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Política
domingo 24 de julio de 2016, 01:00

Un mundo cada vez más intolerante

El mundo sorprende diariamente con noticias que atentan contra la vida y la convivencia democrática, tal como la conocemos por estos lares. El ciudadano asiste atónito cómo, en vertiginosos tiempos de redes sociales, organizaciones terroristas en nombre de Dios asesinan a mansalva, decapitan en vivo y en directo, matan con sádico placer sin discriminación alguna: hombres, mujeres, niños, amigos o enemigos.
Por Estela Ruíz Díaz

Dicen que es la guerra santa. La venganza musulmana contra los infieles de Occidente que siempre han profanado sus tierras y exterminado a sus habitantes.

Unos ya advierten que es la tercera guerra mundial en capítulos.

Otros aplauden las masacres como venganza contra los imperios de EEUU y la vieja Europa por sus intervenciones militares y su soberbia intención de inocular su visión del mundo en una cultura totalmente distinta. Que Occidente sufra la muerte de sus ciudadanos inocentes como ellos sufren, dicen las justificaciones que tendrán visos de realidad, pero que carecen de fundamento moral. No se puede aplaudir la muerte de inocentes como venganza por la muerte de inocentes.

Hoy estos grupos terroristas se denominan Estado Islámico o Isis, que suplió el terror del Al Qaeda, que a su vez suplantó a otro grupo terrorista. Desaparece uno, entra en escena otro. Muere el terrorista, pero no desaparece el terror.

El Isis es un grupo de exterminio cuya marca es la crueldad. Ejecuta en público, degüella niños, entierra o quema vivas a sus víctimas. Quizá nada nuevo en la historia de la humanidad, pero en pleno siglo XXI, cuando la ciencia busca afanosamente paliar en dolor con sus descubrimientos, o el ser humano busca fórmulas para una mejor convivencia, el método horroriza e intimida al mundo.

Los países no saben cómo pelear esta guerra porque los soldados son anónimos y aparecen en cualquier parte con su misión asesina. ¿Será nuevamente París? ¿O Londres? Tal vez Nueva York, o Madrid. ¿Buenos Aires, quizá? ¿Golpearán en los Juegos Olímpicos de Río? ¿Estará Asunción en su agenda sangrienta? No hay mapas ni estrategias militares que detecten el próximo objetivo.

LAS CONSECUENCIAS. Europa, orgullosa de su modelo democrático, de su unión que tantas guerras ha evitado en sus propias entrañas, hoy es el blanco principal del terrorismo islámico. Entonces sucede lo peor: no tanto lo que sus gobiernos piensan o hacen basados en sus objetivos políticos y militares, sino cuando los ciudadanos empiezan a mirar con sospecha e incluso a odiar a los extraños por la simple portación de nacionalidad. Es cuando la democracia se debilita y el autoritarismo recupera terreno.

No son casuales la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea o el preocupante crecimiento de la ultraderecha en varios países del Viejo Continente.

Ya no es el discurso de la tolerancia la bandera que agitan los candidatos. No son los derechos sociales o el rumbo económico. Es la seguridad y la necesidad de obstruir fronteras, aumentar la militarización y el control tecnológico de los ciudadanos los temas que marcan la agenda.

Donald Trump en Estados Unidos es otro ejemplo de cómo el país democrático más poderoso del mundo puede crear monstruos con posibilidades reales de llegar al sillón presidencial. Porque si bien George Bush será recordado como el peor presidente de la historia norteamericana no solo por su pésima administración, sino por haber arrastrado al mundo occidental en su delirante guerra global contra el terror con pruebas falaces, Trump promete ser peor. Y lo dice con todas las letras, sin la menor intención de maquillar su prédica.

La ultraderecha recorre las venas de los países más democráticos del mundo. La crisis económica es también caldo de cultivo para alimentar el crecimiento de la derecha o los movimientos fascistas. De hecho, fueron clave para triunfos electorales.

LOS DÉBILES, LOS MÁS AFECTADOS. Esta guerra del terror que Occidente, a través de sus guerras o intervenciones en Irak, Irán, Siria y otros países árabes, despertó los monstruos más horrorosos que hoy responden con barbarie.

Sin duda, la extrema derecha no es la mejor respuesta a estas realidades, pero qué se puede reclamar a la población que sufre estos atentados. Seguirá al líder que promete seguridad, mano dura y protección.

Le Pen, Trump, el brexit, el neonazismo se alimentan de estas situaciones para convencer con sus ideas centralizadas que implican menos democracia, más racismo, menos tolerancia; fronteras cerradas, migración cero. Todo lo contrario de lo que antes se enarbolaba orgullosamente como valores occidentales.

Y aunque parezca que estas guerras son problemas en otros continentes, sin embargo, afecta nuestras vidas, a veces directamente a través de nuestros migrantes. Y lo menos visible o perceptible cuando se negocian los derechos civiles por más seguridad, cuando se rechazan migrantes por la simple portación de nacionalidad o cuando reducen el mundo a la protección de su mundo, excluyendo a los que no pertenecen a él.

La complejidad de esta crisis económica, moral y política obliga a los líderes mundiales a buscar una solución en conjunto. Los estereotipos solo alimentan el odio, pretexto para que los mesiánicos se adueñen de nuestras vidas.