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Opinión
domingo 10 de julio de 2016, 02:00

Tembiguái

Por Arnaldo Alegre
Por Arnaldo Alegre

Lunes 4 de julio. 10.00. Hombres de la Agrupación Motorizada rompen la monotonía de la avenida Novena, en barrio Obrero. Un par de policías arrancan sus máquinas, aceleran con furia y raudos cierran la calle ante la estupefacta mirada de automovilistas y transeúntes. Estos, azorados por la manifestación sorprendente de los inesperados émulos de Poncherello, tratan de adivinar quiénes eran los vips que salían de la sede social del club Nacional en un bus de larga distancia. Segundos después, por un portón lateral, sale un comisario orondo y lirondo conduciendo en su vehículo particular satisfecho con el deber cumplido.

¿Iba el equipo académico a una nueva final de la Libertadores? ¿Iba Arsenio Erico redivivo para un justificado baño de multitud? No, nada de eso. La verdad es que la comitiva tricolor se dirigía a Caacupé para agradecerle a la Virgen por el fin de la pretemporada. No sabemos si la Madrecita de los paraguayos fue más amorosa por la escolta policiaca. Aunque la verdad parece ser más terrenal. El nuevo presidente de la APF era el titular de Nacional. Y esta innecesaria presencia policial puede ser un favorcito al ilustre nacionalófilo. Pero es, además, otro ejemplo, el más pequeño de todos, del sometimiento de la Policía al poder, y de toda clase y pelaje. Cualquiera con cierta influencia (si esa influencia es generosa, mejor) puede invocar a sus padrinos para torcer la severidad policiaca.

Los policías (así como fiscales, jueces y funcionarios de medio y alto rango) están malsanamente subordinados a la influencia política. Cualquiera de ellos, para conseguir un ascenso u otra canonjía legal o ilegal debe arrodillarse ante los intereses de parlamentarios, autoridades de todos los colores y millonarios inescrupulosos.

Unos tienen estómago para aceptar y beneficiarse de esta penosa realidad. Otros se callan y llegan hasta donde pueden en sus carreras. En verdad, los honestos están solos, sin nadie a quién acudir, rumiando sus penas o doblegándose ante la corruptela. Para crecer en nuestra selva político-administrativa, tenés que saber de qué liana colgarte. O si no, ni Tarzán te ayuda. Salvo que llegue al Congreso.

La Policía debe estar sometida a la ley y regirse solamente por el profesionalismo. La suya es una de las profesiones más nobles y útiles para la sociedad, y van a tener el respeto y solidaridad de ella cuando dejen de comportarse como meros tembiguái de los poderosos.