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Opinión
domingo 5 de marzo de 2017, 01:00

Un día sin mujeres

Guido Rodríguez Alcalá

Con motivo del Día Internacional de la Mujer, las mujeres de Petrogrado salieron a la calle para protestar por la falta de pan. Las protestas se justificaban porque un invierno demasiado frío había agravado la escasez creada por la economía de guerra; encima una guerra mal llevada, que había provocado un millón setecientos mil muertes y herido a casi seis millones de soldados.

Los obreros se sumaron a las mujeres, los soldados se negaron a reprimir.

Aquello pasó el 8 de marzo de 1917, que según el calendario ruso de entonces no era marzo, sino febrero.

Las protestas siguieron en los días siguientes, el Zar abdicó y tomó el poder el Gobierno Provisorio integrado por liberales, socialistas y comunistas. Aquella fue la primera revolución rusa de 1917, porque aquel año hubo dos.

En el programa de la primera figuraban la abolición de la pena de muerte, la liberación de los presos políticos, la libertad de prensa y de religión, la igualdad de la mujer, el reconocimiento de los partidos políticos y sindicatos hasta entonces prohibidos. Los comunistas aceptaban las reglas del juego democrático, dice el inglés Terry Eagleton en su libro Por qué Marx tenía razón.

El Gobierno Provisorio se destruyó, no tanto por el disenso, como por la insurrección del general Kornilov, quien quiso restablecer la vieja represión zarista con un golpe de Estado en setiembre; su insurrección falló y, en contra de lo previsto, consolidó el poder de los comunistas; esa fue la segunda revolución, la de octubre (noviembre en nuestro calendario).

Al año siguiente (1918) comenzó la lucha entre el Ejército Rojo y el Ejército Blanco (zarista); el segundo contaba con el apoyo de unos 200.000 soldados extranjeros de varias naciones (norteamericanos, ingleses, franceses, japoneses).

La ocupación extranjera duró hasta 1920 y, aunque vencedora, Rusia quedó destrozada y militarizada en exceso, lo cual abrió el camino a la instauración del régimen totalitario de Stalin años después. Se conocen los abusos de Stalin, se olvidan las aspiraciones populares frustradas por su tiranía.

Un siglo después, para el próximo 8 de marzo, se organizan manifestaciones por el Día Internacional de la Mujer en varios países del mundo. En los Estados Unidos, la consigna es un día sin mujeres: que todas dejen de trabajar, tanto en los empleos pagados como en los impagos, para que se note la diferencia, su importancia en la economía y en la marcha de la vida cotidiana. Un día sin limpiadoras, sin cocineras, sin maestras, sin recepcionistas puede ser una manera eficaz de hacer patentes las desigualdades.

A nivel mundial, son mujeres la mayoría de las personas en situación de extrema pobreza, que en conjunto llegan a los mil trescientos millones. Como promedio, por hacer el mismo trabajo, las mujeres cobran entre 30% y 40% que los hombres. El desempleo, los trabajos mal pagados o simplemente no pagados, afectan más a la mitad femenina del planeta; como la violencia en el lugar de trabajo, que va desde la coacción sexual hasta la muerte.

A estas razones de carácter general, en los Estados Unidos, se suma la poca simpatía que inspira el presidente Trump a las feministas, dispuestas a demostrárselo.