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Política
domingo 4 de septiembre de 2016, 01:00

“Siento lástima, no odio, hacia los que torturaron y mataron a papá”

Tras más de 40 años, los hijos del dirigente comunista podrán cerrar el duelo que el régimen de Stroessner les impidió hacer. Estudios genéticos permitieron identificar a Soler entre los restos óseos hallados en la ex Guardia de Seguridad.

Por Susana Oviedo

soviedo@uhora.com.py

Jorge Miguel Soler dice que no tiene rencor hacia quienes torturaron, asesinaron y convirtieron en desaparecido a su padre, Miguel Angel Soler, dirigente del Partido Comunista Paraguayo, visto por última vez el 30 de noviembre de 1975 cuando se lo llevaron de su casa, en el barrio Herrera de Asunción, al Departamento de Investigaciones de la Policía, ante el jefe de esta dependencia, Pastor Milciades Coronel. "Fueron 14 días de torturas hasta su muerte". Esto indica un informe de Amnistía Internacional que la familia recibió tres años después. La viuda de Soler, Mercedes Fulvia Fernández Grenno, falleció hace 13 años y nunca aceptó la desaparición forzada de su esposo, cuenta Jorge Miguel, quien con su hermano, el médico Luis Adolfo Soler, vinieron de la Argentina ante la noticia de que los restos de su padre, y de la italiana nacionalizada argentina Rafaela Filipazzi, son los primeros identificados de un total de 27 muestras correspondientes a 22 de 34 esqueletos recuperados.

–¿En qué contexto se llevaron detenido a su padre, para que terminara en formar parte de la larga lista de los desaparecidos durante la dictadura militar del general Alfredo Stroessner?

–No puedo aportar si no lo que nos contaron luego. Yo tenía 26 años, vivía en Posadas. Mis dos hermanos estaban con mamá, en Buenos Aires. Teníamos prohibición absoluta de ingresar al Paraguay. Mi hermano Luis Adolfo tenía 23 y mi hermana Coral Inés, 21. Ambos estudiaban Medicina.

–¿Por qué lo llevaron detenido en el 75?

–Había habido una filtración. De hecho había un agente de la CIA que estaba muy cerca. El sector de mi papá en el Partido Comunista Paraguayo (PCP) había propuesto la unidad entre cristianos y marxistas, con la orientación de que la Iglesia fuera la que coordinara la lucha junto con los demás partidos.

Entonces la Iglesia también se había puesto en contra del régimen. Los campesinos se quejaban de muchas iniquidades que se cometían contra ellos, como hasta ahora. Entonces, el Gobierno pensó que si se deshacía de algunos dirigentes, estos sectores se iban a calmar. Por otra parte, el PCP se había triplicado en el 70 y en el 73 se había decuplicado.

–¿Cómo se enteraron en 1975 que lo habían llevado a Investigaciones?

–Bueno, yo estaba en la dirección provincial del Partido Comunista en Posadas. Hasta allí llegó gente, a los dos-tres días de ocurrido, para decirme: "me parece que tu papá cayó". Entonces intentamos contactar con los que estaban más cerca de él.

De él se supo enseguida porque no se resistió tanto a su detención, sino cuando lo bajaron ante el Departamento de Investigaciones donde, dicen, se agarró a trompadas y patadas con sus captores y antes de entrar gritó su nombre y de quién se trataba para que no le desaparezcan.

–¿Y alguien escuchó sus gritos?

–Sí, algunos transeúntes y los que estaban presos también lo escucharon. Hasta que entró al despacho de Pastor Coronel y después ya no se supo más nada. Cuentan que en esa oficina había un manchón de sangre en el piso sobre el que Pastor Coronel decía a todos los que traían preso allí: "Esa mancha de sangre es de Soler, y te va a pasar lo mismo".

–¿Qué seguimiento realizaron una vez que confirmaron que había caído?

–Organizaciones de derechos humanos realizaron las averiguaciones y denuncias. Los que quedaron del PCP se encargaron de chequear la noticia de su desaparición. Habían caído también otros dirigentes.

–¿Antes de su captura, cómo se mantenían en contacto ustedes sus familiares con él?

–Mi padre salía cada tanto de Asunción y nos encontrábamos con él en Buenos Aires. En ocasiones íbamos a otro sitio cercano. Él vivía en la clandestinidad, tanto que una vez pasó cerca de su madre y no hizo un solo movimiento para que esta no lo reconociera y se angustiara. Era para no comprometer a su familia.

–¿Cuándo confirmaron que efectivamente había sido torturado y que estaba desaparecido?

–Amnistía Internacional nos entregó allá por el 78 el relato completo de las 14 horas de tortura que padeció mi padre. Llegamos a la conclusión de que ahí mismo lo mataron.

El informe de Amnistía fue muy fuerte. Nos dejó tan fracturados por un tiempo a toda la familia y al entorno de mi padre.

–¿En qué momento asumieron que ya no lo volverían a ver?

–Mi madre, nunca. Incluso cuando le hizo el juicio a Pastor Coronel, y se demostró todo de lo que se acusaba a los torturadores, ella se resistía a aceptar que su esposo ya había muerto. Fíjese que la noche en que lo llevaron preso, ella se despertó sobresaltada en Buenos Aires, y dijo: "Acá pasó algo".

–¿Cuando aún imperaba la dictadura acá en Paraguay, su familia o el PCP pidió explicación al Gobierno respecto al paradero de Miguel Ángel Soler?

–Se hizo una denuncia internacional en el 76 y las autoridades respondieron que Soler estaba en Moscú. Que ellos no sabían nada. Que era mentira. Aun pudiendo demostrarse que había estado detenido, así y todo, el Gobierno lo negaba.

–¿Cómo sobrellevaron tantos años de incertidumbre sobre el lugar donde enterraron a su padre y el no poder desarrollar el duelo?

–Es muy difícil desarrollar el duelo en el aire. La única forma de cerrar el duelo de un ser querido es con los huesos en la mano. Es un dolor interminable, que nos condiciona en muchos aspectos. Una desaparición forzada es como haber sufrido una violación. Uno no lo puede superar. Yo por ejemplo no puedo ver determinado tipo de películas, y en otro tiempo no hubiera podido tocar estos temas. Realmente lo que le ocurrió a mi padre nos golpeó demasiado. A mí me dolía terriblemente y me ponía a llorar cuando veía a mi país desde enfrente, desde Posadas, y el no poder cruzar. Es terrible...(se emociona).

–¿Qué viene ahora?

–Vamos a hacer un funeral. Tengo a mi madre en una urna, en mi casa. La voy a traer y poner junto a mi padre aquí en Asunción.

–¿Tiene mucho rencor?

–Mire: recuerdo que allí en la sede de la Policía Especializada me había cruzado con Lucilo Benítez (alias Kururu Pire), uno de los que torturaron a mi padre, a quien miré fijo, e hice que este bajara la vista. Esa fue una satisfacción personal muy grande, porque me demostró que yo caminaba y él se arrastraba. Comprobé que siento lástima, no odio ni rencor, porque se trata de personas que se degradaron tanto...