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Opinión
jueves 9 de marzo de 2017, 02:00

Violencia, política y la educación del sujeto

Gustavo A. Olmedo B. golmedo@uhora.com.py
Por Gustavo Olmedo

En tres meses hubo 11 homicidios de mujeres ligados a violencia sexual y/o doméstica, según registros del Departamento de Asuntos Familiares de la Policía Nacional. En otro orden, apresan al amante de una mujer sospechada de matar a sus esposos para cobrar seguro.

Por otro lado, en la Gobernación del Guairá falsifican la renuncia de su titular, Rodolfo Friedmann, y lo reemplazan en cuestión de horas, mientras se encontraba en plena luna de miel. En tanto, un perito contable es detenido tras cobrar una coima, y un diputado paga a sus caseros con dinero público.

Todos estos hechos, publicados con destaque por la prensa, nos revelan la situación de crisis y decadencia en la que se encuentra la sociedad paraguaya actual. Pero hablar de sociedad termina siendo abstracto si no miramos finalmente al individuo, a la persona. Y entonces uno se pregunta, ¿qué nos pasa?, ¿qué fenómeno antropológico está en pleno proceso, sin que seamos capaces de percibir o aceptar su origen?

Hace algunos años, el hoy emérito papa Benedicto XVI hablaba de la "emergencia educativa" exponiendo un punto clave de la formación, el presente y futuro del hombre de nuestros días. Y mencionaba que la crisis deviene de un "yo" incapaz de valorar, respetar y amar al "otro", porque se desconoce a sí mismo y se alimenta de una cultura que promueve un falso concepto de autonomía, en donde el criterio de acción es simplemente el "me gusta" y el usar y desechar. A esto se suma el problema del escepticismo y el relativismo, que impiden al sujeto abrazar ideales que impliquen sacrificio o entrega.

Creer que la mujer es un objeto o posesión personal, considerar la violencia como mecanismo de solución de conflictos, aplastar al semejante por un cargo político o jugarse la vida y la dignidad por un puñado de billetes, tienen finalmente un solo punto de análisis: la libertad del "yo", uno deformado o desvirtuado, o quizás anestesiado ante los reclamos propios e inevitables de la conciencia. Es el ser humano que necesita educarse en el uso de su razón y libertad. Y la educación requiere de lugares creíbles, espacios concretos, como la familia y la escuela, además de rostros concretos a quienes mirar, porque la teoría no basta. "Todos somos educadores si compartimos con otras personas nuestra propia experiencia... Educar quiere decir implicar al otro en aquello que yo vivo", decía una especialista, añadiendo que formar al ser humano, desafiando su interés, no se resuelve con una didáctica o la transmisión de áridos principios. Y al mirar el preocupante panorama, uno se pregunta, ¿quién nos educa?, ¿las películas?, ¿la publicidad? Y, otra, ¿nos dejamos educar?

No bastarán leyes ni marchas si no volvemos a mirar a la persona en su totalidad, con sus exigencias de justicia, de ser amada y perdonada dentro de un hogar estable, con adultos atentos y afectuosos, capaces de transmitir un ideal para la vida. A la postre, será la mejor receta preventiva contra la violencia, las relaciones afectivas enfermizas y la degradación de la propia existencia.