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Opinión
jueves 11 de agosto de 2016, 01:00

Un gesto de otro mundo

Por Gustavo A. Olmedo B. - golmedo@uhora.com.py
Por Gustavo Olmedo

Los ojos de la anciana siria reflejan un profundo dolor y una notable serenidad. Instalada en un campo de refugiados, relata cómo integrantes del Estado Islámico (EI) ingresaron en su casa, asesinando a tres de sus familiares frente a ella. Sin embargo, asegura que "no piensa" en vengarse, solo en regresar a su hogar y rezar por sus victimarios. ¿Cómo es posible?

En tanto, Myriam, una niña iraquí de 10 años, entrevistada en el campamento de Kurdistán, expone con sorprendente sencillez ante la cámara de una cadena árabe: "Solo pediré a Dios que les perdone", refiriéndose a quienes, a ella y su familia, le despojaron de todo en la ciudad de Qaraqosh, por el hecho de ser cristianos.

En esta parte del mundo, a veces cuesta tomar conciencia de que no estamos ante una película de ficción de Hollywood; son testimonios reales ante situaciones cotidianas extremas, cargadas de horror y muerte. A diario, personas pertenecientes a minorías religiosas y étnicas de Medio Oriente y África, entre otros sitios, sufren a causa de la persecución irracional de fundamentalistas del islam.

Sin embargo, más allá de la tragedia que viven los miles de niños, jóvenes y adultos perseguidos en estas regiones, muchos de ellos mártires de la fe, llaman la atención las respuestas que ofrecen al mundo y esa serenidad con la que enfrentan el dolor atroz que padecen. Es imposible no sorprenderse ante la postura de estas personas, que no optan por la venganza y el odio –como sería lógico suponer–, sino más bien por un llamado al perdón, la paz y la solidaridad. Un ejemplo revolucionario, que no debería dejarse pasar por alto, en un mundo marcado por la justicia del ojo por ojo.

Y a esto habría que sumar el llamado a la no violencia y la misericordia de líderes, como el papa Francisco o el patriarca caldeo de Babilonia, Louis Raphael Sako, quien, en un mensaje publicado por Asia News, exhorta a reconstruir la nación iraquí "rechazando la venganza" y "el uso de la religión como un arma contra los otros".

¿Cómo no valorar una estatura humana como la de estas víctimas, que frena toda posibilidad de la multiplicación del odio? Y, por otro lado, ¿puede acaso la misericordia ser una herramienta de paz y transformación para las naciones? El testimonio de estos niños, jóvenes y adultos de Asia y África, cuyos derechos humanos fundamentales son pisoteados a diario, frente al silencio de la prensa occidental, es la más clara respuesta. La paz solo se construye viviéndola y promoviéndola; una postura "de otro mundo", asumida por ellos, pero que, evidentemente, no nace de sus propias fuerzas.