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Opinión
miércoles 3 de agosto de 2016, 01:00

Siempre apagando incendios

Por Susana Oviedo - soviedo@uhora.com.py
Por Susana Oviedo

Debió producirse un nuevo secuestro para que quedara al descubierto la situación de desidia en que se encontraba la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC) y para que los responsables de este grupo policial-militar expusieran con descaro una ristra de necesidades, justo en el momento en que se les pide resultados. ¿Por qué no plantearon antes sus demandas de equipamientos y de otras índoles a las instituciones pertinentes?

Qué vergonzosa costumbre esta de esperar que suceda algo grave para responsabilizar de la propia inoperancia, ineficiencia, incapacidad y desidia a situaciones que son precisamente resultado de todas estas debilidades de quienes lideran los grupos e instituciones o deben controlarlos.

Es el mismo episodio que se repite cada vez que estalla algún hecho de considerable gravedad o de gran impacto social, como los ataques del EPP, la escandalosa administración de las cárceles del país o el reciente incendio en el Mercado Municipal de Abasto.

Todo el mundo se escandaliza e indigna. Incluso las autoridades bajo cuya responsabilidad están las distintas áreas de la administración pública y que no tienen empachos de formular declaraciones públicas y enumerar las cuestiones que están mal, como si otros fueran responsables de estas.

Lo vimos hace unos días al exhibirse con lujo de detalles la suntuosa celda y confortables espacios destinados al narcotraficante Jarvis Chimenes Pavão en la prisión de Tacumbú. Hecho harto conocido por propios y extraños, como algo absolutamente normal en una cárcel parcelizada y alquilada a los reclusos conforme a la capacidad adquisitiva de estos.

¿Quién controlaba el sistema penitenciario nacional, permitió esa privatización de facto y avaló el ungimiento del poderoso narcotraficante como amo y señor de la principal cárcel del país?

Con el secuestro del joven Franz Wiebe saltó a la luz pública la lamentable situación de la FTC, que desde su creación en 2013 ya cambió 5 comandantes, lo que demuestra que el tradicional descabezamiento de la institución no es lo que garantiza la eficacia de este cuerpo militar-policial que se creó para acabar con el EPP.

La Fuerza, además de evitar más ataques de ese grupo criminal, se creó con la consigna de poner fin a los crímenes de esta organización terrorista. Los resultados no son alentadores. En lugar de rescatar a dos víctimas de secuestro que permanecen en manos del EPP, no pudo evitar una tercera víctima.

La actuación reactiva de las autoridades en distintos ámbitos reduce cualquier posibilidad de éxito.

Si se continúa actuando solo para apagar incendios y se sigue haciendo la vista gorda ante las innumerables muestras de falta de idoneidad, honestidad y rendimiento profesional de cientos de servidores públicos, seguiremos ante la penosa realidad de esperar un nuevo suceso, escándalo o hecho traumático para tomar nota de cuan mal administradas están muchas instituciones en el país.