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Opinión
domingo 23 de abril de 2017, 01:00

¡Viva la soja!

Guido Rodríguez Alcalá

La cosecha de soja ha llegado a los diez millones de toneladas, y podría llegar a once. Bueno para el país, dicen algunos, con el argumento: mayor cosecha significa mayor exportación, que a su vez significa mayor ingreso de divisas, o sea, mayor bienestar.

Es lo que se ha llamado teoría del derrame: si unos pocos tienen más dinero, ese dinero terminará por llegar a todos, directa o indirectamente.

No estoy de acuerdo, porque los beneficios de las exportaciones no se reparten equitativamente, como muestra el libro publicado por Base-IS, Con la soja al cuello (se lo puede conseguir gratis en la institución).

El aumento de las exportaciones, dice el libro, se ha visto acompañado por un aumento de la desigualdad en la propiedad de la tierra en nuestro país, que ya tenía una de las desigualdades más marcadas del mundo. Eso llevó a un aumento de la pobreza rural, que provocó protestas, respondidas con una creciente criminalización de las reivindicaciones campesinas.

Junto con la mayor importación, se ha dado una menor producción de los cultivos básicos para el consumo. Para el consumo, para prevenir y combatir el hambre, aquí y en el resto del mundo, lo más eficiente es la agricultura familiar; por desgracia, predomina el agronegocio, que no es sostenible.

Sostenible, según el diccionario de la Real Academia, significa "que se puede mantener por largo tiempo sin agotar los recursos o causar grave daño al ambiente".

No puede mantenerse por largo tiempo el sistema agroexportador paraguayo agotando los recursos y causando tanto daño al ambiente. La deforestación del Chaco ha sido denunciada por organizaciones locales y por instituciones académicas internacionales, como la Universidad de Chicago.

Sin embargo, nuestras autoridades no han tomado nota de las denuncias ni tampoco han controlado el uso de agroquímicos que arruinan el ambiente. No está de más recordar que el artículo 7 de la Constitución dice: "Toda persona tiene derecho a habitar en un ambiente saludable y ecológicamente equilibrado". Nuestro sistema agroexportador es una violación permanente de esta disposición.

Conviene recordarlo, porque ayer se celebró el Día de la Tierra, una tradición iniciada en los Estados Unidos el 22 de abril de 1970, cuando salieron a la calle veinte millones de norteamericanos.

El movimiento ecologista se extendió por todo el mundo y, después de varias victorias iniciales, perdió fuerza a partir del gobierno de Reagan y la ofensiva neoliberal, que decidió dejar a la naturaleza en manos del mercado, favoreciendo con eso el calentamiento global, es decir, el aumento de la temperatura media de la Tierra, de sus mares y de su atmósfera.

Estudios científicos posteriores demostraron el fracaso del mercado en ese terreno.

Sin embargo, ciertos intereses empresariales, poniendo por delante su exclusivo afán de lucro, aún rechazan los argumentos racionales: para Donald Trump, el cambio climático es un embuste (actitud compartida por muchos agroexportadores paraguayos).

Contra esa ignorancia mal intencionada hubo ayer, en el mismo Día de la Tierra, una marcha por la ciencia, a favor de la Tierra y de los conocimientos necesarios para salvarla de la catástrofe del cambio climático.