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sábado 29 de julio de 2017, 02:53

Urge derrotar cuanto antes al monstruo de la desigualdad

Uno de los graves problemas del Paraguay es la desigualdad. Su indicador más concreto es la pobreza, que excluye a un relevante sector de la sociedad el acceso a bienes y servicios para vivir con dignidad. La clase política paraguaya, a lo largo de las tres últimas décadas, no ha buscado los medios pragmáticos para alcanzar un país con mayor justicia en la distribución de la riqueza. Es necesario que cambien de actitud y se pongan de acuerdo en un programa planificado para reducir la brecha entre los desposeídos y aquellos que tienen demasiados bienes materiales. De la respuesta que den a este problema depende el futuro.
La información oficial que indicaba días pasados que 83.000 niños y jóvenes en edad escolar no asisten a clases porque la pobreza se los impide ha vuelto a poner a consideración de la opinión pública un crucial problema de nuestro país: la pobreza. Esa situación es producto de la histórica desigualdad que ha afectado al Paraguay desde tiempos de la Colonia española. Si bien hoy existe conciencia de esa realidad, es poco o nada, en términos de eficacia, lo que los sucesivos gobiernos han hecho a lo largo de las tres últimas décadas.

En una reciente conferencia el economista y docente Jeffrey Sachs, de la Universidad de Columbia, ha puesto el dedo en la llaga precisamente en lo que atañe a la gran cantidad de excluidos de la sociedad del bienestar por la gran desigualdad que se observa en la sociedad paraguaya.

Lo contrario de la desigualdad es la equidad. Si bien el término no se corresponde exactamente con igualdad, es lo que más se le parece. Si ella se da, todos los ciudadanos tienen no solo el derecho sino la oportunidad de acceder a aquellos bienes y servicios de calidad que les han de permitir llevar una vida digna.

Un indicador de la grave inequidad en el Paraguay es que aquellos niños y jóvenes en edad de escolarización no puedan acudir a los centros de estudios públicos porque sus padres no cuentan con los mínimos recursos que les permitan enviar a sus hijos a estudiar.

Muchos de esos menores, a destiempo, salen a la calle a ganarse el sustento perdiendo así la ocasión de encontrar alguna vez mejores condiciones de vida a través de la educación formal. De adultos, van a formar parte de esa gran masa de gente que por no haber tenido una buena formación continua atrapada en la pobreza.

Los gobiernos, como forma de lucha contra la indigencia, han implementado programas sociales de asistencia a los desamparados. Por otro lado, han insistido –sobre todo el actual–, en ampliar la dotación de infraestructura del país como un medio para agilizar los intercambios económicos.

En la educación misma, mucho se insiste en la infraestructura edilicia, lo cual no está mal porque es absurdo que a esta altura de la historia todavía haya clases bajo los árboles. Sin embargo, es muy poco lo que se hace para mejorar la cualificación de los maestros para que ofrezcan una educación de calidad y en lograr que ningún niño o joven en edad de cursar sus estudios esté fuera del sistema educativo.

Lo lamentable es que la clase política, conociendo los detalles de la enfermedad, no se hayan propuesto aún luchar en serio contra la desigualdad. Es hora de que cambien de actitud. De lo contrario, el problema se agravará cada vez más y los avances logrados serán devorados por la pobreza, con sus nefastas e imprevisibles consecuencias.