esta persona sin estar en la presidencia va a estar mucho más firme que antes al lado de cada candidato de la intendencia”, hizo un llamado con clara muestra de apoyo a quien se acerque a Honor Colorado. Aparte de su dinero, tiene un conglomerado de medios con capacidad para disparar todos los días contra el Gobierno y demás adversarios.

Pero el problema de Marito no es solamente Cartes. El movimiento Añetete que lo llevó al poder es un archipiélago de liderazgos que no solo tienen su propio peso, sino agenda propia. Unir voluntades fue su gran logro, pero en la gestión puede ser un gran problema si no hay una hoja de ruta clara de hacia dónde ir. La sensación que existe es que en el oficialismo hay grietas no porque existan diferencias en la visión de Estado, sino por la repartición de la torta del Estado. Por ello hubo crispación en el Ministerio de Educación en la disputa Petta versus Blanca Ovelar. O el reposicionamiento rápido del senador Enrique Bacchetta como el nuevo factótum del Poder Judicial como una jugada personal más que grupal.

La pelea por la presidencia de la Junta de Gobierno (2020) también divide tempranamente aguas en Añetete. Se anotan para el cargo Juan Carlos Galaverna (cuyo largo silencio es más que llamativo) y Silvio Ovelar, por ahora. En el cartismo Enrique Riera sobreactúa buscando ganar la bendición, observa desde lejos el gobernador Juan Carlos Baruja. Aquí no hay debate: Cartes decidirá a quién apostará su dinero.

A diferencia de otros tiempos en que la Junta de Gobierno era un verdadero templo del debate, hoy la ANR es una cáscara vacía. Cartes tiene el control mecánico del partido, pero no tiene una línea política clara de confrontación sobre líneas gubernamentales reduciendo la disputa a meros cuestionamientos personales por el rencor del aislamiento del poder. Marito definió su estado en léxico paraguayo: “No se cura el cartismo de que le ganamos las elecciones. Tienen que yerar ya”.

Mario Abdo se equivoca al no dar importancia a la disputa partidaria. Todo presidente colorado sabe que si no logra controlar la tropa, su gobierno puede ser un infierno.

CAMINO CLARO. Si bien no existen señales muy definidas en cuanto a áreas claves como salud, educación, hay una hoja de ruta nítida con respecto a la lucha contra el narcotráfico y el lavado de dinero, de la mano del ex senador y ex fiscal Arnaldo Giuzzio.

Ningún presidente ha tenido tantos logros en tan poco tiempo en este campo. No en los 100 días, al menos. No por la cantidad de droga incautada o el encarcelamiento de delincuentes de poca monta, sino por quiénes han ido a parar a la cárcel; desde intocables como González Daher o el diputado Ulises Quintana, hasta capos narcos con fuertes conexiones políticas. Hay también decisión para expulsar a capos brasileños del narcotráfico, cuyas extradiciones se dilataban gracias a la mafia policial/judicial. Ratificando esta línea de trabajo, presentó al Congreso un ambicioso compendio de proyectos de ley contra el lavado de dinero y financiación del terrorismo, como señal inequívoca de su gobierno.

PROYECTO CONJUNTO. La turbulencia de los primeros 100 días de Marito no fue provocada por la disputa con el cartismo (que no empezó aún su verdadera guerra) ni por la oposición, que por falta de liderazgo está desarticulada, sino por los propios integrantes del Gobierno.

Si el presidente no delimita con claridad las líneas para consolidar su proyecto más allá de las diferencias y agendas propias, y sus propios aliados siguen hablando en singular, la dispersión del poder terminará dinamitando su gestión.

Los 100 días le sirven también a él para conocer la intención de sus compañeros que le prometieron apoyo en este largo camino.

Se acabó el tiempo de gracia. Ahora hay que mostrar el mapa, con la hoja de ruta clara, para que más allá de las tormentas que amenazarán todo el camino, los ciudadanos sientan que el timonel los llevará a puerto seguro.

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