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Opinión
sábado 25 de febrero de 2017, 02:00

Un grito de vida entre las ruinas de la muerte

Andrés Colmán Gutiérrez – Twitter: @andrescolman
Por Andrés Colmán Gutiérrez

Hay historias aparentemente mínimas y cotidianas que a veces adquieren dimensiones simbólicas inmensas y estremecedoras, por el emotivo mensaje que brindan y por la mágica luz que proyectan.

Un buen ejemplo es lo que ocurrió en las frías horas de la madrugada de este jueves 23 de febrero, en medio de las siniestras ruinas del incendiado Supermercado Ycuá Bolaños, en el barrio Trinidad.

Ese otrora lujoso centro comercial, que el 1 de agosto de 2004 sufrió el más pavoroso incendio en la historia del país, dejando un saldo de casi 400 muertos y más de medio millar de heridos, se ha convertido desde entonces en un tétrico muñón edilicio, en un espacio negro y ruinoso, en un simbólico despojo de la desidia criminal y del lucro asesino, que ahora las víctimas y sus familiares buscan transformar en un memorial de vida, con un lindo proyecto urbano estatal y municipal.

Mientras esa soñada reconstrucción tarda en llegar, el oscuro espacio también se ha convertido en un refugio de seres marginales y personas sin hogar, que acostumbran juntarse allí a pasar la noche, en un denso ambiente donde se suman situaciones de criminalidad, promiscuidad, consumo de alcohol y drogas. Son miembros de tribus urbanas a las que la sociedad evita, ignora y teme a la vez.

La joven A. L., de 25 años de edad, era una de estas ocasionales moradoras del edificio en ruinas. Adicta a las drogas, sin una historia personal conocida, se sabe que quedó embarazada en los encuentros de sexo ocasional. El bebé crecía en la panza de su madre, en ese mundo oscuro y subterráneo, sin ningún tipo de cuidado ni control, hasta que en la madrugada del jueves 23, con solo 7 meses de embarazo, la joven sintió que iba a dar a luz.

Y fue allí, en una de esas negras habitaciones de humedad y basura, pobladas por la memoria de tantos muertos, sin más luz que la de algunas velas encendidas, ni más elementos que sus pocas pertenencias robadas, con la sola asistencia de sus marginales compañeros, donde A. L. dio a luz a un prematuro varoncito, de 2 kilos y 170 gramos de peso.

Entre el eco fantasmal de tantos gritos de dolor y de agonía bajo el crepitar de las llamas, resonó claro y cristalino el potente llanto del recién nacido. Era el grito de vida que se abría paso entre las ruinas de la muerte. ¿Qué mejor metáfora para un pueblo, que una y mil veces ha sido capaz de levantarse de nuevo de entre las cenizas?

El bebé fue llevado por la Policía al Hospital Materno Infantil de Trinidad. La madre no le puede dar de mamar por ser adicta. Se requieren pañales y leche de fórmula tipo 1. Nadie sabe cómo será crecer en tal situación social, pero el futuro se le abre en plenitud a este paraguayito valiente y tenaz, que nos ha regalado a todos el mejor símbolo de vida y de esperanza.