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Opinión
domingo 19 de marzo de 2017, 01:00

Una fábula cartista

Luis Bareiro – Tw: @luisbareiro
Por Luis Bareiro

En algún lugar leí la fábula de un hombre que se pasaba recorriendo las calles, viendo la realidad en la que vivía la gente y pensando en todo lo que podría hacer por ella si fuera presidente. Se preguntaba cómo quienes ocupaban el cargo no percibían las cosas que eran realmente importantes para las personas, y terminaban gastando tiempo y dinero público en cuestiones irrelevantes.

Tras cada recorrido, indignado por tener un mandatario ciego y sordo ante las necesidades y el clamor de su pueblo, se paraba frente al Palacio Presidencial y gritaba consignas en su contra.

Un día, ese hombre fue elegido presidente y se prometió a sí mismo marcar la diferencia. Decidió trabajar arduamente con colaboradores que fueran fieles a esa consigna.

Ya puesto en el cargo, descubrió que no era fácil decidir por dónde empezar, había tanto por hacer. Unos colaboradores le decían que debía priorizar una cosa y otros otra.

Empezó con lo que parecía más sencillo y enseguida hubo varios subalternos que lo aplaudieron y otros que lo criticaron. Optó por deshacerse de los detractores. Era más fácil trabajar con quienes tenían sus mismas ideas, no necesitaba perder el tiempo debatiendo.

El hombre siguió haciendo cosas y quedándose solo con quienes celebraban sus decisiones. Eran estos quienes le contaban que la gente estaba contenta con los resultados.

Cada cierto tiempo aparecía algún colaborador que ponía en duda la efectividad de las acciones, pero solucionaba el entredicho dejándolo fuera. El círculo de fieles se fue reduciendo, convirtiéndose pronto en su único nexo con los gobernados.

Supuso que esa oposición esporádica escondía intenciones de suplantarlo. Empezó a dedicarle algún tiempo a garantizar su permanencia en el poder, porque si lo sacaban no habría quien cuidara de su pueblo. A poco, la mayor parte de su agenda estaba cargada con actividades vinculadas con ese único fin.

Su prioridad pasó a ser la permanencia en el poder. Lo hacía por el bien de su pueblo, porque gracias a sus leales sabía que la gente seguía contenta, porque al fin tenía a alguien que lo escuchara y respondiera a sus necesidades.

Estaba pensando en eso cuando escuchó ruidos que venían de fuera del Palacio. Salió al balcón y vio en la acera a un hombre solitario vociferando consignas en su contra. "Algún día seré presidente y haré las cosas que necesita la gente", gritaba.

A la mañana siguiente despidió a su gabinete y bajó a las calles a preguntar a la gente: ¿qué haría usted si fuera presidente?

Es obvio que no se gobierna preguntando en las calles qué hacer, pero el mensaje de la fábula es otro; habla de cómo el poder provoca esa desconexión con la realidad, de cómo los gobernantes terminan por volverse ciegos y sordos ante las necesidades de las personas que prometieron atender.

No se gobierna preguntando en las calles qué hacer, pero no se puede hacer un buen gobierno olvidando qué cosas son las realmente importantes para quienes transitan por ellas.