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Opinión
viernes 3 de marzo de 2017, 02:00

Sueño de una noche de verano

Sergio Noe - sergionoe@gmail.com

Anoche soñé una gran fantasía. Lo que vi era muy parecido a la realidad, pero estoy seguro que sería una mera coincidencia.

Lo encontré sentado, portando lentes negros muy de moda. De mediana estatura y pelo oscuro, su aspecto aún de niño no dejaba entrever que estaba cerca de la mayoría de edad.

Dentro del aula, en una calurosa tarde de miércoles y junto a otros niños, se lo veía feliz de tocar un instrumento. Él, así como otros, sabe lo que pasa en el complicado mundo de sus adultos, pero lo ignora. Él solo prefiere centrarse en su música.

Gracias a su talento, viajó a Boston, Los Ángeles, Washington y Nueva York, además de México e Italia, donde ofreció conciertos. Quizás le esperen más viajes si sigue haciendo buena letra, ya que su condición humilde no le permite costear estos lujos. Toda la formación musical que recibió en sus últimos años de vida le llena de gratitud.

"Aquí todos tenemos la misma responsabilidad de practicar la ejecución de los instrumentos. Todos somos iguales", pareció contarme entre sueños, sin ningún tipo de quejas y reclamos, considerando que comparte ensayos orquestales junto a otros chicos.

También me comentó estar feliz de recibir clases gratuitas y otros beneficios sociales, al igual que más niños y jóvenes. Lo único que lo diferencia del resto es su talento y su visión reducida. No sentía que debiera reclamar nada a sus profesores, considerando que pertenecía a una orquesta que recorrió el mundo gracias a sus llamativos instrumentos.

En el mismo sueño vi a otro adolescente del mismo grupo de músicos. A juzgar por su aspecto físico, era robusto y relativamente alto. Casi de la misma edad que el primero. Sin embargo, tenía una actitud distinta a su colega. Se lo sentía amargado e insatisfecho, quizás por su espíritu inconformista y libertino.

No tenía impedimento visual, a tal punto de no dar crédito a sus ojos cuando vio la lujosa camioneta del año, cuatro por cuatro, en la que iba su profesor, producto de las injustas privaciones que hacía a costa de su trabajo y el de sus compañeros de la orquesta, según me contó en el sueño.

Ante mí, lloraba de impotencia y me juraba que su instructor, que se daba la buena vida –como un político o empresario– por el abultado volumen de dólares que manejaba, debía repartir ese dinero a los más necesitados, siendo transparente en la distribución equitativa de los bienes.

"Trabajo como los demás, dentro de una orquesta que genera muchos ingresos. No creo correcto que uno solo lleve todo y el resto, migajas", me dijo entre sueños. Harto de la injusticia, se rebeló. Incumplió prácticas y otras reglas que no creía correctas. No devolvió un instrumento que consideraba "suyo" ni mucho menos, una casa que pertenecía al profesor, quien lo ayudó en su humilde situación. "Le denuncié, porque considero que malversó el dinero ajeno", me comentó.

Finalmente desperté del aterrador sueño y me dije: "Si todo esto fuera cierto ¿quién tiene la razón?; ¿el chico alegre o el adolescente criticón?".