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Economía
lunes 17 de abril de 2017, 01:00

Semántica, cultura y desarrollo

Antonio Espinoza, socio del Club de Ejecutivos.

En la introducción a su libro Manual de idiomas indígenas americanos, publicado en 1911, el antropólogo Frank Boas menciona que los esquimales Inuit tienen más de 50 vocablos para la nieve, por ejemplo "aqilokoq" para la nieve que cae suavemente, o "piegnartoq" para la nieve buena para conducir trineos. Difícilmente se habría imaginado Boas que tan inofensiva observación desataría polémicas que han durado más de un siglo.

Renombrados lingüistas acusaron a Boas de deficiente rigor académico y exageración periodística, y hasta llegaron a llamarlo "el gran fraude del vocabulario esquimal". Afortunadamente para Boas, recientes estudios han confirmado la validez de sus afirmaciones.

Otra polémica concierne a la llamada "hipótesis de la relatividad lingüística", que postula que el pensamiento está condicionado por el lenguaje. ¿Podemos pensar en un concepto si no tenemos una palabra que lo defina? Wittgenstein lo puso así: "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo".

Vale un ejemplo. En inglés no existe un equivalente a nuestra expresión "pichar", como cuando decimos, "fulano está pichado". Esta carencia explica la cara que puso recientemente cierto líder de una potencia occidental, cuya furibunda imagen fue primera plana en todo el mundo, cuando le informaron que el Congreso de su país había desestimado su propuesta de reforma del sistema de salud. Es evidente que, quizás por su violento rechazo a inmigrantes, no cuenta con un auriga autóctono que le susurre al oído, "el que se picha, pierde".

A la inversa, en español no tenemos equivalentes exactos de las expresiones inglesas "accountability" y "enforcement". Accountability puede definirse como el compromiso que asume una persona de rendir cuenta de sus acciones y gestiones al aceptar un cargo. Se refiere tanto a rendir cuentas del correcto uso del dinero que se le ha sido confiado, como a realizar eficiente y eficazmente la tarea que le ha sido encomendada, y es tan aplicable a un funcionario público como a la comisión organizadora de la fiesta del barrio.

El economista Ricardo Rodríguez Silvero propuso hace algunos años suplir esta deficiencia idiomática con la palabra "responsabilidad", de su invención. Desafortunadamente, el nuevo vocablo no ganó el arraigo que se merecía, ni en el vocabulario popular ni en la conducta de nuestras autoridades.

La criminal malversación de fondos del Fonacide por muchos intendentes y gobernadores es prueba patente de ello. El fracaso de nuestra sociedad en sancionar a los responsables de estas transgresiones es otra arista de la misma falencia.

"Enforcement", por su lado, significa la capacidad y el deber de la autoridad de exigir el cumplimiento de las normas y reglamentos. Aquí también nos destacamos por la ignorancia del concepto. Desde la ocupación ilegal de espacios públicos por vendedores informales, pasando por la falta de uso de casco por motociclistas o la venta de alcohol a menores, queda claro que ni los infractores ni los responsables de hacer cumplir tienen la menor idea de lo que significa enforcement.

Quizás la semántica explica por qué, en general, los países anglosajones tienen mejor reputación que los hispanoparlantes en lo que se refiere al respeto a la ley y la probidad en el servicio público, lo cual se refleja a su vez en su desarrollo económico y social.

Nuestra estabilidad, nuestro crecimiento económico y favorable ambiente para las inversiones están posicionando al país en el umbral de la primera división de la liga de países en desarrollo. Es momento que, con o sin los vocablos, incorporemos al marco referencial de nuestra conducta los mencionados conceptos si queremos mejorar nuestra imagen y nuestras oportunidades de progreso. No podemos permitir que la semántica condicione nuestro futuro.