07 de octubre 2017 - 02:00
Una campaña exageradamente paraguaya
Alfredo Boccia Paz – galiboc@tigo.com.py

Nada muy creativo. Los publicistas no son los culpables. De entrada, hay un dato de terror: tendremos de vuelta a casi todos los parlamentarios que ya conocemos. Hay que remontarse a las últimas elecciones del stronismo, en 1988, para encontrar tantas figuras repetidas. Y quizás haya que ir incluso más atrás para identificar a una manada de badulaques semejante a la actual, revestida de legítima representación popular. La falta de renovación tiene sus motivos. Los diputados y senadores no comen vidrio. Por algo, año tras año, hacen malabarismos para postergar la aprobación de las leyes sobre las listas sábana y el financiamiento político.

Pero la campaña también es inexpresiva por causas programáticas. Ningún candidato presidencial cuestiona estructuralmente al llamado "modelo Cartes". Unos prometen mejorarlo, otros corregirlo en ciertos aspectos deficitarios, pero nadie propone cambios de fondo. Eso hace que la retórica discursiva tenga matices, no contrastes. Si a eso usted le agrega la monotonía del lenguaje de los candidatos, coincidirá conmigo que el paisaje general es bastante aburrido.

Obligados a buscar cosas novedosas, se topa uno con el Pueblo de Dios. Esta secta peculiar nos proporcionó un momento bizarro e inesperado al anunciar su participación con setecientos candidatos en las internas del Partido Colorado. No lo hicieron con discreción, sino masivamente, en un espectáculo con reminiscencias del Ku Klux Klan e Iemanjá, la orixá afrobrasileña del mar. El lunes pasado el microcentro asunceno fue invadido por miles de personas vestidas de blanco, con banda de música y disciplinado desfile. Hasta ese día, el Pueblo de Dios era una religión confinada a ciertas ciudades, caracterizada por enclaustrarse en barrios cerrados, manejarse con gran discreción, obligar a sus mujeres a vestirse con la cabeza cubierta y largas polleras, y apoyar a políticos autoritarios, como Stroessner y Lino Oviedo.

La incursión de una religión –ojo: no de religiosos individuales– en la política es promiscua y peligrosa. Son dos ámbitos en los que la mezcla es incómoda. Pero si las teocracias son un problema, la incursión de una secta en internas partidarias es kachiãi. Imagínese usted lo confundidos que deben sentirse los feligreses del Pueblo de Dios que tienen afinidad con el Partido Liberal, por ejemplo.

Fuera de eso, lo llamativo de esta competencia es la exageración de lo habitual: la persecución y el castigo al funcionario público que no se alinee al candidato oficialista. El insólito cambio de equipo de Maru Crichigno para salvar a la universidad de su madre, la destitución de directores de hospitales, los abruptos cambios en la cúpula de las Fuerzas Armadas, nombramientos y despidos en las binacionales, presiones a jefes de departamento y supervisores de ministerios y hasta las amenazas de intervención a cooperativas insumisas son noticias diarias. Es algo deprimente que lo más interesante de esta campaña solo sea la exageración de nuestras viejas perversiones.